Plan de negocio: heces maduradas 60 días y menú infantil
Estos días circula en un foro una propuesta de negocio para abrir un restaurante cuyo producto estrella son heces maduradas más de 60 días en arqueta, para que «recoja todo el sabor y aroma». Llega con la estructura completa de un pitch: estudio de mercado, producto, precios, alianzas y hasta menú infantil. Quien lo firma asegura que el proyecto «sería rentable» y que hay «mucha demanda de este producto». La broma es larga. El envoltorio, idéntico al de cualquier presentación de negocio real.
Qué incluye la carta y a qué precios
El planteamiento promete vender el producto «en todo tipo de formatos y texturas» a precios populares y busca un chef capaz de marinarlo, liofilizarlo y macerarlo con destreza. Entre las alianzas figura una colaboración pactada con un canal de streaming gastronómico para el día de la inauguración, un reto de ingesta de 4 kg y una foto en el salón, bebidas —espuma deconstruida con reducción incluida— y menú infantil con peluche para los niños. La carta entera, leída del tirón, funciona como un ejercicio de acumulación: cada añadido nuevo respeta escrupulosamente el formato de un dossier de hostelería.
Por qué la parodia imita el formato de un pitch
Ahí está el interés real del asunto. La pieza no se queda en la escatología: copia la retórica del emprendimiento —estudio de mercado, demanda afirmada por quien lo firma, escalabilidad por formatos, acuerdos con creadores de contenido— y la estira hasta el límite. Bajo esa piel, el texto es indistinguible de cientos de presentaciones que buscan capital. Hay quien lo lee como una burla de la fiebre por buscar financiación para cualquier cosa. Otros lo despachan como humor grueso sin recorrido. Ambas lecturas conviven y ninguna se cierra.
¿Cuánto aguanta el chiste?
El anuncio pide inspiración para el nombre y presume de demanda sin aportar una sola cifra de mercado, de costes o de ticket medio. La broma se sostiene mientras el absurdo resiste; el problema aparece cuando el lector intenta separar la parodia de un plan de negocio auténtico. Y ahí se atasca todo: la diferencia entre el chiste y cierto emprendimiento real no está en el producto, sino en quién firma.