El IMV y las prejubilaciones: cuando no trabajar es la norma
Dos familias frente a tu casa, cada una con cuatro hijos, ninguna trabaja. No es un caso aislado, sino el síntoma de una transformación profunda en el mercado laboral español. El Ingreso Mínimo Vital ha normalizado lo que antes era privilegio de unos pocos: vivir de una prestación sin empleo.
Pero el fenómeno no es nuevo. En los noventa, la reconversión industrial y las prejubilaciones doradas en banca, telecos y eléctricas permitieron a millones colgar los hábitos a los 55 años, o incluso antes. Media Asturias, según los testimonios, cobra pensiones de 2.000 euros. Entonces nadie lo llamó "paga"; se vendió como dignidad laboral. Ahora, con el IMV, el mismo hecho se estigmatiza.
La paradoja es evidente: quienes critican el asistencialismo actual olvidan que el sistema lleva décadas generando rentas sin contraprestación para grandes colectivos. La diferencia es el perfil del beneficiario. Mientras las prejubilaciones fueron para trabajadores de grandes empresas, el IMV alcanza a quienes nunca tuvieron acceso a esos pactos. El debate no es sobre el principio, sino sobre quién merece no trabajar.
Con los datos sobre la mesa —cientos de miles de casos arrastrados desde los tiempos de Felipe González o Aznar—, la pregunta incómoda es si el mercado laboral español produce más rentistas que empleos. Y si la solución pasa por demonizar al último eslabón o replantear todo el modelo.
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