Un hombre de 67 años, grave tras un ataque con machetes
¿Puede un maestro de artes marciales de 67 años defenderse de varios atacantes armados con machetes? La respuesta, a la vista de lo ocurrido, es que no.
Chen Moraes, instructor de jiu-jitsu brasileño afincado en España, permanece ingresado en la UCI después de que un grupo de personas le atacara con armas blancas. El suceso ha reabierto la discusión sobre la seguridad en los barrios y sobre el papel de los grupos que se autodenominan de desokupación.
El relato que circula en el entorno del gimnasio donde trabajaba el instructor sostiene que el maestro salió a la calle con una katana para intimidar a un grupo que, según esa versión, no portaba armas en ese momento. Los atacantes se marcharon, volvieron con refuerzos y con machetes, y ahí se produjo el ataque.
Cinco contra uno, según esa versión. Setenta años de vida y décadas de tatami no compensan esa aritmética.
Quién es Chen Moraes y por qué su caso se ha convertido en un símbolo
Moraes no es un desconocido. Es un instructor de
jiu-jitsu brasileño que regentaba un gimnasio y que, según quienes le conocen, seguía dando clase a los 67 años. La comunidad que se ha movilizado en su defensa le presenta como un profesional que se ganaba la vida enseñando defensa personal y que, en el momento del ataque, estaba trabajando.
El caso ha escalado porque conecta con un debate más amplio: el de la inseguridad en determinadas zonas y el de los grupos que, al margen de la ley, se dedican a desalojar ocupaciones. En ese ecosistema, Moraes aparece como una víctima colateral. Hay quien sostiene que el instructor no buscaba el enfrentamiento y que se limitó a intentar proteger su entorno. En contra pesa el argumento de que salir a la calle con una katana, aunque sea para intimidar, convierte a cualquiera en parte del conflicto.
Dani Esteve y el discurso de la venganza desde la desokupación
El nombre que más ha sonado en las conversaciones posteriores al ataque es el de
Dani Esteve, conocido por su actividad al frente de grupos de desokupación. Esteve ha reclamado venganza y ha convertido el caso en un argumento más de su cruzada contra lo que describe como invasión y delincuencia importada. Su discurso, que mezcla la defensa de la propiedad privada con soflamas contra la
inmigración, ha encontrado eco en una parte de la opinión pública.
La cifra que se repite en su entorno es la de
casi 9.000 desokupaciones realizadas, un dato que se usa como aval de su experiencia y que, al mismo tiempo, dibuja un modelo de actuación cuando menos discutible. Hay quien ve en Esteve a un justiciero necesario; hay quien ve a un empresario del conflicto que se alimenta del miedo. Lo cierto es que el ataque a Moraes le ha servido para reforzar su relato: si un maestro de artes marciales no puede defenderse, viene a decir, cualquiera está en peligro.
El jiu-jitsu no es kendo: el error de confiar en una katana
Una de las confusiones más repetidas en las discusiones posteriores tiene que ver con la naturaleza de las disciplinas marciales. El
jiu-jitsu brasileño es un arte de combate cuerpo a cuerpo, basado en palancas, estrangulamientos, sumisiones y luxaciones. No entrena el uso de armas blancas. La katana pertenece a otra tradición, la del
kendo o el kenjutsu, y empuñarla sin formación específica es más un riesgo que una ventaja.
Ese detalle, que puede parecer menor, explica en parte el desenlace. Un maestro de jiu-jitsu puede dominar a un oponente en el suelo, pero no está preparado para enfrentarse a varias personas con machetes en un espacio abierto. La escena recuerda a esas discusiones de barra de bar en las que todo el mundo sabe cómo actuaría si le pasara algo así. La realidad, como casi siempre, es más sucia y más rápida.
El debate de fondo: seguridad, inmigración y justicia por mano propia
El ataque ha servido para reactivar un debate que en España lleva años cocinándose a fuego lento. Por un lado, están quienes denuncian que determinadas zonas se han convertido en tierra de nadie y que las instituciones no garantizan la seguridad. Por otro, quienes advierten de que la respuesta no puede ser la autodefensa organizada ni los grupos parapoliciales.
En medio, un dato que se repite: los atacantes, según las versiones que circulan, quedaron en libertad a la espera de juicio. Eso alimenta la sensación de impunidad y refuerza el discurso de quienes piden mano dura. La pregunta que sobrevuela todo el asunto es hasta qué punto un Estado que no protege a sus ciudadanos puede luego exigirles que no se protejan solos. No hay una respuesta fácil, y menos cuando el caso concreto implica a un hombre de 67 años al borde de la muerte.
Mientras Moraes sigue en la UCI, la conversación se ha desplazado de los hechos a las trincheras. Unos piden deportaciones masivas; otros, prudencia. El único dato indiscutible es que un hombre de 67 años está grave y que las personas que le atacaron con machetes siguen, a efectos prácticos, en la calle, según las versiones difundidas. Todo lo demás es interpretación.