El norte de España ya no es un refugio climático: el calor extremo llega a Santander, Oviedo y Santiago
Las olas de calor ya no son un problema exclusivo del sur y el Mediterráneo. Meteorólogos alertan de que ciudades como Santander, Oviedo, Santiago o Lugo están registrando temperaturas que hace una década parecían impensables: 38°C durante varios días al año. El mito del «norte fresco» se desvanece, y con él, las ventajas económicas que atraían a turistas, inversores y residentes en busca de un clima benigno.
La falta de infraestructura de adaptación es el primer síntoma. Mientras otras capitales europeas han desarrollado redes de refugios climáticos (espacios públicos climatizados, zonas verdes con sombra y fuentes), las urbes del norte de España carecen de ellos. En plena ola de calor, algunos ayuntamientos optan por cerrar parques públicos, una medida contradictoria que ha sido criticada por su ineficacia.
El impacto económico es tangible. El sector turístico, que se había apoyado en la promesa de un verano suave, enfrenta cancelaciones y cambios de destino. El mercado inmobiliario también acusa el golpe: la prima que pagaban los compradores por vivir en el norte —el «seguro climático»— se reduce. Quienes se mudaron huyendo del calor de Madrid o Sevilla se preguntan si la jugada sigue mereciendo la pena.
Los escépticos señalan que seis o siete días de calor al año no justifican la alarma, y que otras regiones del mundo con inviernos más duros también sufren olas de calor. Pero los datos apuntan a una tendencia al alza: cada década, las temperaturas máximas en el Cantábrico suben medio grado. El norte ha perdido su blindaje climático, y la adaptación tiene un precio que aún no se ha calculado del todo.