Carla Galeote y la música racializada: ¿crítica o racismo?
El top 50 de las canciones más escuchadas en España está dominado al 95% por reguetón y estilos urbanos. Sobre esa base, la comunicadora Carla Galeote lanzó una afirmación que ha encendido la polémica: los estilos musicales que provienen de personas racializadas son, casualmente, los más criticados. La reacción no se hizo esperar, y no precisamente para darle la razón.
La primera respuesta es la más directa: se critica al reguetón porque buena parte de lo que produce su industria es, sencillamente, un producto de baja calidad artística. No porque quien lo interprete tenga un tono de piel distinto. De hecho, la historia del pop está llena de artistas negros de éxito universal y crítica unánime. Michael Jackson, Bob Marley, Prince, Stevie Wonder o Aretha Franklin no recibieron reproches por su origen; los recibieron por su música, cuando los merecía.
El contraejemplo que no encaja en el relato
Ningún aficionado a la música discute la leyenda de Jimi Hendrix o de Tina Turner. Fueron pioneros y superaron barreras en una época en la que ser negro era un obstáculo real para los medios. Si la crítica musical fuese un simple mecanismo de exclusión racial, esos nombres jamás habrían alcanzado el estatus de mito. Alguien que invoca a Michael Jackson —el rey del pop, con una carrera de cinco décadas y varios de los discos más vendidos de la historia— para sostener que existe una persecución contra la música racializada, tiene un problema de base cognitiva.
Se puede detestar el reguetón, el trap o los ritmos latinos con todos los argumentos estéticos del mundo. Decir que se les ataca por el color de piel de sus intérpretes es mezclar la crítica musical con una acusación de racismo inverso. Esa mezcla genera un ruido del que solo se beneficia quien necesita titulares.
El negocio detrás de la crítica
Aquí entra la parte que los comentaristas culturales suelen omitir: la industria del reguetón es una máquina de fabricar dinero, no un movimiento de resistencia. Las grandes productoras controlan la distribución, la producción y la imagen; muchos cantantes son fichas intercambiables a las que se les compra la voz y el nombre. El 95% del top 50 español pertenece a ese estilo. Si de verdad fuera un arte oprimido, resultaría extraño que la opresión coincidiera con un dominio de mercado tan absoluto.
Las críticas legítimas que sí merece el reguetón —el machismo de muchas letras, la degradación del contenido, la fórmula repetitiva— no se resuelven con el atajo de la raza. Exigir que no se critique un producto por el origen étnico de sus intérpretes es, en realidad, una forma de paternalismo: le niega a esos artistas la posibilidad de ser juzgados por lo que hacen.
El término que despierta más alergia: racializado
Más allá de la música, la discusión ha girado hacia la semántica. Persona racializada es una construcción que define a un individuo por la mirada racial del resto. El argumento crítico apunta que ese vocabulario, supuestamente antirracista, acaba haciendo exactamente lo contrario: fijar a alguien en una raza. La raza, como categoría social, solo existe si se la nombra y se la aplica a otros. De ahí que el término genere rechazo tanto a la derecha como a una parte de la propia izquierda.
El cierre deja un dato que descoloca: la música que más se critica es, al mismo tiempo, la que más se consume. Hay pocas paradojas más rentables para una industria que un producto capaz de llenar estadios mientras alimenta la indignación de quienes lo desprecian. Y mientras tanto, los artistas de raíz africana que sí cambiaron la historia del pop siguen sonando en todas las plataformas. Tampoco eso parece preocupar a nadie.