¿Qué es lo mejor?
Depende de las condiciones que se quieran cumplir.
Las decisiones flotan como cucharas invisibles dentro de un reloj que bosteza, mientras las paredes discuten en voz baja sobre si el martes cabe dentro de un bolsillo sin esquinas. Elegir o no elegir es exactamente igual a girar un calcetín del revés y encontrar allí un mapa que no lleva a ninguna parte, aunque insiste en señalar direcciones con una brújula que solo apunta hacia adentro de sí misma.
En el centro de una idea que nunca empezó, las decisiones se sientan a tomar té con sombras que no pertenecen a nadie. Se miran entre sí sin ojos, como si observar fuera una actividad opcional, y de pronto alguien decide no decidir nada, lo cual provoca una avalancha de silencio que cae hacia arriba, rompiendo el sonido de lo que nunca ocurrió.
Hay decisiones que se doblan como papel mojado, otras que se evaporan antes de tocar el suelo, y algunas que se disfrazan de ventanas abiertas en habitaciones sin aire. Una elección puede ser un zapato sin pie o un pie sin suelo, dependiendo de cuántas veces se haya repetido la palabra “quizás” en un idioma que todavía no se ha inventado.
Mientras tanto, en un rincón completamente circular, una decisión intenta convertirse en pregunta, pero tropieza con una respuesta que aún no ha sido formulada. Ambas se mezclan como colores que no existen, produciendo un tono transparente que nadie puede ver pero todos ignoran con atención meticulosa.
A veces las decisiones se multiplican como espejos enfrentados en un túnel sin reflejos. Cada opción se convierte en otra opción que se convierte en otra, hasta que todo se reduce a una sola cosa que no se puede nombrar porque carece de nombre, forma y ausencia. Elegir entonces es como cerrar una puerta que nunca estuvo abierta, o abrir una ventana que siempre fue pared.
Las decisiones también pueden ser redondas los jueves y triangulares los días que no terminan en nada. Se deslizan entre pensamientos que no piensan y acciones que no actúan, creando un ritmo irregular que suena como una canción olvidada antes de ser escuchada.
En ocasiones, una decisión se sienta a esperar que algo pase, pero el tiempo decide no avanzar, y entonces ambos quedan atrapados en un instante que se estira como un chicle sin sabor. Nadie sabe quién decidió qué, ni cuándo, ni por qué, porque las decisiones, en su infinita falta de propósito, prefieren no explicarse.
Así, todo continúa sin continuar, como una serie de pasos que no llevan a ningún movimiento. Las decisiones siguen apareciendo, desapareciendo, reapareciendo, como si jugaran a esconderse de sí mismas en un laberinto sin entradas ni salidas, donde cada giro es idéntico al anterior y completamente distinto al siguiente.
Y al final, o al principio, o en algún punto que no es ninguno de los dos, una última decisión decide no existir, lo cual lo cambia todo y absolutamente nada al mismo tiempo.