El culto al yo que desmonta la sociedad de consumo
Hemos alcanzado una libertad individual que ningún siglo anterior conoció. A cambio, se han evaporado los relatos colectivos que daban sentido a esa libertad. La tecnología permite construir un universo personalizado, y el hueco se rellena con estatus: «que me vean», «que me admiren», «que tenga más». Esa es la paradoja: la emancipación se ha convertido en una nueva jaula.
La dictadura del rendimiento
El individualismo aplicado a la vida cotidiana convierte cada faceta en una competición. Un ejemplo: un vigilante de seguridad criticaba a una camarera por su «performance» en una tabla de ejercicios. No es una anécdota menor. Es la extensión del rendimiento laboral a la vida personal. Si no rindes al máximo, eres un fracasado. No hay descanso, solo estrés por ser «la mejor versión de uno mismo». Es un modelo que algunos atribuyen a la cultura estadounidense del «yo», con sus jornadas sin vacaciones y vínculos frágiles.
El regreso de lo común
Frente a esa deriva, la reivindicación de lo común gana terreno. Aristóteles definió al hombre como «animal social» hace 25 siglos. La realidad social precede al individuo: no nacemos aislados sino dentro de relaciones, lenguaje e instituciones. El relativismo postmoderno erosiona las bases de sentido compartido y produce atomización, inestabilidad psicológica y pérdida de cooperación. Se habla de un nuevo «idiotes»: el individuo que solo se ocupa de sus asuntos privados, desconectado del bien común.
La disidencia también se define en relación con el centro que rechaza. Sin norma no hay transgresión. La pregunta queda abierta: ¿cuánto tiempo soportaremos esta tontería antes de que el péndulo retorne hacia lo colectivo?