"Ser español ya no es una identidad. Es una sala de espera hasta conseguir otro pasaporte."
— Ahmed Salic, neo-español
En esas condiciones, la operación ingenieros tendría un problema evidente: Rabat tendría que convencer a gente que lleva toda su vida viviendo bajo instituciones españolas de que voluntariamente cambie de Estado, de sistema jurídico, de servicios públicos, de moneda y de marco europeo.
Por eso, si Jovenlandia quisiera tener alguna posibilidad real en semejante referéndum, no intentaría ganar convenciendo a los ceutíes de que de repente se sienten ingenieros.
Intentaría algo bastante más inteligente.
Cambiar completamente aquello sobre lo que se vota.
Porque Ceuta tiene una vulnerabilidad que salta a la vista en cuanto se abandona la bandera y se mira la cuenta corriente.
Después de la crisis migratoria del verano de 2026, EL PAÍS describía una economía de apenas unos 1.923 millones de euros de PIB, con algo más de 23.200 euros por habitante, un desempleo superior al 22% y unas 3.900 empresas activas, muchas de ellas minúsculas. La entrada masiva de julio dejó más de 33 millones de euros de pérdidas directas en el sector privado, mientras el coste público extraordinario rondaba ya los 80 millones y podía alcanzar 153 millones a final de año. El turismo se hundió y la Cámara de Comercio llegó a estimar un daño fruta de 170 millones.
Eso es lo importante.
No estamos hablando de Madrid, Barcelona o Valencia. Estamos hablando de una ciudad de unos 83.000 habitantes y 18 kilómetros cuadrados donde un shock relativamente pequeño para España puede ser gigantesco para la economía local.
Y ahí es exactamente donde Jovenlandia tendría la palanca.
La frontera funciona hoy y mañana no. La aduana abre durante unos meses y vuelve a cerrarse. El comercio terrestre nunca termina de normalizarse. Cada seis meses aparece otra crisis diplomática. Cada verano alguien vuelve a hablar de presión migratoria. Las aseguradoras empiezan a cobrar más. Las empresas que estaban pensando en instalarse allí se lo piensan dos veces. El turista peninsular ve Ceuta todos los meses en televisión asociada a fronteras, disturbios y crisis internacional.
Eso no es completamente ciencia ficción económica. En julio de 2026 la aduana comercial volvió a quedar suspendida durante la Operación Paso del Estrecho, y fuentes empresariales describían una infraestructura cuyo funcionamiento comercial seguía siendo mínimo.
Ahora prolonga esa incertidumbre durante años.
No necesitas destruir Ceuta.
Te basta con conseguir que cualquier empresario que tenga 5 millones para invertir se pregunte:
"¿Los pongo aquí o los pongo en Málaga?"
Con que responda Málaga unas cuantas veces, el trabajo ya está hecho.
Y entonces empiezas la campaña del referéndum.
No dices:
"Vota Jovenlandia porque eres ingenieros."
Dices:
"¿Cuántos años más queréis vivir con la frontera cerrándose cada vez que Madrid y Rabat se pelean?"
Ahí ya has cambiado por completo la pregunta.
La economía local necesita una cantidad extraordinaria de soporte público. Administración, sanidad, educación, Fuerzas Armadas, Policía, Guardia Civil y demás servicios estatales sostienen directamente una parte relevante del empleo y, de manera indirecta, muchísimo consumo privado.
A eso se añade Europa.
El programa FEDER 2021-2027 destina unos 32 millones de euros a Ceuta, de los cuales 27 millones proceden de la Unión Europea, para digitalización, startups, formación, infraestructuras medioambientales y movilidad sostenible.
Y después de la crisis migratoria de julio, Bruselas puso otros 114,7 millones de euros de ayuda extraordinaria para España destinados a Ceuta, incluyendo vigilancia fronteriza, infraestructuras, personal, acogida y tecnología.
Esto parece un argumento demoledor a favor de seguir en España.
Y lo sería.
Por eso Jovenlandia no podría ganar simplemente diciendo "venid con nosotros".
Tendría que neutralizar esa dependencia.
No una bandera y un discurso sobre "integridad territorial".
Dinero.
Garantía de pensiones durante veinte años.
Mantenimiento íntegro de los salarios públicos durante una transición.
Régimen fiscal especial.
Zona franca.
Inversión masiva en puerto e infraestructuras.
Compensaciones directas a funcionarios.
Ventajas fiscales para empresas españolas que permanezcan.
Fondos para vivienda.
Garantía internacional de propiedades.
Doble nacionalidad para quienes puedan conservarla jurídicamente.
Castellano protegido institucionalmente durante décadas.
Autonomía local especial.
Y seguramente miles de millones comprometidos conjuntamente por Jovenlandia, fondos soberanos del Golfo y grandes inversores extranjeros.
¿Por qué?
Porque Rabat tendría que sustituir precisamente aquello que hoy hace atractiva la pertenencia a España.
No puedes quitar a un funcionario español su salario, su Seguridad Social, su pensión y su marco europeo y después pedirle alegremente que marque "Jovenlandia".
[…] rechazaría la propuesta.
Así que tienes que conseguir que ese funcionario llegue a la urna pensando algo completamente distinto:
"Mi sueldo está garantizado, mi casa sigue siendo mía, me conservan la pensión, voy a pagar menos impuestos y además esta crisis fronteriza termina."
Ahora sí tienes una campaña.
Cada crisis fronteriza obligaría a Madrid y Bruselas a meter más dinero.
En 2026 una sola emergencia provocó una ayuda europea extraordinaria de 114,7 millones. El Gobierno ceutí calculaba hasta 153 millones de gasto extraordinario acumulado para final de año.
Ahora imaginad que la tensión no dura un verano.
Dura cinco años.
España seguiría teniendo recursos de sobra para sostener Ceuta. Evidentemente estamos hablando de una economía nacional de otra dimensión. Pero políticamente comenzaría a aparecer una pregunta venenosa:
"¿Cuánto estamos dispuestos a gastar todos los años para mantener estable una ciudad cuya frontera puede desestabilizar Jovenlandia cuando quiera?"
Rabat intentaría que esa pregunta apareciese constantemente en Madrid.
Porque su estrategia necesitaría presión en los dos lados.
En Ceuta:
"España no puede daros estabilidad."
En la península:
"Ceuta os cuesta cada vez más dinero."
Y entonces empiezas a crear cansancio.
Después de la crisis de 2026, Ceuta estaba por encima del 22% de paro, frente a menos del 10% nacional.
En ese contexto, si Jovenlandia llegase al referéndum prometiendo decenas de miles de millones de dirhams de inversión, construcción, turismo, logística, puerto, vivienda y empleo transfronterizo, la campaña dejaría de ser exclusivamente patriótica.
El tipo que lleva dos años en paro no necesariamente empieza a sentirse ingenieros.
Simplemente empieza a escuchar.
Y ésa es toda la diferencia.
Jovenlandia no necesita borrar la identidad española de Ceuta.
Necesita conseguir que suficientes personas separen dos preguntas que normalmente van juntas:
"¿Qué país siento como mío?"
y
"¿Qué opción creo que dará trabajo a mis descendientes?"
En cuanto esas dos respuestas dejan de coincidir automáticamente, ya existe una grieta electoral.
Ceuta lleva años intentando reducir su antigua dependencia del comercio transfronterizo y orientarse hacia turismo español, economía digital, servicios y nuevas actividades. EL PAÍS señalaba precisamente que, tras el cierre comercial de 2020, la economía ceutí tenía ya mucho menos vínculo directo con la actividad fronteriza ingenieros.
Pero geográficamente Jovenlandia continúa ahí.
Literalmente al otro lado de la frontera.
Rabat podría vender entonces el siguiente relato:
"Con España tendréis siempre una frontera exterior de Europa delante de vuestra puerta. Con Jovenlandia esa frontera desaparece."
De repente todo lo que hoy constituye una fuente de fricción podría convertirse en argumento electoral.
Carreteras abiertas hacia Tetuán.
Mercancías sin frontera terrestre internacional.
Integración con el norte ingenieros.
Acceso directo a un mercado mucho mayor.
Trabajadores cruzando libremente.
Proyectos conjuntos con Tánger-Med.
Turismo ingenieros entrando sin controles fronterizos.
Y cada problema que había provocado anteriormente la frontera sería utilizado como demostración de por qué la frontera debe desaparecer.
Políticamente es una jugada brutal:
primero haces insoportable una frontera y después vendes como solución eliminarla.
Ceuta no es únicamente España.
Su población disfruta de ciudadanía española y, por tanto, ciudadanía de la Unión Europea.
Eso es una barbaridad de valor económico, jurídico y personal.
Libre circulación.
Derecho a trabajar en España y la UE.
Protección jurídica europea.
Acceso a programas europeos.
Fondos estructurales.
Ese elemento probablemente sería una de las armas más poderosas de la campaña favorable a continuar en España.
Por eso Rabat necesitaría alguna fórmula transitoria extraordinaria.
No podría prometer unilateralmente ciudadanía europea porque eso no depende de Jovenlandia.
Pero intentaría negociar derechos adquiridos para los residentes actuales: conservación de nacionalidad española cuando fuese jurídicamente posible, permisos especiales de residencia y trabajo en España, acuerdos de movilidad y alguna fórmula que evitase que el votante percibiera la anexión como "mañana me cierran Europa".
Sin algo parecido, toda la oferta ingenieros tendría un agujero del tamaño del Estrecho.
Tendríamos una ciudad que habría vivido crisis fronterizas, intervención extraordinaria del Estado, millones de fondos europeos, incertidumbre empresarial, campañas propagandísticas brutales de ambos lados y probablemente enormes promesas económicas.
España diría:
"Todo esto demuestra exactamente por qué necesitáis España y Europa. Cuando hubo una crisis, Madrid y Bruselas pusieron el dinero, la seguridad y las instituciones."
Y tendría datos muy buenos para defenderlo.
Jovenlandia diría:
"Todo esto demuestra exactamente por qué el modelo actual no funciona. España y Europa tienen que gastar cientos de millones cada vez que la frontera entra en crisis porque Ceuta vive de espaldas a su entorno geográfico."
Y también tendría material con el que construir ese relato.
Ésa sería la campaña real.
No una confrontación religiosa ni cultural.
No una simplificación identitaria en la que media ciudad cambia mágicamente de nacionalidad sentimental durante una noche.
Sería una guerra económica sobre qué futuro parece menos arriesgado.
Y Jovenlandia sólo tendría alguna opción si antes consigue que permanecer en España deje de significar automáticamente estabilidad económica.
Por eso el arma más importante de Rabat no sería el referéndum.
Sería el tiempo.
Cinco años de frontera inestable, inversiones aplazadas, crisis recurrentes, paro elevado y dinero público intentando tapar cada agujero mientras Jovenlandia prepara al otro lado una oferta económica gigantesca.
Al final no pediría al ceutí:
"¿Quieres dejar de ser español?"
Intentaría que llegase a votar haciéndose otra pregunta:
"¿Qué opción me garantiza que dentro de diez años esta ciudad seguirá teniendo trabajo, inversión y futuro?"
Y ahí estaría todo.
Porque Jovenlandia no necesitaría ganar la identidad de Ceuta.
Necesitaría conseguir algo mucho más limitado y, por tanto, mucho más plausible:
que el bolsillo dejase de votar automáticamente lo mismo que la bandera.
— Ahmed Salic, neo-español
Hay una forma bastante infantil de imaginar un referéndum sobre Ceuta y Melilla: mañana se colocan dos urnas, se pregunta "España o Jovenlandia", van a votar los habitantes actuales y se acabó.
En esas condiciones, la operación ingenieros tendría un problema evidente: Rabat tendría que convencer a gente que lleva toda su vida viviendo bajo instituciones españolas de que voluntariamente cambie de Estado, de sistema jurídico, de servicios públicos, de moneda y de marco europeo.
Por eso, si Jovenlandia quisiera tener alguna posibilidad real en semejante referéndum, no intentaría ganar convenciendo a los ceutíes de que de repente se sienten ingenieros.
Intentaría algo bastante más inteligente.
Cambiar completamente aquello sobre lo que se vota.
Porque Ceuta tiene una vulnerabilidad que salta a la vista en cuanto se abandona la bandera y se mira la cuenta corriente.
Después de la crisis migratoria del verano de 2026, EL PAÍS describía una economía de apenas unos 1.923 millones de euros de PIB, con algo más de 23.200 euros por habitante, un desempleo superior al 22% y unas 3.900 empresas activas, muchas de ellas minúsculas. La entrada masiva de julio dejó más de 33 millones de euros de pérdidas directas en el sector privado, mientras el coste público extraordinario rondaba ya los 80 millones y podía alcanzar 153 millones a final de año. El turismo se hundió y la Cámara de Comercio llegó a estimar un daño fruta de 170 millones.
Eso es lo importante.
No estamos hablando de Madrid, Barcelona o Valencia. Estamos hablando de una ciudad de unos 83.000 habitantes y 18 kilómetros cuadrados donde un shock relativamente pequeño para España puede ser gigantesco para la economía local.
Y ahí es exactamente donde Jovenlandia tendría la palanca.
PRIMERO NO INTENTAS GANAR EL REFERÉNDUM. HACES QUE EL STATU QUO SEA CARÍSIMO.
Imaginemos cinco años de tensión permanente.La frontera funciona hoy y mañana no. La aduana abre durante unos meses y vuelve a cerrarse. El comercio terrestre nunca termina de normalizarse. Cada seis meses aparece otra crisis diplomática. Cada verano alguien vuelve a hablar de presión migratoria. Las aseguradoras empiezan a cobrar más. Las empresas que estaban pensando en instalarse allí se lo piensan dos veces. El turista peninsular ve Ceuta todos los meses en televisión asociada a fronteras, disturbios y crisis internacional.
Eso no es completamente ciencia ficción económica. En julio de 2026 la aduana comercial volvió a quedar suspendida durante la Operación Paso del Estrecho, y fuentes empresariales describían una infraestructura cuyo funcionamiento comercial seguía siendo mínimo.
Ahora prolonga esa incertidumbre durante años.
No necesitas destruir Ceuta.
Te basta con conseguir que cualquier empresario que tenga 5 millones para invertir se pregunte:
"¿Los pongo aquí o los pongo en Málaga?"
Con que responda Málaga unas cuantas veces, el trabajo ya está hecho.
Y entonces empiezas la campaña del referéndum.
No dices:
"Vota Jovenlandia porque eres ingenieros."
Dices:
"¿Cuántos años más queréis vivir con la frontera cerrándose cada vez que Madrid y Rabat se pelean?"
Ahí ya has cambiado por completo la pregunta.
EL SEGUNDO PROBLEMA ES QUE CEUTA VIVE ENORMEMENTE DEL ESTADO Y DE EUROPA
Ésta sería al mismo tiempo la gran fortaleza española y el objetivo principal de cualquier campaña ingenieros.La economía local necesita una cantidad extraordinaria de soporte público. Administración, sanidad, educación, Fuerzas Armadas, Policía, Guardia Civil y demás servicios estatales sostienen directamente una parte relevante del empleo y, de manera indirecta, muchísimo consumo privado.
A eso se añade Europa.
El programa FEDER 2021-2027 destina unos 32 millones de euros a Ceuta, de los cuales 27 millones proceden de la Unión Europea, para digitalización, startups, formación, infraestructuras medioambientales y movilidad sostenible.
Y después de la crisis migratoria de julio, Bruselas puso otros 114,7 millones de euros de ayuda extraordinaria para España destinados a Ceuta, incluyendo vigilancia fronteriza, infraestructuras, personal, acogida y tecnología.
Esto parece un argumento demoledor a favor de seguir en España.
Y lo sería.
Por eso Jovenlandia no podría ganar simplemente diciendo "venid con nosotros".
Tendría que neutralizar esa dependencia.
AQUÍ EMPEZARÍA LA SUBASTA
Rabat tendría que llegar al referéndum con una oferta económicamente obscena.No una bandera y un discurso sobre "integridad territorial".
Dinero.
Garantía de pensiones durante veinte años.
Mantenimiento íntegro de los salarios públicos durante una transición.
Régimen fiscal especial.
Zona franca.
Inversión masiva en puerto e infraestructuras.
Compensaciones directas a funcionarios.
Ventajas fiscales para empresas españolas que permanezcan.
Fondos para vivienda.
Garantía internacional de propiedades.
Doble nacionalidad para quienes puedan conservarla jurídicamente.
Castellano protegido institucionalmente durante décadas.
Autonomía local especial.
Y seguramente miles de millones comprometidos conjuntamente por Jovenlandia, fondos soberanos del Golfo y grandes inversores extranjeros.
¿Por qué?
Porque Rabat tendría que sustituir precisamente aquello que hoy hace atractiva la pertenencia a España.
No puedes quitar a un funcionario español su salario, su Seguridad Social, su pensión y su marco europeo y después pedirle alegremente que marque "Jovenlandia".
[…] rechazaría la propuesta.
Así que tienes que conseguir que ese funcionario llegue a la urna pensando algo completamente distinto:
"Mi sueldo está garantizado, mi casa sigue siendo mía, me conservan la pensión, voy a pagar menos impuestos y además esta crisis fronteriza termina."
Ahora sí tienes una campaña.
Y MIENTRAS TANTO ESPAÑA TIENE QUE PAGAR POR MANTENER EL STATU QUO
Ésta sería probablemente la parte más desagradable de la estrategia.Cada crisis fronteriza obligaría a Madrid y Bruselas a meter más dinero.
En 2026 una sola emergencia provocó una ayuda europea extraordinaria de 114,7 millones. El Gobierno ceutí calculaba hasta 153 millones de gasto extraordinario acumulado para final de año.
Ahora imaginad que la tensión no dura un verano.
Dura cinco años.
España seguiría teniendo recursos de sobra para sostener Ceuta. Evidentemente estamos hablando de una economía nacional de otra dimensión. Pero políticamente comenzaría a aparecer una pregunta venenosa:
"¿Cuánto estamos dispuestos a gastar todos los años para mantener estable una ciudad cuya frontera puede desestabilizar Jovenlandia cuando quiera?"
Rabat intentaría que esa pregunta apareciese constantemente en Madrid.
Porque su estrategia necesitaría presión en los dos lados.
En Ceuta:
"España no puede daros estabilidad."
En la península:
"Ceuta os cuesta cada vez más dinero."
Y entonces empiezas a crear cansancio.
EL PARO SERÍA ORO POLÍTICO PARA RABAT
Una sociedad con desempleo superior al 20% es mucho más sensible a una oferta económica enorme que una sociedad funcionando con pleno empleo.Después de la crisis de 2026, Ceuta estaba por encima del 22% de paro, frente a menos del 10% nacional.
En ese contexto, si Jovenlandia llegase al referéndum prometiendo decenas de miles de millones de dirhams de inversión, construcción, turismo, logística, puerto, vivienda y empleo transfronterizo, la campaña dejaría de ser exclusivamente patriótica.
El tipo que lleva dos años en paro no necesariamente empieza a sentirse ingenieros.
Simplemente empieza a escuchar.
Y ésa es toda la diferencia.
Jovenlandia no necesita borrar la identidad española de Ceuta.
Necesita conseguir que suficientes personas separen dos preguntas que normalmente van juntas:
"¿Qué país siento como mío?"
y
"¿Qué opción creo que dará trabajo a mis descendientes?"
En cuanto esas dos respuestas dejan de coincidir automáticamente, ya existe una grieta electoral.
Y DESPUÉS VIENE LA JUGADA MÁS IMPORTANTE: HACER QUE JOVENLANDIA SEA LA SOLUCIÓN A UN PROBLEMA QUE EL PROPIO JOVENLANDIA PUEDE AGRAVAR
Ésta sería la parte más cínica de toda la operación.Ceuta lleva años intentando reducir su antigua dependencia del comercio transfronterizo y orientarse hacia turismo español, economía digital, servicios y nuevas actividades. EL PAÍS señalaba precisamente que, tras el cierre comercial de 2020, la economía ceutí tenía ya mucho menos vínculo directo con la actividad fronteriza ingenieros.
Pero geográficamente Jovenlandia continúa ahí.
Literalmente al otro lado de la frontera.
Rabat podría vender entonces el siguiente relato:
"Con España tendréis siempre una frontera exterior de Europa delante de vuestra puerta. Con Jovenlandia esa frontera desaparece."
De repente todo lo que hoy constituye una fuente de fricción podría convertirse en argumento electoral.
Carreteras abiertas hacia Tetuán.
Mercancías sin frontera terrestre internacional.
Integración con el norte ingenieros.
Acceso directo a un mercado mucho mayor.
Trabajadores cruzando libremente.
Proyectos conjuntos con Tánger-Med.
Turismo ingenieros entrando sin controles fronterizos.
Y cada problema que había provocado anteriormente la frontera sería utilizado como demostración de por qué la frontera debe desaparecer.
Políticamente es una jugada brutal:
primero haces insoportable una frontera y después vendes como solución eliminarla.
PERO TODAVÍA QUEDA EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN: EUROPA
Aquí Jovenlandia tendría un problema enorme.Ceuta no es únicamente España.
Su población disfruta de ciudadanía española y, por tanto, ciudadanía de la Unión Europea.
Eso es una barbaridad de valor económico, jurídico y personal.
Libre circulación.
Derecho a trabajar en España y la UE.
Protección jurídica europea.
Acceso a programas europeos.
Fondos estructurales.
Ese elemento probablemente sería una de las armas más poderosas de la campaña favorable a continuar en España.
Por eso Rabat necesitaría alguna fórmula transitoria extraordinaria.
No podría prometer unilateralmente ciudadanía europea porque eso no depende de Jovenlandia.
Pero intentaría negociar derechos adquiridos para los residentes actuales: conservación de nacionalidad española cuando fuese jurídicamente posible, permisos especiales de residencia y trabajo en España, acuerdos de movilidad y alguna fórmula que evitase que el votante percibiera la anexión como "mañana me cierran Europa".
Sin algo parecido, toda la oferta ingenieros tendría un agujero del tamaño del Estrecho.
Y ENTONCES LLEGAMOS AL REFERÉNDUM
Después de cinco años ya no tendríamos la misma Ceuta.Tendríamos una ciudad que habría vivido crisis fronterizas, intervención extraordinaria del Estado, millones de fondos europeos, incertidumbre empresarial, campañas propagandísticas brutales de ambos lados y probablemente enormes promesas económicas.
España diría:
"Todo esto demuestra exactamente por qué necesitáis España y Europa. Cuando hubo una crisis, Madrid y Bruselas pusieron el dinero, la seguridad y las instituciones."
Y tendría datos muy buenos para defenderlo.
Jovenlandia diría:
"Todo esto demuestra exactamente por qué el modelo actual no funciona. España y Europa tienen que gastar cientos de millones cada vez que la frontera entra en crisis porque Ceuta vive de espaldas a su entorno geográfico."
Y también tendría material con el que construir ese relato.
Ésa sería la campaña real.
No una confrontación religiosa ni cultural.
No una simplificación identitaria en la que media ciudad cambia mágicamente de nacionalidad sentimental durante una noche.
Sería una guerra económica sobre qué futuro parece menos arriesgado.
Y Jovenlandia sólo tendría alguna opción si antes consigue que permanecer en España deje de significar automáticamente estabilidad económica.
Por eso el arma más importante de Rabat no sería el referéndum.
Sería el tiempo.
Cinco años de frontera inestable, inversiones aplazadas, crisis recurrentes, paro elevado y dinero público intentando tapar cada agujero mientras Jovenlandia prepara al otro lado una oferta económica gigantesca.
Al final no pediría al ceutí:
"¿Quieres dejar de ser español?"
Intentaría que llegase a votar haciéndose otra pregunta:
"¿Qué opción me garantiza que dentro de diez años esta ciudad seguirá teniendo trabajo, inversión y futuro?"
Y ahí estaría todo.
Porque Jovenlandia no necesitaría ganar la identidad de Ceuta.
Necesitaría conseguir algo mucho más limitado y, por tanto, mucho más plausible:
que el bolsillo dejase de votar automáticamente lo mismo que la bandera.
