Mismo cerebro, 1.200 euros en España y 6.000 en Berlín
Dos personas con el mismo nivel de inteligencia, según quien las conoce, y dos vidas que no se rozan: una suelda por
1.200 euros, vive con sus padres y no ha tenido pareja; la otra teletrabaja para la banca privada alemana, ingresa
6.000 euros limpios al mes y vive en Berlín. La capacidad es idéntica. El resultado, opuesto. Lo que cambia no es el procesador, es el entorno en el que a cada uno le tocó enchufarse.
La pregunta de partida era otra —si conocemos o no a alguien verdaderamente inteligente—, pero la conversación deriva pronto hacia un asunto más incómodo: qué se hace con esa capacidad cuando nadie te ha explicado que se puede cobrar por ella. Y, de fondo, si ese tipo de persona existe o es una fantasía bien construida.
El mismo coeficiente no vale lo mismo en España que en Alemania
Uno sacó una FP de soldadura, cobra 1.200 euros y su único interés declarado es un videojuego de coleccionar criaturas. El otro estudió matemáticas, desarrolla modelos de inversión para banca privada y trabaja desde casa todo el año. El relato que se hace de ambos insiste en que
el nivel de inteligencia es exactamente el mismo y que toda la distancia la marca el sitio donde naces.
Hay quien lo ilustra con fútbol: un jugador bajito y con problemas de crecimiento es hoy el mejor del mundo porque le tocó un país, una época y una medicina concreta. En otro siglo habría sido otra cosa. La conclusión que se extrae es que
el talento es el mismo y lo que falla es el ecosistema que lo recibe.
Sobre España circula una cita con solera: los genios han sido aquí tan escasos que no existía red de intermediarios capaz de conectar con la masa, de modo que el brillante quedaba aislado y sin posibilidad de desarrollar nada. La versión pesimista sostiene que el entorno no acompaña al talento: lo decide.
¿Existe una inteligencia general o hay tantas como oficios?
Aquí el desacuerdo es frontal. Una corriente defiende que la inteligencia es un único motor y que quien lo tiene potente lo es en casi todo: si a Einstein le hubiera dado por escribir, sería muy bueno escribiendo, y quien destaca en algo es porque ha dedicado su vida a ese tema, no porque su capacidad esté parcelada.
En contra pesa el argumento de que
Lope de Vega era nulo fuera de las letras, de que a Einstein le sacabas de la física y no había nada que rascar y de que el santoral que se repite —von Neumann, Gödel, Turing, Wittgenstein— brilla en un terreno muy concreto. Se añade el caso más incómodo: un doctor en matemáticas con habilidad autodidacta para la ingeniería que desarrolló además una cosmovisión social cuya capacidad predictiva, dicen, sigue en pie.
El reproche de fondo va contra las pruebas: que un test mida cálculo y velocidad no significa que mida inteligencia. Se citan personas que resuelven problemas numéricos a velocidad de vértigo y que, fuera de ahí, no leen, no discuten nada y solo persiguen placer inmediato. ¿Eso es inteligencia?
El genio que corrige al profesor y no sabe pedir un café
El patrón se repite en los casos personales que se cuentan. Un programador que corregía a los docentes de sus propios cursos, que programaba para relajarse y que arrastraba problemas sociales serios. Un perfil que se describe como
doble excepcionalidad: altas capacidades y trastorno del espectro autista en la misma cabeza, con una vida muy dura y una ruptura familiar traumática que, asegura quien la vivió, le salvó la vida.
Hay quien dice estar en el
percentil 99 y describe el día a día como un ejercicio de disimulo: fingir que eres menos capaz de lo que eres, no opacar al de al lado, alimentar egos ajenos. Otros hablan del suplicio de convivir con gente que no ve el conjunto ni las interconexiones.
La réplica llega desde el otro lado: quien no aprende a comunicarse, por falta de interés o porque no le apetece afrontar el esfuerzo, no está dando precisamente muestras de inteligencia. La versión que se admira es la
equilibrada, la que rinde y además se relaciona.
El que avisó de la pandemia en 2018 y el políglota que pasa de política
Entre las anécdotas hay dos que se repiten. Un vigilante de seguridad con dinero ya hecho en el metal y en el trading, que se sentaba a operar con el ordenador del cliente mientras cubría el turno y que,
supuestamente, ya hablaba de una pandemia en 2018. Y un manitas capaz de levantar una casa, reparar coches y arreglar aparatos viendo vídeos, que aprendió seis idiomas —inglés, alemán, francés, italiano, árabe y ruso— viendo películas y que pasa de política: no vota y no depende de nadie.
La crítica a este segundo perfil es de una honestidad brutal: acumular idiomas y destreza técnica luce mucho, pero no garantiza criterio ni saber elegir. Una habilidad espectacular no es lo mismo que un juicio sólido.
¿Fracasan las personas con altas capacidades?
Más de lo que se admite, se responde. Se invocan los estudios de
Linda Silverman y la experiencia del Gifted Development Center: el niño brillante en un aula estándar se aburre, se desconecta y sufre lo que se llama
disonancia cognitiva escolar, porque entiende el mundo de otra manera y nadie se lo reconoce a tiempo.
El resto del cuadro se completa con los testimonios: infancias solitarias, problemas mentales, fracasos sentimentales repetidos y la sensación de que la inteligencia funciona como un estigma que conviene esconder. Nadie encuentra amigos leyendo la cartilla de temas que solo se interesó en leer en la hora previa al examen y aprobó igualmente.
El problema añadido de ser muy listo, como apunta alguien, es que el talento, la capacidad y la aptitud se reparten como se reparte la lotería. Si ni siquiera a un asesor de inversiones le sale bien el resultado pese a tener todo el descaro y mucha suerte, quizá aquello que admiramos como inteligencia sea en parte azar.
El número uno entre 4.000 aspirantes y la teoría del póker
Es el pasaje menos amable. Una persona declara haber quedado primera en una oposición con 4.000 candidatos, haber sido la única en entregar quince minutos antes, no haber repasado ni una respuesta y no haber fallado ninguna. Añade que creía que era casualidad. Y que el problema mayor no fue el examen.
A partir de ahí, todo deriva en el
sesgo del superviviente: se llama inteligencia a lo que muchas veces es suerte, igual que en bolsa. La teoría —que se aprende jugando al póker— dice que los resultados dependen de la varianza, no del talento. Otros lo llevan al extremo de recordar que a un genio con la física le bastó una burbuja financiera para casi arruinarse.
Con esos mimbres, ¿por qué seguimos midiendo la inteligencia como si fuera una nota y no una trayectoria?