El Banco de España avisa de escasez y crece el acopio preventivo
El desabastecimiento dejó de ser patrimonio de agoreros. Cuando el gobernador del Banco de España,
Pablo Hernández de Cos, advierte de un desabastecimiento mundial provocado por la pandemia, la escasez asciende de categoría: pasa de corazonada de madrugada a asunto de política monetaria. A la misma hora,
Austria prepara a sus ciudadanos para sobrevivir a un gran apagón y al otro lado del Atlántico los titulares hablan de una economía estadounidense paralizada por la falta de suministros. Tres señales que apuntan al mismo sitio. Qué hay detrás es donde empieza la pelea.
¿Qué ha avisado exactamente el Banco de España?
La advertencia la firma el máximo responsable del banco central español, Pablo Hernández de Cos, y vincula el desabastecimiento mundial a la pandemia. Ese es el hecho. El resto —estanterías vacías, colapso inminente— lo añade la conversación pública. La diferencia importa: un aviso sobre las cadenas de suministro no equivale a un anuncio de hambruna, y mezclarlos es la receta para no entender nada.
Lo que sí cambia el aviso es el emisor. Una cosa es que lo diga un desconocido en una red social y otra que lo diga el gobernador del Banco de España. Esa mudanza, de rumor a comunicado, es la que ha puesto la escasez en la portada de tres medios a la vez. Y la que ha hecho saltar de golpe la pregunta que llevaba meses flotando: ¿y si esta vez va en serio?
¿Por qué la globalización sin control explica la escasez?
Aquí llega el análisis de uno de los participantes: la economía mundial es un despropósito. Tanta globalización sin control tiene estas cosas. Su tesis es que las cadenas de producción se estiraron tanto que cualquier tirón en un extremo rompe el conjunto. No hay producción de reserva, ni materias primas acumuladas, ni previsión de nada. De fondo, la sospecha de siempre: los conglomerados de empresas y países productores persiguen más beneficio a cualquier coste, sin colchón para imprevistos.
El corolario es amargo. Cuando pase esta crisis, alguien querrá seguir como si nada hubiese pasado en comercio y producción. Eso, sostiene, demuestra que no se ha aprendido nada y que la próxima, que vendrá, pillará igual de desnudos. Otro participante va más lejos y sostiene que el problema de fondo no es la falta de bienes, sino la perversión de una economía en manos de los que están, y con eso se dice todo.
Qué se puede almacenar si no hay luz ni gas
La primera pregunta práctica tiene una respuesta incómoda: si no hay electricidad ni gas, ¿qué se puede guardar que se coma sin calentar ni cocinar? El abanico se estrecha y la lista se vuelve obvia. Atún y
latunes en general. Harinas. Nada de guisos. Un clásico del acopio doméstico que, en un escenario de apagón prolongado, deja de ser folklore de supervivencialistas.
La logística no es menor, porque la escasez no afecta solo a perecederos. Hay extrañeza con productos que no llegan de China, como el cartón: en el norte hay pinares y papeleras, y aun así falta. Nadie da una respuesta cerrada, y ese silencio es justo el que dispara las alarmas. Sin explicación, el acopio se convierte en una profecía que se cumple sola: cuanta más gente llena la despensa, peor abastecida está la tienda. El bucle que alimenta el pánico que se decía querer evitar.
La lectura geopolítica: guerra híbrida y suministros
Para otra corriente, nada de esto es azar ni mala gestión. Estamos en guerra desde hace tiempo, sostienen, solo que en Occidente la gente vive en los
mundos de yupi. La economía de Siria se reventó en 2011; antes, la de Irak en 2003; lo mismo con Libia, Somalia, Congo, Venezuela o Ucrania. La gente no cruza medio mundo en patera por turismo. Y la propia epidemia sería un capítulo más de la
guerra híbrida entre bloques por la hegemonía global.
Es una tesis sin pruebas concluyentes y conviene tratarla como lo que es: una interpretación. Explica, eso sí, por qué muchos leen el aviso del Banco de España como el primer acto de algo mayor. Mientras, según otro participante, la clave está en las ayudas repartidas en Estados Unidos durante la pandemia, que habrían disparado la demanda a niveles nunca vistos y, con ella, los fletes. Dos relatos, un mismo síntoma: la economía global cruje.
Octubre y el calendario del miedo
Y luego está la fecha. Hay un runrún con octubre que reaparece cada año: que si el apagón, que si el colapso. «Hasta el 31 todo es toro», se repite medio en broma. Cuando el mes termina sin catástrofe, llega la misma frase de siempre: otra decepción de octubre. Otra más. La profecía incumplida se recicla para el año siguiente sin que nadie pida cuentas.
Ese ritual tiene su lado sano, porque vacuna contra el alarmismo, y su lado tramposo, porque mezcla avisos reales con cuentos de terror. Y todos acaban sonando igual. De ahí la desconfianza hacia cualquier cosa que venga del relato oficial: si quien ahora avisa de escasez es el mismo poder que gestionó la pandemia, ¿por qué fiarse?
Con este cóctel —verdad a medias, memoria de engaños y una crisis energética de fondo—, lo razonable es prepararse sin creerse el guion. El acopio sensato seguirá creciendo, sobre todo entre quien ya se lo pensaba. La pregunta es si la próxima vez que el Banco de España levante la voz la escucharemos o la archivaremos junto a las profecías de octubre. La respuesta, me temo, no la sabremos hasta que el mes vuelva a terminar.