Hacer reír no conquista: la risa es permiso, no palanca
En el debate se sostiene que hacer reír a una mujer no la conquista y que la conquista, cuando ocurre, ya venía empezada. El tópico sobre el éxito sentimental que un participante atribuye a las mujeres —«quiero un hombre que me haga reír»— aguanta mal el escrutinio cuando se convierte en método: la risa funciona como permiso, no como palanca.
Humor como síntoma, no como causa
La tesis que cruza el asunto, según uno de los participantes, es que el orden de los factores está invertido. No se ríe uno de quien le gusta: se ríe uno porque le gusta. Cuando hay interés previo, hasta la tontería más tonta arranca una carcajada; cuando no lo hay, ni el chiste mejor construido mueve una ceja. Desde esa lectura, el humor sería un termómetro, no un motor.
Quien sostiene lo contrario lo tiene difícil: el argumento de que la simpatía abre puertas se topa con un umbral previo que nadie salta con gracia. El primer paso, dicen, es otro.
El estatus pesa más que el chascarrillo
El otro eje es económico. Frente al encanto, la posición y la cartera. Se argumenta que por encima del atractivo lo que decide es la capacidad de gasto y el estatus, y que ese desplazamiento se agudiza con la edad. La formulación más cínica resume la idea en un gesto: hay sonrisas que se compran. Es una hipótesis sin datos, no una ley.
El payaso de circo pierde, el chascarrillo gana
Queda una tercera posición, la más matizada: no hay que ser el gracioso a tiempo completo. Basta con el guaperas que suelta una ocurrencia de vez en cuando. La risa continua colocaría a quien la provoca en el lado equivocado de la frontera.
Si el patrón se sostiene, el chiste seguirá siendo un mal plan de conquista y un excelente detector. Con la reserva de siempre: nadie ha medido nada de esto con números.