La mayor granja de insectos de Europa quiebra tras absorber 600 millones de subvenciones
¿Cuánto dinero público hace falta para que una empresa estratégica para la UE acabe en quiebra? La respuesta que está circulando en los círculos económicos es demoledora: 600 millones de euros. La mayor granja de insectos de Europa, la gran apuesta por las proteínas alternativas, ha presentado concurso de acreedores después de recibir esa cantidad en ayudas europeas. La última inyección, de 200 millones, fue un intento desesperado de salvación. No bastó.
El fracaso no sorprende a quienes analizaron el modelo de negocio. Los insectos se alimentan de harinas de soja, trigo y avena, es decir, exactamente lo que se quería reducir en la alimentación animal. El proceso encarece el producto final y lo deja sin competencia frente la soja importada. Además, el consumidor no ha aceptado la harina de grillo como alternativa a la proteína tradicional, y la normativa no ayuda.
Sospecha recurrente: estos proyectos no se diseñan para inversores, sino para políticos que necesitan colgarse la medalla de la innovación ecológica. Los números nunca cuadraron para la producción real. La justificación de la «soberanía alimentaria» se cae sola: si los insectos comen soja, la dependencia se mantiene, solo cambia de soporte.
En el trasfondo, el caso apunta a un problema más amplio: millones de euros europeos destinados a proyectos que solo sobreviven mientras haya subvención. El contribuyente vuelve a pagar la factura de un relato verde que no resiste el análisis de la pizarra.
Queda la duda de si esto es un caso aislado o el patrón de una industria nacida al calor del dinero fácil. Mientras tanto, la respuesta a la pregunta inicial sigue siendo la misma: 600 millones no bastan para hacer rentable un imposible.