La presa de Nova Kakhovka revienta y nadie firma el atentado
¿A quién le interesa volar una presa en plena guerra? En la madrugada del 6 de junio, a las 02:46, quedó registrado el desbordamiento del agua a través de la Central Hidroeléctrica de Nova Kakhovka, en la región de Jersón. Nadie ha reivindicado el ataque, y ese silencio ha llevado a algunos a comparar el episodio con el
Nord Stream: infraestructura crítica fuera de combate, dos bandos acusándose y ninguna prueba pública que cierre el caso. Los recuentos que circulan hablan de
11 de los 28 vanos destruidos.
Qué se sabe realmente de la presa de Nova Kakhovka
El parte técnico difundido a primera hora dibuja un cuadro confuso. Los funcionarios hablaban «o de una explosión, o de la destrucción como consecuencia de una explosión, o del efecto acumulativo» de impactos anteriores. Tres versiones en una misma nota. Lo medido, en cambio, es el destrozo: 11 de 28 vanos fuera de servicio, una restauración que exigirá
trabajos casi de obra capital y la cresta principal de la presa intacta. Mientras se decide qué hacer con ella, el embalse pierde agua a un ritmo sostenido de 15 centímetros por hora.
¿Quién ha volado la presa de Nova Kakhovka?
Hay al menos tres corrientes de análisis y ninguna aporta pruebas concluyentes. La primera apunta a Kiev: la presa estaba bajo control ruso y bastaba con
abrir las compuertas para aliviar presión ante cualquier amenaza, de modo que volarla no reporta ventaja a Moscú. En esa línea se argumenta que el ataque no pudo ejecutarse con lanzacohetes HIMARS —no vuelan en horizontal contra un muro de ese grosor con una carretera encima— y que un equipo de buzos con explosivos sumergidos basta para reventar una compuerta y que las demás caigan solas. Se recuerda, además, que el 6 de noviembre de 2022 la presa ya había sido bombardeada y una de sus exclusas quedó dañada.
La segunda corriente invierte la carga de la prueba. La presa abastecía de agua potable a Jersón y a Crimea y servía para refrigerar la central de Zaporiyia, ambas bajo control ruso, así que la voladura perjudicaría a Moscú. El descenso del nivel del río por encima de la presa, en cambio, facilitaría el cruce a las tropas ucranianas.
Una tercera vía, minoritaria y sin pruebas que la respalden, señala a actores externos —anglosajones, según la formulación que más circula— porque el caos derivado no favorece a ninguno de los dos ejércitos y sí a quien quiera prolongar el conflicto. Conviene recordar que ninguna de las tres hipótesis ha sido confirmada por una investigación independiente.
Los números que se difundieron sobre la inundación
Las estimaciones que circularon junto a los gráficos de prognosis dan cifras concretas sobre el alcance de la crecida:
- 4,8 metros de altura máxima de las olas
- 2 horas desde el comienzo hasta la inundación de Jersón
- Hasta 5 kilómetros de ancho la inundación
- 14 horas el tiempo que va a estar subiendo el nivel del agua
- 24,4 km/h la velocidad de la onda
- 3 noches la duración de la inundación
El mismo material señala que la inundación ha anegado una superficie plagada de minas contracarro, decenas de kilómetros de trincheras y miles de obstáculos de hormigón. Es decir, meses de fortificación defensiva convertidos en terreno pantanoso. Ahí está, probablemente, la verdadera dimensión militar del episodio.
Por qué se compara con el Nord Stream
El paralelismo no es casual. En ambos casos se ataca infraestructura crítica, se produce un daño enorme y la autoría queda sin firma. Y en ambos casos la atribución se resolvió en cuestión de minutos en los titulares, no en los tribunales. Una parte del análisis sostiene que la voladura funciona más como operación de propaganda que como movimiento táctico: una suerte de
11-S que ayude a justificar una implicación directa. Otra parte responde que el precedente de los gasoductos demostró justo lo contrario, que culpar al adversario sin pruebas es el manual que ya se usó antes.
Zaporiyia, Crimea y el agua que ya no está
El efecto no termina en la crecida. La bajada del nivel del agua amenaza los sistemas de refrigeración de la central nuclear de Zaporiyia, que además está bajo control ruso y a la que Ucrania no puede llegar fácilmente. Crimea pierde una vía de suministro hídrico. Y Jersón, aguas abajo, se convierte en una ciudad anfibia. Los tres frentes comparten un mismo problema:
nadie ha puesto cifra oficial a las víctimas, y las estimaciones catastrofistas conviven con el escepticismo de quien cree que el agua no sube tanto como para matar a miles.
Dos sabotajes sin autor en un mismo conflicto. El manual ya está escrito: cuando el daño no lleva firma, la firma la pone el titular del día siguiente.