La conspiranoia como carrera: el caso César Vidal
Que un personaje lleve cuatro décadas sosteniendo que el mundo está dirigido por una camarilla secreta y siga llenando programas es, para muchos, la prueba de que el pensamiento crítico en este país murió de sobredosis de tertulia. La polémica en torno a César Vidal –historiador, escritor y comunicador– no cesa, y en esta ocasión se ha reavivado con una batería de reproches que van del conspiranoicismo al supuesto plagio en su obra.
El modelo de negocio que sostiene a Vidal es uno de los ejes del cuestionamiento. Su programa se financia con aportaciones de los oyentes, una fórmula que sus defensores presentan como garantía de independencia. El argumento, sin embargo, no resiste el contraste: que la audiencia pague no hace el contenido más veraz, solo más caro para quien lo financia. La lealtad del público, en este mercado, se cotiza al alza.
Plagio y 'pseudohistoria': las otras acusaciones
Sobre su extensa bibliografía planean acusaciones de plagio y fraude intelectual. Según varios análisis, sus libros de divulgación histórica habrían copiado de fuentes ajenas sin citarlas, una práctica que sus críticos califican de 'pseudohistoria'. Nada hay confirmado por ahora en los tribunales, pero el descrédito académico ya está servido. El caso se complica cuando se incluyen en el mismo saco a otros divulgadores, como el coronel Baños, al que se le reconoce cierta capacidad para el espectáculo pero escaso rigor analítico.
Un fenómeno que resiste el descrédito
La polarización es total. Entre quienes lo despachan como un producto de la paranoia mediática y quienes lo defienden como un bastión contra el relato oficial, no hay término medio. La singularidad del fenómeno es que el ataque constante no erosiona su audiencia; la refuerza. Cuanto más se le descalifica, más crecen las sospechas de sus seguidores de que existe una operación para silenciarlo. Esa es la paradoja que convierte una carrera supuestamente 'maldita' en un negocio rentable.
La pregunta no es si César Vidal es un charlatán o un visionario –la respuesta depende del cristal con que se mire–, sino por qué un discurso tan fácilmente refutable sigue encontrando compradores. Quizá la respuesta no esté en él, sino en la desconfianza sistémica hacia los medios tradicionales. Mientras esa brecha exista, habrá negocio para la conspiranoia.