Calor letal: 3.096 muertos en España, un 109% más
El verano de 2026 pasará a los registros por una estadística incómoda: 3.096 fallecimientos atribuidos a las altas temperaturas entre mayo y julio, más del doble que los 1.481 del mismo periodo de 2025. La cifra, difundida a primeros de agosto, reabre la guerra de interpretaciones. Unos la leen como la prueba del calentamiento acelerado; otros, como un ejercicio de contabilidad morbosa.
La magnitud del salto estadístico
El incremento es tan brusco que exige verificación: en tres meses se ha duplicado la mortalidad atribuida al calor con respecto al año anterior. La referencia inicial apunta a datos de La Razón, y en el análisis se mezclan lecturas directas —provincias como Zaragoza encadenan semanas con máximas de 38 a 40 grados— con observaciones puntuales que invitan a la cautela. Por ejemplo, en la costa valenciana se describen mínimas nocturnas de 27 grados desde finales de junio, un factor conocido de estrés térmico persistente.
El factor demográfico y la pobreza energética
Hay una lectura socioeconómica que pocos discuten: España es un país envejecido, con una parte de la población mayor enfrentada a viviendas mal aisladas y a un sistema sanitario con listas de espera crecientes. El calor no ataca por igual a quien puede pagar aire acondicionado y a quien no. A ese respecto, los datos disponibles sugieren que la mortalidad por calor es, en buena medida, una mortalidad de la desigualdad.
La batalla por la atribución y el ruido político
La interpretación dominante entre los escépticos es que el dato está inflado: sostienen que las muertes por frío son más numerosas y que atribuir cualquier fallecimiento veraniego al calor es un sesgo interesado. En el extremo contrario, la corriente cientificista responde que no es comparable la exposición de países nórdicos con la densidad de población y las temperaturas extremas que soporta España. Entre medias queda el uso político: la etiqueta de «holocausto climático» genera más ruido que precisión y termina ocultando el único hecho incontestable, que la temperatura media de las ciudades españolas sube década a década.
Probablemente este verano acabe estableciendo un nuevo récord de días tórridos, y con él llegará otra ronda de cifras. La pregunta es si el debate público será capaz de distinguir entre la estadística y la demagogia. La evidencia, de momento, no permite cerrar el caso: el 2027 tendrá la última palabra.