Bruselas propone un día de teletrabajo obligatorio para ahorrar energía
Un día de teletrabajo obligatorio a la semana y transporte público más barato. Es lo que Bruselas pone sobre la mesa para paliar la
crisis energética, según un tuit de EL PAÍS que ha circulado estos días y que ha caído como un jarro de agua fría en buena parte del país. La idea suena razonable en un despacho con aire acondicionado. En una obra, en un bar o en una cabina de camión, suena a chiste.
La primera reacción es la del sentido común: si el 7% de la población activa española trabaja en la construcción, como recuerda un cálculo que circula en la discusión, entonces el 93% restante no pone ladrillos. Ese dato, que parece una obviedad, se usa para desmontar el argumento de que el teletrabajo es una solución universal. Porque el problema no es el porcentaje, sino a quién se le puede aplicar.
Qué trabajos no pueden teletrabajar
La lista es larga y conocida. Sanidad, construcción, hostelería, logística, comercio. Médicos, enfermeros, albañiles, camareros, transportistas, cajeros. Trabajos que exigen presencia física y que, además, suelen ser los peor pagados y los que más madrugan. La ironía se dispara: «Que los albañiles se lleven la hormigonera a casa», resume uno de los mensajes. «Los camareros que se lleven el abridor, los vigilantes de seguridad que dejen una cámara y la vean en el móvil», añade otro.
El argumento no es que el teletrabajo sea malo, sino que se plantea desde una burbuja. Quien puede teletrabajar ya lo sabe. Quien no puede, no necesita que Bruselas se lo recuerde. Y ahí está el problema de comunicación: una medida pensada para ahorrar energía se percibe como una imposición de clase.
El ahorro energético real: ¿cuánto se ahorra con un día de teletrabajo?
El cálculo es sencillo: menos desplazamientos, menos consumo. Pero el diablo está en los detalles. Si el teletrabajo se concentra en un día concreto, el ahorro en transporte público puede ser marginal. Si se reparte, el impacto en la red eléctrica es distinto. Y si se obliga a los que ya teletrabajan, el efecto es nulo.
Hay quien sostiene que la medida es «el chocolate del loro», una expresión que se usa para hablar de un ahorro insignificante. La comparación no es gratuita: cambiar el jamón por chóped para ahorrar para las vacaciones. El problema no es el ahorro, es que se presenta como una solución cuando es un parche.
El transporte público como alternativa
Abaratar el transporte público es la otra pata. Pero hay un problema de capacidad. En Madrid, como recuerda alguien que lo usa a diario, el metro ya va «como sardinas». Si se incentiva su uso sin ampliar la oferta, el resultado es un colapso. Y no todo el mundo vive en una ciudad con metro. En los polígonos industriales, el transporte público es escaso o inexistente. Ahí el coche no es un lujo, es la única forma de llegar.
La medida, por tanto, beneficia a quien ya tiene alternativas y castiga a quien no las tiene. No es un fallo de diseño, es un sesgo de origen.
La brecha entre oficina y polígono
El debate de fondo es sobre el valor del trabajo. Hay quien defiende que muchos trabajos de oficina son prescindibles, que se podrían automatizar o eliminar sin que se note. Y hay quien responde con una lista: la casa donde vives se proyectó en una oficina, el coche que conduces se diseñó en una oficina, la carretera por la que circulas se planificó en una oficina. Sin ese trabajo previo, no hay obra.
La discusión no es nueva, pero el contexto energético la ha reavivado. La pregunta no es si se puede teletrabajar, sino quién puede permitírselo. Y la respuesta, por ahora, es la de siempre: los que ya tenían ventaja.
El dato que descoloca: si el 93% de los trabajadores no trabaja en la construcción, ¿por qué la medida se presenta como si el teletrabajo fuera una opción para todos? La respuesta, quizá, es que quien la diseña vive en ese 7%.