4,3% de IPC: la subyacente calma a los técnicos, no a la cartera
El menú del restaurante Paco ya cuesta 32 euros y un piso de 100 metros roza el millón. Mientras, la inflación oficial se mueve en un 4,3% que a muchos les suena a eufemismo. El dato, recogido por El Mundo, ha reabierto la guerra de la medición: ¿es un repunte coyuntural o el termómetro está roto?
Detrás de la cifra hay una división clásica. Quienes apelan a la inflación subyacente sostienen que el grueso de la subida viene del combustible —con el estrecho de Ormuz como telón de fondo— y de los alimentos, castigados por una cosecha complicada. Atendiendo a ese indicador, el catastrofismo sería prematuro. Pero enfrente está la evidencia del día a día: la vivienda no computa en el cálculo y eso, admiten incluso los más prudentes, es un “disparate”.
La discusión no queda en la estadística. Con el coste de la vida escalando, la política de pensiones entra en juego. Hay quien recuerda que la revalorización está ligada por ley al IPC: si este cierra en el entorno del 4,3%, la subida del año que viene podría rondar el 5-6%. Y eso, avisan algunos, chocará con el Banco Central Europeo y con Bruselas, mientras el Ejecutivo en funciones deja el marrón a quien le toque gestionarlo.
El efecto más inmediato, en cualquier caso, se ve en los tipos de interés: una inflación que no termina de doblegarse complica la esperada bajada de tipos. Cada décima que se resiste retrasa el alivio para hipotecados y empresas.
Y mientras los técnicos discuten sobre subyacentes y componentes, el ciudadano mira su cartera y hace cuentas. Los datos oficiales, dijo un analista con sorna, son “una referencia lejana a la realidad”. Con el menú a 32 euros, a pocos se les ocurre rebatirlo.