¿Comer siempre lo mismo en casa es falta de recursos o de criterio?
¿Cuántas veces ha repetido el mismo plato esta semana? Hay quien ya ha perdido la cuenta. En un rincón de la conversación, una de las respuestas más sinceras fue directa: “No, no soy pobre”. La frase lo dice casi todo. Comer variado se ha convertido en un marcador de clase, pero también hay quien lleva la repetición al extremo y presume de ello.
La monotonía como método
Hay a quien la rutina no le aburre: café, huevos, pollo, ensalada, tomate, patatas, yogur y queso fresco, con dos alternancias semanales. Esa dieta fija ha demostrado ser efectiva: quien la siguió tres meses perdió cinco kilos. También hay quien directamente elimina el acto de comer: el batido sustitutivo vegano como única ingesta, 24/7. Y el más pragmático: “arroz con cosas, legumbres con cosas y pasta con cosas”.
La variedad, cuestión de clase o de equipo
El otro bando defiende lo contrario. La respuesta “No, no soy pobre” resume la ecuación: variar el menú cuesta dinero, o al menos así se percibe. Pero hay quien asegura que el problema no es la cartera sino el equipo: con roner, envasador al vacío, olla exprés, horno y un wok, la repetición solo indica falta de técnica. Entre medias, los que rotan los procesados del supermercado y los que cambian el pollo por atún y las patatas por arroz.
Mientras tanto, el consumidor medio sigue atrapado entre el ahorro de la rutina y el aburrimiento del paladar. La ironía del asunto: quien siguió la dieta fija tres meses perdió cinco kilos, pero gastó una fortuna en volver a la normalidad.