En pleno agosto, cuando la información escasea, un vídeo grabado en un bar ha provocado un debate inesperado sobre la economía de la atención y cómo se gana la vida la gente. La protagonista es una mujer que baila, pero la conversación no tardó en desviarse hacia sus ingresos. Entre las respuestas, las hubo de todos los colores: desde chanzas con la pandereta y la temporada estival hasta preguntas directas sobre cuánto cobra una mujer por este tipo de actuaciones.
OnlyFans, el anzuelo de los ingresos fáciles
El punto de fricción lo resume una opinión que resonó con fuerza: mientras una parte de la población madruga para llegar a fin de mes, otra monetiza su cuerpo o su imagen con aparente facilidad. La referencia a OnlyFans no es casual: se ha convertido en el símbolo de una economía de la atención que paga por el espectáculo y el deseo, a menudo mucho mejor que un trabajo convencional. Esa percepción de injusticia alimenta el resentimiento, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿por qué la estabilidad laboral está tan mal pagada?
La otra cara: el coste social de la sexualización
No todo es dinero. Una corriente del análisis recuerda que esa mujer es una persona y que exhibir su cuerpo en un espacio público con fines lucrativos tiene un precio social. La crítica a la sexualización en los locales de ocio no es nueva, pero el vídeo la ha vuelto a poner sobre la mesa. El equilibrio entre la libertad individual de monetizar el propio capital erótico y la responsabilidad de no alimentar entornos hostiles sigue sin resolverse.
El vídeo se olvidará pronto, la pregunta no. La desconexión entre esfuerzo y remuneración, y la moral de la atracción, son dos caras de la misma moneda en una economía donde lo efímero manda. Si el baile de una tarde vale más que un mes de trabajo, algo falla en la escala de valores (y de precios). Pero nadie parece tener la respuesta completa.