Cometí estos ERRORES al comprar mi FINCA RÚSTICA (y tú los puedes evitar)

Cometí estos ERRORES al comprar mi FINCA RÚSTICA (y tú los puedes evitar)
Cuando yo tenía 15 años, soñaba con ir a vivir al campo. Entonces, mí tío, al respecto, le comentó a mi padre:

—Aquest es pensa que allà tot són flors i violes.
(Ese se cree que allí todo es de tonalidad de rosa).
 
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FINCA NAMASTÉ Y LA REVOLUCIÓN DE LAS CINCO GALLINAS: CÓMO CONVERTIR UNA FINCA EN UN CATÁLOGO DE IKEA Y LLAMARLO LIBERTAD

Hoy tenemos nuevo capítulo de Finca Namasté, protagonizado por una vecina que se ha puesto delante de la cámara para explicarnos las bondades de vivir en una mobil home. Una experiencia que, por lo visto, te permite descubrir el minimalismo, conectar con la naturaleza, valorar las pequeñas cosas y alcanzar una paz interior que ni los monjes tibetanos después de veinte años meditando en una cueva.

Todo ello desde una casa prefabricada de 20 metros cuadrados, con muebles pintados, suelo vinílico y unas pegatinas decorativas que parecen elegidas por un comité de interiorismo formado por cinco personas después de beberse una botella de licor de hierbas.

La revolución rural ha llegado, señores. Abandonad vuestros trabajos, vuestras hipotecas y vuestras casas convencionales. La libertad está a vuestro alcance. Solo necesitáis un terreno, una caseta, cinco gallinas, un móvil con buena cámara y la capacidad de convenceros de que vivir apretado entre la cocina y el cuarto de baño es una experiencia transformadora.

Eso sí, las facturas no desaparecen por colocar una pegatina de una flor en un armario. Es una pena, porque la humanidad lleva miles de años buscando una solución a sus problemas económicos y resulta que la respuesta estaba en el Leroy Merlin.

EL CAMPO NO ES UN DECORADO DE INSTAGRAM​

Lo que me llama la atención de toda esta corriente de influencers rurales es que parece que han descubierto el campo hace tres tardes y ya se sienten capacitados para explicarles a los demás cómo vivir.

El campo no es un decorado para hacerse fotografías con un sombrero de […]. Tampoco es un escenario de película en el que una chica se instala en una caseta de madera, coloca cuatro macetas, adopta cinco gallinas y se convierte automáticamente en una especie de sabia ancestral que ha descubierto los secretos de la existencia.

El campo es trabajo, gastos, averías, mantenimiento, obligaciones y problemas que no desaparecen porque les pongas un nombre bonito.

Y, sobre todo, el campo es un lugar en el que viven animales de verdad, no figurantes contratados para dar ambiente a tus vídeos.

Porque esa es otra cuestión que me gustaría ver explicada con la misma ilusión con la que se nos enseña el interior de la mobil home: ¿qué pasa cuando tienes animales y llegan las obligaciones que no quedan tan bonitas en cámara?

Si tienes gallinas, tendrás que cumplir los requisitos de identificación, registro y sanidad animal que correspondan a tu situación y a tu comunidad autónoma. Tendrás que proporcionarles condiciones adecuadas, ocuparte de su alimentación, prevenir enfermedades y atender las indicaciones veterinarias cuando proceda.

Y no, no vale con bautizarlas, ponerles nombres de personajes de Disney y grabar un vídeo titulado «Mi mañana de conexión con la naturaleza».

Los animales no son accesorios decorativos de una vida alternativa. Son seres vivos que dependen de ti.

Y si alguien quiere dedicarse a tener animales en el campo, que se informe primero de sus obligaciones y después se compre las gallinas. No al revés.

CINCO GALLINAS NO SON UNA EXPLOTACIÓN DE AUTOSUFICIENCIA​

Aquí parece que hemos confundido tener animales con ser autosuficiente.

Tener cinco gallinas puede ser una afición estupenda. Puedes disfrutar de sus cigot, observar su comportamiento y pasar un buen rato cuidándolas. Nadie está diciendo lo contrario.

Pero de ahí a vender una determinada forma de vida como si hubieras encontrado el secreto de la independencia económica hay un trecho bastante considerable.

Cinco gallinas no te convierten en agricultora profesional. Una huerta pequeña no te convierte en empresaria agraria. Una caseta con paneles solares no te convierte en una ingeniera energética. Y vivir en una finca no te convierte automáticamente en experta en autosuficiencia.

Son cosas distintas.

La autosuficiencia real exige calcular cuánto consumes, cuánto produces, qué compras fuera, cuánto dinero necesitas y qué ocurre cuando algo falla.

Porque las gallinas también comen cuando no tienes ganas de levantarte. El agua también cuesta dinero o requiere instalaciones y mantenimiento. Las herramientas se rompen. Las plantas se enferman. Los animales necesitan atención. Y las reparaciones no se pagan con buenas vibraciones.

Si mañana se estropea algo esencial, no puedes pagar al electricista entregándole una cesta de cigot y explicándole que has alcanzado un nuevo nivel de conciencia.

Bueno, puedes intentarlo, pero sospecho que el electricista preferirá cobrar en euros.

LA CASA DE LAS PEGATINAS: ALTO INTERIORISMO ESPIRITUAL​

Y llegamos a la vivienda, que merece un capítulo aparte.

La señora nos presenta su mobil home reformada con ese orgullo de quien acaba de terminar una obra faraónica. Pintura por aquí, suelo vinílico por allá, unos muebles aprovechados y unas pegatinas para rematar la faena.

El resultado es una especie de caravana vintage que se ha quedado atrapada entre un mercadillo de artesanía, una tienda de decoración barata y la sala de espera de un centro de terapias alternativas.

Lo importante es que esté hecha a tu gusto, por supuesto. Cada uno decora su casa como le da la gana y no seré yo quien venga a imponer el tonalidad de las cortinas.

Pero hay una diferencia entre enseñar tu casa porque te gusta y convertir tu experiencia particular en una especie de modelo de vida que otros deberían imitar.

Además, hay algo llamativo en el relato: la casa era provisional, así que no merecía la pena aislarla bien ni cambiar todos los muebles. Sin embargo, se nos explica que la experiencia es estupenda y que vivir en una mobil home puede ser una opción fantástica.

Claro que sí. Sobre todo cuando sabes que es provisional y que algún día podrás salir de allí para irte a una vivienda mejor.

Lo que no sé es si recomendaría a alguien que se instalase permanentemente en una estructura antigua, mal aislada y de apenas 20 metros cuadrados sin haber calculado antes los costes reales, la habitabilidad y la situación legal del terreno.

Porque una cosa es disfrutar de una etapa de tu vida y otra muy distinta venderla como una receta universal para alcanzar la libertad.

EL DETALLE DEL AISLAMIENTO: SORPRESA, HACE FRÍO EN INVIERNO Y CALOR EN VERANO​

Lo mejor del vídeo es cuando nos cuenta que descubrieron que el aislamiento de su mobil home era básicamente corcho y madera entre chapas.

Quién lo habría imaginado.

Una estructura ligera, antigua y con un aislamiento deficiente resulta que se calienta en verano y se enfría en invierno. Estamos ante un descubrimiento que amenaza con revolucionar la física moderna.

La propia protagonista reconoce que en verano el calor era agobiante, que en invierno necesitaban la estufa de leña y que una casa de obra resulta más cómoda.

Y aquí sí le doy la razón: está bien contar los inconvenientes de una vivienda y explicar que no todo es tan bonito como parece en otros vídeos.

El problema viene cuando, después de describir todas esas limitaciones, se termina recomendando la experiencia con un entusiasmo que parece sacado de un trinc publicitario.

Porque si para que una mobil home antigua resulte mínimamente confortable necesitas invertir en climatización, calefacción, reformas y mejoras, habrá que echar cuentas.

¿Cuánto costó realmente la instalación? ¿Cuánto dinero se gastaron en acondicionarla? ¿Cuánto consumían en calefacción? ¿Qué mantenimiento necesitaba? ¿Qué limitaciones tenía el terreno? ¿Qué posibilidades legales había de utilizarla como residencia?

Esas son las preguntas que ayudan a alguien a tomar una decisión.

Decir que una experiencia te ha hecho valorar las pequeñas cosas es muy bonito, pero no sustituye una hoja de cálculo.

LA PALABRA MÁGICA: LIBERTAD​

La protagonista repite varias veces que vivir en una mobil home le permitió sentirse libre.

Y aquí llegamos al núcleo de todo este movimiento de influencers rurales: la libertad.

Libertad de vivir con menos. Libertad de alejarse del sistema. Libertad de no generar demasiado ruido. Libertad de comprar un terreno y plantar allí tu casita.

La libertad es estupenda. El problema es que algunos parecen utilizar la palabra como si fuera un comodín capaz de justificar cualquier decisión.

¿Que vives en 20 metros cuadrados? Libertad.

¿Que no tienes espacio para tus cosas? Minimalismo.

¿Que pasas calor? Conexión con la naturaleza.

¿Que pasas frío? Una oportunidad para aprender.

¿Que tienes que hacer reparaciones? Crecimiento personal.

¿Que no te alcanza el dinero? Has descubierto que necesitas menos.

Es una capacidad de reinterpretación verdaderamente admirable. Si se les cae el techo encima, igual te lo presentan como una experiencia inmersiva de integración con el medio natural.

Pero la libertad no consiste en romantizar las incomodidades. Consiste en poder elegir con información suficiente y asumir las consecuencias de tus decisiones.

Y eso incluye explicar los inconvenientes con la misma claridad con la que se enseñan las ventajas.

Porque si alguien está pensando en abandonar su vivienda para comprar una finca e instalar una mobil home, merece conocer la realidad completa, no solamente la parte que queda bien en YouTube.

EL NEGOCIO DE ENSEÑAR A VIVIR EN EL CAMPO​

Aquí está el asunto que más me interesa.

No tengo ningún problema con que una persona cuente su experiencia. Al contrario: si has vivido dos años en una mobil home y quieres explicar lo que has aprendido, adelante.

Pero una experiencia personal no te convierte automáticamente en una autoridad sobre vivienda rural, autosuficiencia, agricultura o ganadería.

Hay gente que lleva toda la vida trabajando en el campo, que conoce los ciclos agrícolas, que sabe mantener instalaciones, que ha criado animales y que entiende las obligaciones administrativas y sanitarias que implica tenerlos.

Esa gente no necesita convertir cada decisión cotidiana en una revelación espiritual.

Tampoco necesita vender la idea de que ha descubierto un secreto que el resto de la sociedad ignora.

Y es importante distinguir entre contar lo que a uno le ha funcionado y dar a entender que ese camino es una solución general para los problemas de los demás.

Porque cada terreno tiene unas condiciones. Cada vivienda tiene unas características. Cada comunidad autónoma tiene sus normas. Y cada persona tiene unas necesidades económicas distintas.

No es lo mismo tener una mobil home como alojamiento provisional mientras acondicionas una finca que pretender vivir indefinidamente en ella. Tampoco es lo mismo tener cinco gallinas como afición que mantener una explotación ganadera.

Y, desde luego, no es lo mismo enseñar cómo has organizado tu propia vida que animar a otros a tomar decisiones importantes sin explicarles todos los riesgos.

UNA PROPUESTA PARA LA PROTAGONISTA​

Yo le propondría a la protagonista del vídeo un pequeño experimento.

Durante un mes, que grabe menos vídeos sobre la libertad y se dedique a documentar los aspectos menos glamurosos de la vida rural.

Que explique cuánto dinero cuesta realmente mantener la finca. Que enseñe las facturas, el mantenimiento de las instalaciones y los gastos imprevistos. Que cuente qué trámites necesita realizar y cuáles son las obligaciones concretas que le afectan.

Que explique cómo se organiza con los animales, qué requisitos debe cumplir y qué ocurre cuando aparece un problema veterinario.

Y que haga números.

No hace falta que revele datos personales ni que publique documentos privados. Basta con presentar cifras realistas, conceptos claros y fuentes oficiales.

Eso sí sería contenido útil para quien esté pensando en cambiar de vida.

Porque enseñar una mobil home con pegatinas es fácil. Lo difícil es explicar cuánto cuesta mantener un proyecto rural durante diez años, qué obligaciones implica y qué pasa cuando las cosas dejan de salir como esperabas.

Y si resulta que lo que realmente buscas es una vivienda cómoda, bien aislada, con espacio suficiente y sin las responsabilidades que conlleva mantener una finca con animales, tampoco pasa nada.

Te compras una vivienda que se ajuste a tus necesidades y listo.

No hay ninguna obligación de convertirse en pastora, agricultora, carpintera, fontanera y veterinaria honoraria para demostrar que eres una persona libre.

Y si lo que quieres es una casa elegante, con todas las comodidades y sin demasiadas complicaciones, siempre puedes mirar un chalet en La Sarracena.

Eso sí, las facturas seguirán llegando. Pero al menos podrás pagarlas desde un salón en el que quepa un sofá de tamaño normal.

CONCLUSIÓN: MENOS FANTASÍA RURAL Y MÁS REALIDAD​

En definitiva, no se trata de criticar a alguien por vivir en una mobil home, decorar su casa como quiera o tener cinco gallinas. Cada uno puede organizar su vida como le parezca, dentro de la legalidad y respetando sus responsabilidades.

Lo criticable es esa tendencia a presentar decisiones personales como si fueran una fórmula mágica para escapar de todos los problemas de la sociedad moderna.

El campo no es un parque temático de la autosuficiencia. Los animales no son atrezo. Una casa pequeña no es automáticamente una solución económica. Y las pegatinas no sustituyen al aislamiento térmico.

Si quieres vivir en el campo, adelante. Pero infórmate, haz números, conoce la normativa, aprende de quienes saben y acepta que tendrás obligaciones que no desaparecerán porque las llames libertad.

Y, por favor, que alguien le explique a esta generación de descubridores de la vida rural que tener cinco gallinas no te convierte en una pionera de la civilización.

A veces solamente significa que tienes cinco gallinas.

Y que, además de darles de comer, tendrás que hacerte cargo de ellas.

La verdadera autosuficiencia empieza cuando dejas de confundir tener una finca con saber gestionarla. Y la verdadera libertad empieza cuando puedes distinguir entre una experiencia que te gusta y una solución que realmente funciona.

Y la otra escritora de la finquita subió vídeo esta tarde. Mañana le toca a ella.
 
LA FINQUITA DE LA ESCRITORA: 2.200 METROS CUADRADOS DE LIBERTAD, PRIVACIDAD Y MINAS BIOLÓGICAS

Hay que reconocerle una cosa a la Finquita de la Escritora: ha conseguido convertir cualquier tarea doméstica en una expedición al Himalaya. Uno entra en su canal pensando que va a encontrar a una mujer disfrutando de la naturaleza, de la tranquilidad y de la autosuficiencia, y termina viendo una sucesión de situaciones que parecen sacadas de un documental sobre supervivencia en condiciones extremas.

Esta mujer no tiene una finca: tiene un parque temático del trabajo rural.

En el último vídeo la vemos enfrentándose a una tarea de enorme complejidad técnica: arreglar una valla. Hay que tensar unos alambres, colocar unos tensores y solucionar algún cable roto. Una operación que, en manos de un profesional, probablemente se resolvería en una mañana, pero que aquí adquiere dimensiones épicas. Herramientas que faltan, alambres que se resisten, zarzas que estorban y problemas que van apareciendo en cadena. Cada vez que consigue avanzar dos metros, descubre que tiene otros veinte pendientes.

La valla no se está arreglando: está protagonizando una serie por temporadas. «La valla: capítulo 1, el alambre rebelde». Próximamente, «El tensor contraataca» y «La venganza de las zarzas».

Pero lo verdaderamente llamativo es el motivo de semejante operación: quiere arreglar la valla porque aprecia mucho su privacidad.

¡Hombre, claro! La privacidad es fundamental. Sobre todo cuando tienes un canal de YouTube en el que enseñas la finca, los animales, el porche, el jardín, las reparaciones, las excursiones para comprar pan y prácticamente hasta el parte de incidencias del gallinero.

Quiere que nadie pueda verla desde fuera, pero después coloca una cámara delante de la cara y retransmite su vida a internet. Es una privacidad muy particular: que no te vea el vecino, pero que te puedan ver 200.000 desconocidos desde cualquier parte del planeta.

La intimidad consiste en que el señor de la parcela de al lado no pueda mirar por encima de la valla mientras ella explica cómo ha encontrado una serpiente descompuesta en un cajón, pero que cualquier usuario de YouTube pueda contemplar el acontecimiento en 4K.

Imagino el organización incivil en la entrada: «PROHIBIDO MIRAR. PRIVACIDAD». Y debajo, un código QR que lleva directamente al canal donde se puede ver el interior de la finca, los gallos, el conejo, el césped artificial y la última operación de limpieza del porche.

A lo mejor lo que necesita no es una valla más alta, sino dejar de publicar vídeos. Porque si subes imágenes de cada rincón de tu propiedad, difícilmente puedes quejarte de que la gente conozca cómo es tu finca. ¡Que esto no es una operación encubierta de la CIA!

Además, tiene gracia que quiera protegerse de las miradas ajenas cuando ella misma se ha convertido en la principal reportera de su parcela. La valla será para los vecinos; para los suscriptores, alfombra roja y visita guiada.

Y mientras tanto, las moscas. ¡Las moscas! Cuatro o cinco moscas son capaces de arruinarle el día entero. Las menciona, las persigue, se queja de ellas y parece que está a punto de convocar una reunión extraordinaria de la comunidad de propietarios para exigir responsabilidades. Señora, que ha comprado una finca en el campo. No un apartamento en un quirófano. Las moscas vienen incluidas en el paquete, junto con los pájaros, los insectos y el resto de la fauna. Si cada mosca le provoca una crisis existencial, no quiero imaginar qué ocurrirá cuando descubra los tábanos.

Después llega la aventura de comprar pan. Una auténtica odisea. La bicicleta tiene los frenos hidráulicos estropeados, no sabe muy bien cómo solucionar el problema y, para rematar, la panadería de confianza está cerrada. Lo que para cualquier persona normal sería coger el coche, acercarse a otra panadería o comprar una barra en otro sitio, aquí se convierte en una travesía de exploración por territorios desconocidos.

Comprar una barra de pan en la Finquita de la Escritora requiere planificación logística, equipo de montaña y un parte meteorológico favorable. Próximamente necesitará una expedición de rescate de la Guardia Civil para conseguir una baguette.

Y luego están los animales, que merecen capítulo aparte. Los gallos, el conejo y el gato visitante parecen haberse organizado para convertir la finca en un gigantesco servicio público de deposiciones. La propia protagonista reconoce que el porche está lleno de excrementos y que las deposiciones de los gallos tienen un tamaño considerable. El gato, por su parte, también ha descubierto las posibilidades del césped artificial como cuarto de baño.

¡Qué estampa tan idílica! Naturaleza, libertad, aire puro y una alfombra de excrementos repartida estratégicamente por la propiedad.

Lo mejor es que, según cuenta, limpia el porche aproximadamente una vez al mes. ¡Una vez al mes! Eso no es mantenimiento, es una excavación arqueológica. A este paso, cuando levante las deposiciones acumuladas encontrará restos de antiguas civilizaciones, monedas romanas y algún fósil de gallo del Pleistoceno.

Y hablando de los gallos, también hay que colocar piedras alrededor de las plantas porque los animalitos se dedican a escarbar, hacerse sus baños de tierra y dejar las raíces al descubierto. Es decir, que ella planta, los gallos desentierran, ella coloca piedras, los gallos buscan otro sitio y vuelta a empezar. Una especie de guerra de trincheras entre la jardinería y la avicultura.

El conejo tampoco parece especialmente interesado en respetar el diseño paisajístico. Allí cada animal tiene su propio proyecto urbanístico y la escritora hace de brigada municipal, reparando los destrozos que le dejan los vecinos.

Pero hay un asunto que merece una mención especial: el sistema de saneamiento de nuestra aventurera. En otro vídeo, si no recuerdo mal, explicó que utiliza un retrete portátil y que tiene que vaciar periódicamente el depósito. Así que, además de recoger las deposiciones de los gallos, el conejo y el gato, también tiene que ocuparse de la logística de sus propias evacuaciones.

¡Esto sí que es cerrar el ciclo de la autosuficiencia!

Me imagino el jardín como un campo de maniobras. Entre las deposiciones de los gallos, las del conejo, las del gato visitante y las posibles aportaciones de otros animales, aquello debe de parecer un campo minado de excrementos. Hay que salir al jardín con botas de montaña, mirada de artificiero y un detector de metales adaptado para localizar minas biológicas.

Antes de sentarse a contemplar el amanecer, toca realizar una inspección del terreno. Un paso en falso y puedes regresar a casa con un souvenir orgánico pegado a la suela.

El césped artificial debe de ser especialmente interesante. Un producto pensado para tener un jardín sin demasiado mantenimiento que ha terminado convertido en unos servicios públicos al aire libre. Los gallos lo han confundido con un aseo comunitario, el gato ha decidido que también tiene derecho a utilizar las instalaciones y el plástico empieza a desprenderse. Un éxito rotundo de la ingeniería paisajística.

Y luego está el depósito del retrete portátil. Cada cierto tiempo toca la excursión del vaciado: recoger el depósito, transportarlo y buscar dónde vaciarlo. Una experiencia que, curiosamente, no aparece en los trinc turísticos de la vida rural idílica. Nadie te vende la finca explicándote que tendrás que combinar la poda, la reparación de cercas y la gestión de residuos fecales.

No sé si utiliza esos residuos como abono, pero como siga cerrando el ciclo de nutrientes, dentro de unos años tendrá el huerto más fertilizado de Castilla. El maracuyá no crecerá: saldrá disparado. Las tomateras alcanzarán el tejado y los gallos necesitarán casco para circular por el jardín.

Por si fuera poco, aparece una serpiente descompuesta dentro de un cajón. Otro pequeño detalle que uno no espera encontrar cuando compra una finca para disfrutar de la paz y la tranquilidad. Imagino que abrir cajones allí debe ser como jugar a la ruleta rusa: puedes encontrar una herramienta, una araña, una serpiente momificada o cualquier otro regalo que la naturaleza haya decidido dejarte.

Al final, la escritora quiere una valla para tener intimidad, un jardín para disfrutar de la naturaleza, animales para estar acompañada y una finca tranquila donde vivir a su aire. Pero la realidad es que tiene que estar constantemente limpiando, reparando, recogiendo, persiguiendo moscas y solucionando problemas.

Y encima nos lo cuenta todo en YouTube. La privacidad más retransmitida de Castilla.

La realidad es que la vida rural tiene muchísimo trabajo, especialmente cuando hay animales, instalaciones que mantener y una finca que atender. Eso no es ninguna sorpresa para quien haya vivido en el campo. Lo sorprendente es descubrirlo después de haber comprado la finca y comprobar que la naturaleza no funciona como un decorado de Instagram.

Porque una finca no se mantiene sola. Los gallos ensucian, los conejos escarban, las plantas necesitan cuidados, las vallas se rompen, las herramientas se estropean y las moscas no desaparecen porque a uno le molesten. Y si además tienes un retrete portátil, pues también tienes que gestionar ese pequeño detalle.

Al final, la escritora no tiene una finca: tiene una pequeña estación depuradora con gallinero incorporado, un taller de reparación de cercados, una colonia de insectos y un servicio de transporte de pan de emergencia.

La Finquita de la Escritora: 2.200 metros cuadrados de naturaleza, privacidad y libertad.

Eso sí, antes de disfrutar del amanecer hay que mirar dónde pisas. Y después de mirar dónde pisas, comprobar que no haya una mosca. Y después de espantar la mosca, recoger los excrementos. Y después de recogerlos, revisar la valla. Y cuando termines, puedes grabar un vídeo explicando que necesitas más privacidad.

Porque no hay nada más privado que contarle tu vida entera a internet mientras levantas una valla para que no te vea el vecino.
 
Tenemos nuevo episodio de supervivencia rural. Hoy nuestra protagonista nos ofrece una clase práctica sobre cómo vivir en una finca rústica sin agua, sin saneamiento, sin pozo, sin fosa séptica y con una infraestructura que haría llorar a cualquier técnico de urbanismo.

Lo primero que hay que reconocerle es que tiene mérito. Ha conseguido transformar algo tan sencillo como ducharse, fregar los platos o ir al baño en una actividad que requiere planificación militar, logística de transporte y una colección de accesorios comprados por internet.

Empecemos por el agua. Tiene un pozo de nueve metros que está más seco que el sentido común de algunos influencers rurales. Los antiguos propietarios le dijeron que tenía muchísima agua, pero resulta que llevaba quince años abandonado y nadie había comprobado nada. Sorpresa: compró una finca con un pozo que no sirve ni para refrescar una maceta.

La solución es comprar depósitos IBC de segunda mano, buscar un señor que los transporte y contratar una cuba de agua para llenar los depósitos. Maravilloso. Autosuficiencia hídrica mediante reparto a domicilio. Amazon Prime, pero en versión rural.

Tiene 3.000 litros, luego consigue otros 5.000 y ya puede presumir de tener 8.000 litros de agua en su finca. Eso sí, no los bebe porque, aunque asegura que son potables, ella prefiere no arriesgarse. Los animales, sin embargo, pueden beber tranquilamente. Aquí cada especie tiene su propio protocolo sanitario.

Para ducharse ha descubierto un invento revolucionario: una artefacto artefacto peligroso de batería USB conectada a una manguera con una alcachofa de ducha. Se mete en un cubo, pulsa un botón y consigue agua corriente en versión portátil. Para fregar utiliza otro cubo, otra manguera y otra artefacto artefacto peligroso. Para regar, otra pistolita.

Al final, para hacer cualquier actividad doméstica necesita desplegar más accesorios que un equipo de fontaneros en una obra.

Y atención al sistema de aguas grises: un cubo debajo de la ducha y del lavabo. Ni depuración, ni saneamiento, ni instalación de evacuación. Un cubo. Eso sí, procura utilizar jabón natural porque, según explica, después puede echar el agua por el campo para regar.

Me encanta esa ingeniería ambiental: el agua jabonosa desaparece misteriosamente entre las plantas y aquí no ha pasado nada.

Pero el plato fuerte llega con el cuarto de baño.

Tiene un váter químico portátil, pero no utiliza los productos químicos porque luego no sabe dónde vaciarlo. Así que ha diseñado un sistema alternativo: pipi por un lado, heces en una bolsa por otro y un poquito de arena de gato para disimular el aroma.

Repito: una persona adulta viviendo en una finca con una mobile home, un váter, una ducha y una cocina, pero cuya gestión de residuos fecales consiste en bolsas de plástico y arena de gato.

Y todavía tiene la tranquilidad de explicarlo como si estuviera enseñando a montar una estación espacial.

Por cierto, lo de echar la pipi diluida por el terreno y las aguas grises directamente al campo merece una reflexión aparte. Que algo desaparezca de la vista no significa que esté correctamente gestionado. El suelo no es una depuradora universal.

La gestión de residuos tampoco tiene desperdicio. Tiene que cargar todas las bolsas en un carrito de Temu y recorrer un buen trecho hasta los contenedores. Ha descubierto que es mejor acumular residuos y hacer un único viaje. La logística de Mercadona aplicada a una finca.

Y mientras tanto, la mobile home sigue sin tener conectada el agua a la instalación interior. Tiene las conexiones preparadas, pero todavía no ha instalado la artefacto artefacto peligroso y todos los accesorios necesarios. Dos años después de comprarla, sigue duchándose con un cubo y una artefacto artefacto peligroso USB.

Eso sí, nos explica que no echa de menos una ducha normal. Naturalmente. Cuando llevas dos años convirtiendo cada ducha en una operación de abastecimiento hídrico, terminas desarrollando un vínculo emocional con cualquier cacharro que eche agua.

La electricidad merece otro capítulo. Dos placas solares de 400 W, estaciones de energía y baterías de expansión. Todo muy moderno, muy ecológico y muy tecnológico. Eso sí, habrá que ver cómo se comporta el invento cuando llegue el invierno, varios días nublados y las necesidades de calefacción aumenten.

Porque una cosa es pasar el verano con ventilación cruzada y otra muy distinta es vivir cómodamente en enero.

Y aquí llegamos a la conclusión del vídeo: «Quien no se apaña es porque no quiere».

Esta frase es maravillosa. Resume perfectamente el nuevo pensamiento mágico del influencer rural. No importa que no tengas agua, saneamiento, electricidad convencional o permisos. No importa que la instalación sea precaria. No importa que tengas que vivir pendiente de cubos, depósitos, bolsas y baterías. Todo se soluciona con actitud positiva y un vídeo de YouTube.

Lo que me sorprende es que presente todas estas incomodidades como una especie de triunfo personal frente a la sociedad moderna.

No, querida, no has descubierto una civilización alternativa. Has descubierto que puedes sobrevivir con una infraestructura provisional mientras vas resolviendo los problemas de una finca.

Y eso no tiene nada de malo si eres consciente de lo que estás haciendo. El problema es venderlo como una fórmula maravillosa para que cualquiera se compre un terreno rústico, coloque una mobile home y empiece su nueva vida de libertad.

Porque a los seguidores que están pensando en hacer lo mismo habría que explicarles también la otra parte: permisos, legalidad de las construcciones, captación de agua, saneamiento, gestión de residuos, costes de transporte de agua, mantenimiento de instalaciones y las limitaciones urbanísticas de cada parcela.

Pero claro, eso no queda tan bonito en miniatura.

La vida rural puede ser estupenda. Tener terreno, árboles, animales, tranquilidad y espacio es un lujo. Pero hay una diferencia enorme entre vivir en el campo y montar un campamento permanente donde cada necesidad básica requiere un tutorial.

Y una última cosa: después de dos años viviendo así, todavía nos cuenta con entusiasmo que ha descubierto una manguera con batería y una pistola de riego.

A este ritmo, el día que consiga abrir el grifo de la cocina sin tener que sacar un cubo, habrá que organizar una inauguración, cortar una cinta y traer al alcalde.

La libertad rural: tú, tu finca, tus animales, 8.000 litros de agua y una colección de cubos que ya quisieran tener en Leroy Merlin.
 
Hay algo que me tiene especialmente intrigado de esta nueva modalidad de vida rural que nos están vendiendo algunos creadores de contenido: el saneamiento.

Porque una cosa es vivir en el campo y otra muy distinta es convertir tu parcela en una instalación experimental de gestión de residuos orgánicos.

Nuestra protagonista nos ha explicado con todo lujo de detalles que no tiene fosa séptica, que recoge el agua de la ducha y del lavabo en un cubo, que la pipi la diluye y la reparte por el terreno y que las deposiciones sólidas las introduce en bolsas de plástico con un poquito de arena de gato.

Tenemos una mobile home, una cocina, una ducha, una piscina, ocho mil litros de agua almacenados y un sistema de saneamiento que consiste básicamente en un cubo, una bolsa y mucha confianza en la naturaleza.

Y cuidado con las moscas. Porque si juntas animales, excrementos, bolsas con residuos orgánicos, aguas grises y una gestión sanitaria bastante peculiar, tienes todos los ingredientes para un verano complicado en ese sentido.

No quiero ni imaginar cómo debe estar aquello en pleno agosto.

Eso sí, luego nos hablará de la paz, la libertad y los una manola cantando.

Y aquí viene la cuestión importante: el saneamiento no es un capricho de urbanitas tiquismiquis.

Las instalaciones de depuración de aguas residuales tienen requisitos técnicos y normativos. Las antiguas fosas sépticas no son una solución universal que puedas instalar donde quieras. Según el emplazamiento y la normativa aplicable, pueden exigirse sistemas de depuración adecuados, como equipos de oxidación total, con sus correspondientes autorizaciones, mantenimiento y suministro eléctrico. Y una instalación de este tipo puede suponer fácilmente varios miles de euros.

No estamos hablando de comprarse una pistola de ducha por Amazon.

Por eso me gustaría ver algo más que tutoriales de supervivencia con cubos de plástico.

¿Tiene autorización municipal para el uso que está haciendo de la parcela? ¿Tiene autorizada la mobile home? ¿Qué sistema de saneamiento tiene aprobado? ¿Dónde se gestionan realmente los residuos?

Porque subir vídeos enseñando cómo vivir en una finca rústica no es solamente enseñar a colocar una planta o decorar un sofá con cuatro cojines.

También existe una responsabilidad cuando estás monetizando contenidos que pueden animar a otras personas a reproducir ese modelo.

Y ya que estamos, hablemos de los animales.

Si nos enseñas las gallinas, enséñanos también su identificación, sus condiciones sanitarias y cuándo viene el veterinario a revisarlas y desparasitarlas. Que tener cuatro gallinas correteando por el jardín queda muy bucólico en Instagram, pero los animales necesitan cuidados veterinarios, higiene y unas condiciones adecuadas.

No todo consiste en grabar cómo les echas maíz mientras suena una canción de Disney.

Y respecto a la privacidad, otro asunto llamativo: resulta que quiere arreglar la valla porque aprecia muchísimo su intimidad, pero lleva dos años enseñando hasta el último rincón de la propiedad. Nos ha enseñado el váter, el cubo de las aguas grises, los depósitos, la ducha, las conexiones del butano y prácticamente el inventario completo de su intimidad fisiológica.

También me llama la atención el auge de estos canales. Parece que algunos han descubierto que vivir de contar las dificultades de vivir sin recursos puede ser bastante más rentable que solucionar esas dificultades.

No sé si la venta de libros no estará dando para pagar todas las facturas, pero YouTube siempre está ahí para convertir cualquier precariedad en una serie documental de 47 episodios.

Estamos generando un ejército de personajes que se consideran antisistema, autosuficientes y emancipados de la sociedad, pero que necesitan constantemente la atención, las visitas y el dinero de esa misma sociedad a la que dicen haber superado.

Se burlan de las normas, de los urbanitas, de los que trabajan y pagan sus impuestos, mientras monetizan vídeos enseñando cómo esquivar las dificultades de vivir en una finca.

Y ojo, que nadie está diciendo que haya que vivir en un chalet de lujo. Se puede vivir modestamente, tener una huerta, criar animales y disfrutar del campo sin gastarse una fortuna.

Pero hay una diferencia entre vivir con sencillez y presentar una instalación precaria como un modelo de vida perfectamente válido para cualquiera.

Yo no paso por aquí.

Antes de seguir dando consejos sobre cómo instalarse en el campo, me gustaría ver la documentación municipal, la autorización del uso de la parcela, la situación legal de la mobile home y la solución de saneamiento.

Y si tiene animales, también la documentación sanitaria correspondiente.

No queremos otro vídeo de cómo ahorrar agua con una manguera USB. Queremos ver la célula de habitabilidad, las autorizaciones y el sistema de depuración.

Que la libertad está muy bien, pero los residuos también tienen que ir a alguna parte.

La autosuficiencia no consiste en independizarse de las facturas para terminar dependiendo de un cubo de plástico.
 

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