Acoso telefónico: la guerra contra el comercial que no acepta un no
Colgar no sirve. El teléfono vuelve a sonar —a la misma hora, al día siguiente— y el guion se repite palabra por palabra. Alrededor de esa certeza se ha levantado un repertorio casero de defensas contra el spam telefónico que va del bloqueo por hardware a la interpretación amateur de comercial. El aviso que abrió esta pista apuntaba a Jazztel, pero el foco real no es una compañía concreta: es un modelo de venta que convierte el teléfono particular en un canal de publicidad sin permiso.
El foco sobre Jazztel: la alerta inicial y las quejas por llamadas diarias
El planteamiento era una alerta: atención a la llamada de Jazztel. Detrás llegó la recomendación más repetida, no coger números desconocidos porque casi siempre son comerciales. Quien sufre el goteo lo describe igual: todos los días a la misma hora, con la siesta como daño colateral. La queja formal se topa con un trámite kafkiano: para que dejen de llamar hay que facilitar
nombre, DNI y domicilio. Hay quien ha reclamado a Facua y a la OCU sin que el teléfono deje de sonar, y el número habilitado para denunciar el propio spam es, en sí mismo, una paradoja.
¿Por qué insisten aunque les cuelgues? El negocio del call center
La insistencia no es sadismo: es incentivo. Además de la comisión por venta, muchas campañas pagan un
plus de productividad a quien supera un número determinado de contrataciones al mes. Quien no vende genera pérdidas y su puesto peligra. En las llamadas entrantes el criterio es otro: prima un Tiempo Medio de Operación bajo, que mide rapidez y no calidad. De ahí que se atienda rápido aunque se atienda mal.
Frente a ese esquema aparece el argumento de fondo: son trabajos que no aportan valor añadido al cliente y debería ser el cliente quien llamara primero; con la publicidad en televisión, radio y carteles bastaría.
¿Funciona la Lista Robinson contra las llamadas comerciales?
Existe un fichero de exclusión publicitaria, la Lista Robinson, donde se puede pedir dejar de recibir publicidad. Según uno de los relatos, inscribirse funcionó: nunca más le llamaron. Otros sostienen lo contrario, que la grabación de la llamada no amilana a nadie, que te pasan con un superior y que ese superior es quien ordena la campaña. Grabar sirve, en teoría, para reclamar; en la práctica exige tiempo y paciencia.
Bloquear el número: del truco al inalámbrico con lista negra
Hay soluciones de hardware. Un inalámbrico con
lista negra de 30 entradas impide que la llamada llegue a sonar; otro lleva con orgullo el cartel de mejor compra en años por
60 euros, y en un mes acumulaba cinco números bloqueados. Contra el filtro pesa un argumento: hay quien sostiene que muchas llamadas no las marca una persona, sino un sistema automático que dispara avisos en serie, de modo que tachar un número no detiene la máquina. De ahí la huida idiomática: contestar con una frase memorizada en alemán, chino o serbocroata; a la segunda repetición, cuentan, son ellos los que cuelgan.
Hacer perder minutos: la venganza más repetida
Un minuto de comercial es dinero para la empresa y tiempo muerto para el cliente. El mute y seguir con la vida, la tele de fondo, el «
repite, no le oigo», alargar hasta
ocho minutos, que es, según uno de los trucos, cuando el sistema descarta el número. Uno aguantó
cinco minutos escuchando La que se Avecina. Otros dos clásicos: fingir una centralita con menú de opciones y anunciar que el titular de la línea ha fallecido y que están en el velatorio.
Y la advertencia incómoda: no descolgar también tiene coste. Se cuenta el caso de quien perdió una cesta de Navidad por no coger el teléfono, y el miedo de quien espera una llamada de un hospital o una respuesta de empleo tras mandar 500 currículums.
El otro lado del teléfono: precariedad y prejuicio
No todo el mundo está para fiestas. Quien ha trabajado en un call center de asistencia en carretera lo resume con una frase:
«explotación se queda corto». Y entre las reacciones más agrias asoma un sesgo feo: parte de los afectados descarga su furia contra quien atiende, a quien algunos suponen en plataformas externalizadas en el extranjero, con desprecio hacia los acentos. Ese prejuicio no explica nada. El guion, la presión y el objetivo son idénticos cuando el acento es local.
Mientras el marco legal no cambie de verdad, todo apunta a que el blindaje seguirá siendo doméstico: la Lista Robinson, la lista negra del inalámbrico y la paciencia de quien decide que su tiempo vale más que la oferta. Si alguna vez una multa duele, el guion cambiará solo. No parece que vaya a ser pronto.