Mujeres de los 70: la nostalgia que oculta el trabajo de la mujer española
La nostalgia tiene un problema: casi nunca va del pasado. La conversación reciente sobre las mujeres españolas de los años setenta –esa sucesión de fotos con melenas lisas, minifaldas y ausencia de tatuajes– parece una discusión sobre estética, pero es una discusión sobre el presente. Un presente que a algunos les incomoda, y contra el que proyectan un pasado que no vivieron o recuerdan en versión corregida.
La foto incompleta
El material que circula muestra a mujeres jóvenes en la playa, en conciertos y en programas de televisión de masas como Aplauso, emitido por TVE en 1978 y 1979. Son imágenes reales, pero seleccionadas. La España de los 70 también produjo imágenes como la del equipo femenino de baloncesto de 1963, la primera selección femenina española, o el equipo vasco femenino de 1969: mujeres en chándal, compitiendo. No aparecen en el catálogo nostálgico porque estropean el relato de la mujer-ornamento. La televisión, con programas como Aplauso, fue la ventana por la que aquella juventud se asomó a una modernidad que la política negaba.
Economía doméstica con retales
Una anécdota de la época, recuperada en la discusión, resume bien la economía de la mujer de entonces: se compraba tela para hacer el mantel de la cocina y, con el retal, el vestido de minifalda. Esa combinación de austeridad y coquetería es la verdad de un tiempo en el que la renta familiar dependía de la habilidad para estirar el dinero. La mujer de los 70 no era un ser pasivo del hogar: gestionaba el presupuesto doméstico y, en muchos casos, trabajaba fuera de casa, aunque el marco legal y social no se lo reconociera. En 1975, la tasa de actividad femenina española era de las más bajas de Europa occidental, pero millones de mujeres ya estaban en el mercado: en el textil, en el servicio doméstico, en la hostelería. La estadística no contaba lo que la economía real sí registraba.
El elefante en la habitación: trabajo y sindicatos
El debate no se queda solo en la estética. En su tramo final aparece la imagen de las jóvenes sindicalistas de UGT, un recordatorio incómodo para la nostalgia: la mujer española de los 70 también se organizaba, reivindicaba y hacía huelga. Si el recuerdo selectivo solo elige fotos de piscina, pierde la mitad de la historia. La incorporación masiva de la mujer al mercado laboral es el gran cambio económico de las últimas décadas, y sus raíces están antes de la Transición de lo que el relato dominante admite.
Con esa memoria amputada, el riesgo es convertir el pasado en un bazar de virtudes para uso actual. Quien idealiza a las mujeres de los 70 como símbolo de una feminidad “sin estridencias” olvida que muchas de ellas trabajaban en fábricas, mantenían familias y luchaban por derechos que hoy se dan por sentado. La nostalgia, al final, dice más de quien la fabrica que del tiempo evocado. Y el tiempo, visto entero, fue más complejo –y más interesante– de lo que la foto posteada sugiere.