Cómo surgen nuevas especies: mutación, hibridación y taxonomía
La frontera entre una especie y una simple variedad vuelve a moverse. Un trabajo de la División de Mastozoología del Centro de Ornitología y Biodiversidad del Perú concluyó que el pudú andino, clasificado durante décadas como Pudu mephistophiles, englobaba en realidad a dos especies distintas. El hallazgo recuerda que la especiación no es un capítulo cerrado: los taxónomos la siguen reordenando sobre la marcha.
La pregunta viene de lejos. Desde la publicación de «El origen de las especies» de Charles Darwin en 1859, el mecanismo que da lugar a nuevas especies ha sido objeto de debate continuo. La definición más aceptada sigue siendo el concepto biológico de especie, formulado por Dobzhansky en 1935 y por Mayr en 1942: un grupo de individuos capaces de cruzarse entre sí y reproductivamente aislados de otros grupos afines. En 1978, Wiley añadió la variante evolutiva, donde lo decisivo no es el aislamiento potencial sino el actual.
¿Cómo se forma una especie nueva, por mutación o por hibridación?
Los dos motores que reaparecen en cualquier discusión seria son la mutación y la hibridación. La primera es la materia prima; la segunda rompe el supuesto de que las especies no se mezclan. No es una hipótesis de laboratorio:
- Híbridos de rinoceronte blanco y negro, dos especies distintas que se han cruzado.
- Híbridos de ballena que, según un estudio de 2018, podían reproducirse con éxito con ballenas azules.
La regla general es que la mayoría de híbridos son estériles, pero basta una hembra fértil para transferir material genético de una especie a otra. El proceso, lento y poco espectacular, es el que los manuales ilustran con flechas que nunca acaban de encajar.
¿Cuánta mutación hace falta para que aparezca una especie nueva?
El cálculo depende de las cifras que se acepten. Un cálculo que circula en el hilo parte de una mutación beneficiosa por cada diez millones. Con una especie de vida media de 12 años y diez millones de ejemplares simultáneos, saldría una mutación beneficiosa cada 12 años y unas 83.000 en un millón de años. El desglose completo, con los supuestos sobre dominancia y persistencia, es justo donde el argumento se enreda: una cosa es que el rasgo aparezca y otra muy distinta que llegue a fijarse en una población entera.
El ojo azul sirve de ejemplo. El gen es recesivo: hace falta que coincidan dos portadores para que el rasgo se exprese. Pueden pasar generaciones sin que nadie lo tenga visible, hasta que una pareja adecuada lo saca a la luz.
El pudú, los gatos y el problema del taxónomo
El caso del pudú no es aislado. Lo que ayer era una especie con dos subespecies, mañana son dos especies con nombre propio. Hay quien sostiene que los caballos árabes tienen un hueso menos que el resto y de los gatos domésticos se cita que no dejan restos más antiguos de 10.000 o 12.000 años. Y hay quien afirma que los chimpancés tienen grupos sanguíneos A y O compatibles con los nuestros.
El choque con el creacionismo
Aquí está el disenso de fondo. Una parte sostiene que las especies fueron creadas y que el registro fósil no muestra formas a medio hacer, sino siempre organismos adaptados a su medio. También se apunta que Darwin defendió la herencia de caracteres adquiridos, hoy descartada, lo que no invalida su aportación central.
Con definiciones que cambian cada cuatro décadas y linajes que se parten en dos por un análisis morfológico, la respuesta a cómo surgen las especies es hoy parcial: por mutación, por hibridación y por aislamiento que se acumula generación tras generación. El punto exacto donde el asunto se atasca no es cómo empieza, sino cuándo se decide que ya es otra cosa.