Cancún suma 421 homicidios en 2022 y Barcelona registra 15
La comparación que recorre medio mundo se apoya en dos cifras: los
421 homicidios que cerró Cancún en 2022 —tercera ciudad con más del país— y los
15 crímenes que contabilizó Barcelona ese mismo año. Sobre ese par de números se ha levantado una tesis sin matices: la que sostienen varios participantes, que la ciudad mexicana es «infinitamente más segura» que cualquier urbe española. Antes de discutir la conclusión conviene mirar el método, porque las dos cifras no miden lo mismo ni cubren la misma población.
¿Cuántos homicidios hay en Cancún y cuántos en España?
Cancún, con alrededor de
920.000 habitantes, aparece en los recuentos que se citan con
406 homicidios anuales y con 421 en 2022, lo que la colocó como la tercera ciudad con más homicidios del país. España entera, 47 millones de habitantes, cerró 2021 con
290 homicidios y se mueve en torno a los 298 al año. En el otro extremo, Barcelona registró 15 asesinatos en 2022.
Puestos en fila, los números no admiten la lectura amable. Una ciudad de menos de un millón de habitantes multiplica el total de una nación de 47 millones. Ahí acaba el terreno común y empieza el resto de la discusión.
¿Por qué quien vive en Cancún no percibe esa violencia?
La defensa de la ciudad no niega los muertos: los reubica. Se sostiene que los tiroteos siguen siempre el mismo patrón —llega un coche, dispara a una persona concreta, desaparece— y que responden a ajustes de cuentas entre grupos criminales, no a la población general. A eso se añade un argumento de incentivos: el turista es la fuente de ingresos y perjudicarlo sería perjudicarse. Bajo esa lógica, la violencia se concentra en barrios determinados y la zona turística queda al margen.
La réplica es la obviedad estadística: que no haya víctimas turísticas no significa que no haya violencia. Secuestros, extorsión y asesinatos siguen sumando aunque no aparezcan en el folleto del hotel.
El turista como activo y la geografía del miedo
La zona hotelera y el corredor turístico funcionan como un perímetro vigilado, con presencia militar visible, y quien se mueve dentro de él apenas ve nada parecido a un delito. Fuera del perímetro, la película cambia: los propios residentes describen extorsiones a comercios, secuestros exprés y asaltos que no llegan a los titulares.
Hay un testimonio que ordena bien el asunto. Quien pasó ocho días por trabajo en Río de Janeiro no presenció un solo delito, mientras las estadísticas de homicidios de ese periodo seguían contando muertos. Su propia explicación: no salió de los circuitos comerciales y turísticos, donde hay un policía cada diez metros. La seguridad percibida es, en buena medida, una cuestión de radio de acción.
La caminata nocturna que nadie aceptó
De ahí el desafío que quedó sobre la mesa y sin respuesta: recorrer Valencia con ropa de marca y reloj a la una de la madrugada, y hacer lo mismo por Cancún entero, para comparar. Nadie lo aceptó. Es un buen resumen del estado del argumento, porque la percepción va en las dos direcciones.
Una parte sostiene que la criminalidad española se ha disparado por la
inmigración y las políticas de seguridad, y que los robos con violencia son ya rutina diaria. Ese diagnóstico no se sostiene con las cifras de homicidios manejadas aquí, pero tampoco lo intenta: habla de hurtos y navajazos, que no se miden en cadáveres. Comparar homicidios con robos es como comparar kilos con litros, y ahí se atasca la mitad de la conversación.
Lo que se oculta y lo que se exagera
Sobre la fiabilidad de los datos planea la sospecha cruzada. Se argumenta que parte de los delitos no llegan a las estadísticas por el peso económico del turismo: un crimen en la zona hotelera sería un problema comercial y habría incentivos para no airearlo. Del lado español la acusación es simétrica: que los medios nacionales omiten el origen de los detenidos por robos y reyertas.
En el caso mexicano circula además el fenómeno del
derecho de piso, el pago periódico que los grupos criminales exigen a los negocios, con relatos de comercios que cerraron por no poder afrontarlo. Es el tipo de dato que no entra en ninguna comparativa internacional y que, sin embargo, marca la vida diaria de quien trabaja allí.
Con todo sobre la mesa, la discusión se atasca siempre en el mismo punto. Si se comparan homicidios, Cancún pierde por goleada. Si se comparan robos con violencia en la calle, la conversación se invierte y nadie tiene la serie completa. Las dos ciudades pueden ser inseguras de maneras distintas, y eso no da un titular redondo. Quien afirma que una es
infinitamente más segura tendrá que explicar los 421 muertos. Quien vende la otra como paraíso, tampoco duerme mejor.