Javier.Finance
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Un albañil relata en primera persona que nunca disfrutó de su trabajo y que fingió entusiasmo durante años mientras cargaba ladrillos, sacos y hormigón para clientes que le exigían más horas, más peso y menos seguridad. El texto describe un oficio donde el cuerpo se usa como máquina y donde la queja se castiga con el desprecio.
Un albañil relata en primera persona que nunca disfrutó de su trabajo y que fingió entusiasmo durante años mientras cargaba ladrillos, sacos y hormigón para clientes que le exigían más horas, más peso y menos seguridad. El texto describe un oficio donde el cuerpo se usa como máquina y donde la queja se castiga con el desprecio.
La carta de un albañil a sus clientes es un texto que circula por internet y que cualquiera que haya contratado una obra debería leer. No por lo que dice de los demás, sino por lo que dice de uno mismo. El autor, un trabajador de la construcción, confiesa sin anestesia que nunca quiso hacer ese trabajo. Ni una sola vez. Que lo único que le movía era hacer dinero, y rápido. Rápido no significa fácil, aclara. Significa que aprendió los trucos para acabar cuanto antes: ladrillo tras ladrillo, aguantar el sol y el polvo, y quitarse de encima al cliente lo más pronto posible.
El relato describe una actuación diaria. El albañil cuenta que durante años practicó gratis el papel de hombre contento con su suerte. Mientras el cliente miraba o daba órdenes, su cabeza estaba en otro sitio. En cualquier lugar donde no tuviera que enfrentarse a lo que el trabajo le estaba haciendo: la espalda destrozada, las manos destrozadas, la cara del que paga. Dice que podría haber ganado una medalla de oro por fingir. Fingía tanto que el encargado casi se caía de la risa.
La relación con el cliente aparece retratada como un intercambio desigual. El autor sostiene que si el cliente pensaba que le hacía un favor pagándole un día o una semana, se equivocaba. Que preferiría que le hubiese dicho «ya está» y se hubiese ido corriendo. Cuando el cliente se creía buen tipo preguntándole qué hacía un tío como él en un sitio como ese, perdía el halo en cuanto empezaba a exigir más: más peso, más horas, más polvo. El albañil hubiese preferido que se callara y le dejara trabajar.
El cansancio recorre todo el texto. Estaba tan agotado que a menudo tenía que tener cuidado de no quedarse dormido mientras seguía moviendo los brazos con el piloto automático. El cuerpo le ardía por el cemento, el sol, las rozaduras y los guantes rotos. Cuando salía sangre de alguna herida o se le hinchaban las manos, no era por un corte accidental. Era porque el cuerpo era una máquina que no podía parar por un esguince, una rozadura o un dedo magullado. Se vendaba a lo bruto y seguía.
El texto también apunta a las exigencias del cliente. Cuando este llegaba con ideas raras, materiales baratos, plazos imposibles o la orden de «hazlo como si fuera de lujo aunque pague de segunda», la máquina interior del albañil tomaba el control. Describe asco hacia esas peticiones y hacia las sonrisas que le decían que todavía parecía joven y fuerte para aguantar aquello. El cliente, a veces con 50, 60, 70 o más años, miraba desde la sombra.
La seguridad aparece como un límite que se traspasa con regularidad. El autor relata que le quitaban el casco, le pedían que subiera sin arnés, que cargara más de lo seguro o que trabajara sin descanso. Sabían que iba contra las reglas. El cliente ponía a prueba su habilidad para decir que no, y lo disfrutaba. Cuando el albañil se quejaba lo suficiente o dejaba claro que no volvería a tener a ese cliente si no respetaba las reglas y la seguridad, recibía insultos hacia él y hacia su oficio. Condescendencia, amenazas y mala educación.
El relato no se queda en la anécdota. El autor afirma que los albañiles existen porque hay clientes egoístas a los que solo preocupan sus necesidades y su bolsillo. Que comprar mano de obra barata y callada dice mucho de quien lo hace, de su humanidad y de cómo entiende el trabajo. Para el albañil, eso es un signo de debilidad, aunque el cliente lo confunda con una especie de poder y estatus enfermizo.
La conclusión del texto es dura. El autor sostiene que los albañiles solo existen porque hombres como sus clientes sienten que tienen derecho a satisfacer sus necesidades usando el cuerpo y el esfuerzo de otras personas. Que su comodidad requiere acceso al trabajo duro siempre que les apetezca. Y que solo están ahí porque hay quien se interpone en el camino de un trabajo digno, respetado y bien pagado.
El texto no pide compasión. Pide que se lea como lo que es: la confesión de alguien que durante años hizo un trabajo que odiaba, fingiendo lo contrario, para clientes que confundían el pago con el derecho a disponer de su cuerpo. La carta circula sin firma conocida y sin más contexto que el propio relato. No hay datos de cuántos albañiles podrían sentirse identificados, ni encuestas que respalden cada afirmación. Es un testimonio personal, no un estudio.
Quien haya contratado una obra quizá reconozca alguna escena. El que da órdenes, el que mira desde la sombra, el que regatea y luego exige. El albañil de la carta no dice que todos los clientes sean iguales. Dice que él se encontró con varios así. Y que aprendió a fingir tan bien que nadie lo notaba. Eso, en un oficio donde el cuerpo se rompe y la seguridad se ignora, es la parte más triste del relato.
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Pero el albañil sale con los agujeros intactos...
Qué casualidad.
Ayer la carta de la meretriz, con la misma estructura y contenido.
y operaciones de rodillas, etc.Pero el albañil sale con los agujeros intactos...