¿Son los bots rusos los que siembran pesimismo en España?
La pregunta resuena cada vez que alguien señala la negatividad ambiental en los debates públicos. Un análisis reciente sostiene que buena parte de la desmoralización y la polarización en España es obra de grupos de propaganda rusa que trabajan 24 horas al día. La tesis no es nueva: coincide con los informes de inteligencia europeos sobre guerra híbrida. Pero el diablo está en los detalles.
Según esta corriente, los principales altavoces de la narrativa prorrusa en España incluirían a personajes como Pedro Baños, Rubén Gisbert o Liu Sivaya, junto a formaciones como el Partido Comunista de España y Falange, y canales como HispanTV y NegociosTV. La acusación es directa: estarían amplificando el descontento para dividir al país.
Sin embargo, la respuesta de otros sectores es demoledora. Señalan que no hace falta recurrir a complots para explicar el malestar: infraestructuras caídas, sanidad colapsada, educación deteriorada, vivienda inaccesible y una inmigración masiva que satura los servicios. La indignación, dicen, tiene raíces domésticas, no extranjeras.
El debate deriva rápidamente en una espiral de descalificaciones mutuas. Unos tachan de propaganda rusa cualquier crítica al gobierno; otros responden que la propaganda es la coartada para no abordar los problemas reales. La ironía es que ambas partes tienen razón en parte: las operaciones de influencia existen, pero también las carencias objetivas.
Lo curioso del asunto es que, mientras unos ven bots en cada esquina, otros ven chivos expiatorios. Al final, el país sigue igual de dividido, y la única certeza es que la desconfianza hacia el relato oficial –venga de donde venga– es un fenómeno transversal.