Anarquistas en Ceuta: solidaridad o provocación
¿Qué hace una brigada anarquista en una ciudad fronteriza en plena crisis migratoria? Pues, según el anuncio que circula desde finales de julio, recoger donativos, teléfonos móviles viejos y mantas para repartirlos entre los migrantes que entraron en el asalto del 30 de julio. También aseguran que van a grabar la “violencia policial” y a plantar cara a quienes llaman “facinerosos”. La mezcla no puede ser más explosiva: miles de personas sin documentación deambulan por Ceuta, parte del vecindario intenta desmontar sus campamentos y una patrulla militar ha sufrido una emboscada. En ese escenario, la llegada de activistas antiautoritarios es todo menos neutral.
El contexto: una frontera colapsada
Los datos del terreno son los que son: miles de extranjeros entraron ilegalmente el 30 de julio y desde entonces la ciudad vive en estado de tensión permanente. No hay cifras oficiales en la convocatoria, pero la descripción habla de “miles” deambulando. Mientras, grupos de ceutíes han comenzado a desmontar campamentos por su cuenta, y la presencia militar se ha visto interpelada por una emboscada. Ceuta es, otra vez, el laboratorio de lo que ocurre cuando la política migratoria se queda corta y la calle toma partido.
La ayuda anarquista: 4.000 euros y muchas preguntas
La parte económica tiene su miga. Se ha recaudado en poco tiempo una cifra nada poco apreciable para una iniciativa de base: 4.000 euros. Ese dinero se destinaría a material de primera necesidad, aunque los críticos no pierden ocasión de ironizar con que acabará en “porros” o en la logística del propio colectivo. La desconfianza es bidireccional: unos ven una maniobra política para desestabilizar la ciudad; otros, una auténtica red de solidaridad que hace lo que el Estado no hace. Hay quien recuerda que CGT y CNT, las siglas más visibles del anarquismo clásico, llevan décadas alejadas del mito revolucionario, y que estos grupos se parecen más al activismo identitario que al anarcosindicalismo histórico. La querella interna entre “anarquistas de verdad” y “marxistas de salón” recorre cada mensaje.
El ruido de la historia y las conspiraciones
No falta quien establece paralelismos con julio de 1936 y la guerra civil. En una ciudad con pasado militar y frontera africana, la analogía no es inocente: algunos hablan abiertamente de golpe de Estado, otros de una quinta columna financiada desde fuera. Las acusaciones contra el gobierno central y contra actores internacionales como George Soros se repiten sin pudor. Pero también hay voces que piden calma y recuerdan que asociar ayuda humanitaria con traición a la patria es un atajo peligroso. La sospecha de que las protestas y las brigadas forman parte de una operación orquestada sigue sin pruebas, pero alimenta el clima.
Lo que nadie quiere ver: el coste económico
Detrás del ruido ideológico hay una realidad fiscal. Mantener a miles de personas en situación irregular en una ciudad de apenas 80.000 habitantes tiene un coste directo en servicios, seguridad y comercio. Las donaciones privadas, aunque sean 4.000 euros, son una gota en el océano. La pregunta incómoda es si la solidaridad organizada sirve para tapar el agujero de una política migratoria sin presupuesto ni plan, o si el conflicto es precisamente el combustible que algunos necesitan para que la ciudad siga siendo noticia.
Un final que no está escrito
A la espera de que las brigadas pisen la ciudad y de que la policía o los tribunales aclaren si hubo o no violencia, el único dato firme es que Ceuta es un pole. Las recaudaciones, las convocatorias y las amenazas se cruzan en una misma noche. Con un gobierno que no termina de controlar la frontera y una oposición que agita el miedo, nadie parece dispuesto a dar el primer paso para desactivar la artefacto explosivo. Así que, por ahora, solo queda esperar. Y, mientras tanto, contar los euros.