El calor ya es un problema económico: el 22% de los mayores, en riesgo a 1,5 grados
El calentamiento global ya no es una discusión de laboratorio: es una factura. Esta semana, un estudio de The Lancet Planetary Health ha puesto cifras a lo que muchos vecinos de Valencia y Barcelona ya sufren en sus propias noches. Con un aumento de apenas 1,5 grados, el 22% de las personas mayores de 60 años estará expuesto a peligros por estrés térmico. El dato es serio, pero el debate económico apenas ha empezado.
El estudio que pone precio al calor
La investigación, publicada en The Lancet Planetary Health, concluye que el calor sofocante será mucho más frecuente y generalizado de lo que se pensaba. Para los mayores, el problema es fisiológico: el cuerpo pierde capacidad para regular su temperatura interna. La traducción económica es inmediata: más ingresos hospitalarios, más medicación, más dependencia. Y un sistema sanitario que ya roza su límite.
Los números del estudio son contundentes: con un calentamiento de 1,5 grados, un 22% de la población mundial mayor de 60 años vivirá en zonas de riesgo por calor extremo. No es una proyección lejana: es un escenario que ya se está dibujando, como reflejan los registros de este verano en el Mediterráneo.
Noches que no bajan de 27 grados
En Valencia, por ejemplo, las mínimas llevan semanas sin bajar de 27 grados, con máximas que rozan los 34 de sensación. Quienes recuerdan los años 90 señalan que llegar a 30 grados era una rareza. En Barcelona, las noches tórridas se han convertido en la norma. Algunos lo atribuyen a la edad, a la inercia térmica del asfalto y a décadas de cemento que devuelven el calor acumulado.
Ese efecto de isla de calor urbana es real, pero no explica todo. El último siglo y medio ha registrado una subida de temperaturas, más acentuada en las ciudades. La piscina a las cuatro de la tarde de los años 80 no es la misma que la de ahora, aunque cueste admitirlo.
Claro que hay quien no se cree las proyecciones. El argumento del “siempre se han dicho catástrofes” tiene eco en cualquier debate climático, y la economía de las previsiones está llena de curvas que fallan. Pero el calor de estas noches no es una proyección: se mide en un termómetro que no hace política.
La pregunta que queda sobre la mesa es cuánto costará adaptar las ciudades, la sanidad y las viviendas a un clima que ya cambió. O quizá la respuesta sea más simple: el escéptico más convencido también duerme peor a 27 grados.