Bitcoin: quién vendió y quién compró cuando petó en 30.000 euros
El bitcoin tocó los
30.000 euros, se dio la vuelta y se hundió por debajo. Poco después recuperaba esa cota y volvía a superarla, con los que habían cantado el desplome celebrándolo como un acierto y los que lo negaban mofándose del oráculo. La apuesta se planteó con el precio en
26.500 euros: un pincho de tortilla y una caña a que el año cerraba por encima de los 33.000. A quien le pareció una temeridad le salió bien la primera parte del pronóstico, esa es la trampa.
La discusión de fondo no es si el bitcoin sube o baja, sino quién aguanta el movimiento cuando llega. Y ahí las dos corrientes que se cruzan llevan años sin ceder un centímetro.
El 30.000 como umbral donde se coge beneficio
La tesis del petardazo no necesita análisis técnico. Al llegar a una cifra redonda como 30.000 euros, mucha gente con plusvalías latentes decide cogerlas; cuando el precio empieza a bajar, el resto se suma al carro de las ventas y la caída se acelera sola. Para quien sostiene esta versión, no es un accidente ni un fallo del activo:
es el patrón cíclico que ya se vio en otras ocasiones y que volverá a repetirse, con las grandes carteras aprovechando para cargar más abajo y a mejor precio. Las ballenas no salen del mercado, cambian de altura.
Enfrente está el argumento de manual: el mercado es maníaco depresivo —hoy euforia, mañana depresión, en la formulación clásica que se cita— y el corto plazo importa poco.
Si se siguen imprimiendo billetes y la cantidad de bitcoins está limitada por diseño, la conclusión lógica es que su precio en euros sube con el tiempo. No hay más misterio, dicen, que la relación entre una oferta que no crece y un dinero que no para de crecer.
¿Por qué muchos esperan una caída hasta los 10.000 euros?
Porque ya pasó una vez. La referencia que se repite es la corrección anterior, que llevó el precio de
20.000 a 7.000: su máximo dividido por tres. Si se repitiera el mismo movimiento, aparecerían oportunidades en 12.000, en 10.000 o incluso en 5.000 euros, y hay quien asegura que ahí sí metería dinero, convencido de que a largo plazo solo hay una dirección.
El problema es que esas promesas rara vez se cumplen. Quien jura comprar en pleno pánico suele quedarse quieto mirando el rebote, y en esta misma discusión circula el aviso: muchos de los que dicen que entrarían a 5.000, 10.000 o 20.000 no lo harán. La caída deseada nunca llega a la altura exacta que uno había fijado en la cabeza.
Mientras unos venden, los fondos compran la producción entera
La otra pata del argumento alcista son los flujos institucionales. De la minería salen
900 bitcoins al día y, según la cifra que se maneja, todos encuentran comprador. Un fondo cotizado llegó a adquirir en un solo mes el triple de todo lo que se minó en ese periodo. Otro cerró el grifo a nuevos partícipes porque no daba abasto con las compras, un soft close que se lee como señal de demanda desbordada.
Se añade que PayPal estaría absorbiendo producción minera por canales privados y que Morgan Stanley ha entrado en el capital de una compañía que opera casi como un vehículo de inversión en bitcoin. Con BlackRock buscando especialistas en criptoactivos, el razonamiento es que ninguna empresa quiere quedarse atrás: si la competencia se revaloriza por tener exposición al activo, el resto tendrá que comprar también. La bola de nieve, en teoría, se empuja sola.
Powell, Jackson Hole y el peor agosto desde 2015
El optimismo no salva los meses malos. El discurso de Jerome Powell en el simposio de Jackson Hole coincidió con una jornada negra en las bolsas estadounidenses, que perdieron
1,25 billones de dólares en un solo día. Para el bitcoin se apuntaba entonces al peor agosto desde 2015 y se recordaba que septiembre es históricamente bajista. Un cierre mensual por debajo de
20.000 dólares podría abrir la puerta a los 16.000 o 17.000, con el añadido de que la macro arrastra a la vez a todos los activos de riesgo.
Ahí está el nudo: el bitcoin ya no se mueve solo. Cuando el dinero barato se encarece, el activo que prometía ser refugio se comporta como lo que muchos sospechan que es, una apuesta de riesgo con envoltorio tecnológico.
¿Quién pierde cuando alguien gana?
Aritmética sencilla, dicen los escépticos: para que unos pocos ganen mucho, muchos tienen que perderlo todo. La comparación con las apuestas deportivas se hace explícita, con la ludopatía como referencia incómoda pero eficaz. En esa lectura, el mercado no reparte riqueza, la transfiere, y siempre en la misma dirección.
Hay más fricciones en el camino. Se llega a sostener que el
70% del resultado de quien mueve pocos ahorros se queda en comisiones, y se advierte del riesgo de que la Agencia Tributaria bloquee fondos al vincular las criptomonedas con el blanqueo de capitales. Nada de eso impide que existan ganadores, solo explica por qué la mayoría de los que pierden no aparecen en los titulares.
La estrategia que casi nadie discute: comprar todos los meses
La fórmula que atraviesa la discusión sin apenas oposición es aburrida: destinar un porcentaje pequeño del salario a comprar cada mes, pase lo que pase con el precio. Quien la defiende admite que a estos niveles quizá no te hagas rico, pero pregunta qué otro instrumento garantiza multiplicar los ahorros por dos, tres o cuatro. Todo con la coletilla habitual de que no es un consejo de inversión.
El que acertó el petardazo ya anunciaba que recompraría más abajo y presumía de haber pegado «un pequeño pelotazo», más contento que unas pascuas. Tenía datos a su favor. Lo que no podía saber es que el bitcoin volvería a superar los 30.000 euros casi de inmediato, y que hasta los que se mofaban de él le darían la enhorabuena por el oráculo. Ánimo, campeón: la próxima vez seguro que acierta.