La «victoria woke» en Argentina: el triunfo silencioso que descoloca hasta a Milei
Argentina lleva años siendo el laboratorio perfecto de ingeniería social. Primero fue el populismo clásico; ahora, una corriente que algunos llaman wokismo, financiada con fondos de fundaciones internacionales, habría logrado una implantación cultural tan profunda que ni el propio Javier Milei –llegado al poder con banderas anti-establishment– estaría pudiendo desmantelar. Se argumenta que los mismos que aplaudieron al economista libertario ahora se rasgan las vestiduras al comprobar que el peronismo cultural sigue marcando el paso en las instituciones, los medios y la educación.
La discusión, sin embargo, no es unánime. Hay quien sostiene que declarar una «victoria total y absoluta» del wokismo es puro humo: una cortina para que la opinión pública siga debatiendo batallas culturales mientras se vacían las cuentas públicas. La estrategia, según esta mirada, sería la de siempre: dividir para reinar. Que el debate se centre en si Argentina es o no woke desvía la atención de la inflación, la pobreza y el cepo cambiario.
Lo cierto es que, más allá de las etiquetas, el fenómeno revela una tensión real: ¿hasta qué punto un gobierno que se presenta como disruptivo puede realmente revertir décadas de ingeniería social? La respuesta, a día de hoy, sigue abierta. Pero el dato curioso es que el propio foro donde se incubó buena parte del escepticismo hacia el relato oficial parece haber optado por el silencio. ¿Casualidad o estrategia?
¿Qué hay detrás del silencio del foro?
El principal argumento de quienes alertan sobre la victoria woke es que el foro ha callado. No es que no haya críticas, sino que la intensidad del debate ha bajado. Se apunta a una posible fatiga o a un cálculo: si el wokismo ya es hegemónico, discutirlo solo le da oxígeno. Pero también se menciona la posibilidad de que el silencio sea la respuesta de quien prefiere no validar con su atención una narrativa que considera fabricada.
Un debate que deriva hacia otros lares
La conversación, como suele ocurrir, derrapó hacia la compra de propiedades por extranjeros en España. Algunos participantes señalaban que en Europa cualquiera puede comprar terrenos, mientras que en países como Kuwait está prohibido, y que las consecuencias de esa apertura ya se notan en las grandes capitales. Un apunte geopolítico que, aunque tangencial, refuerza la percepción de que el wokismo no es solo cultural sino que toca la soberanía económica.
Con estos mimbres, la pregunta que queda en el aire es si Argentina ha alcanzado realmente el punto de no retorno en su transformación cultural o si estamos ante una sobreactuación de quienes ven fantasmas donde hay simples resistencias al cambio. ¿Triunfo total o espejismo?