El motorista es la víctima, no el culpable: los datos que rompen el estereotipo
El sentido común de la carretera tiene un prejuicio: el motorista es un temerario que busca el accidente. Las estadísticas de siniestralidad lo desmienten con contundencia: en los accidentes entre un coche y una moto, el motorista es considerado culpable en solo el 25% de los casos, mientras que en cerca del 60% el accidente lo provoca el otro vehículo. Es decir, quien va sobre dos ruedas suele ser la parte débil, no la imprudente.
La experiencia acumulada no es más benévola. Se conocen casos de motoristas fallecidos a los 15 años con sus padres detrás, o atropellados por detrás en un semáforo. Otro ejemplo: un conductor con plenas facultades, en línea recta y con buen clima, terminó estampado contra un poste a 100 km/h por culpa de una piedrecita en el asfalto. Pasó dos semanas en coma; le salvó el casco. Nadie que se suba a una moto está libre de ese tipo de azar.
La conducción sobre dos ruedas tiene, evidentemente, un riesgo objetivo. Pero el problema no es el colectivo, sino la convivencia con los coches. Un motorista veterano describe que necesita “veinte alarmas más” que un conductor de automóvil, porque el error ajeno es, literalmente, cuestión de vida o muerte.
Con esa asimetría, la pregunta de quién es el peligro en la carretera debería cerrarse sola. No lo hará. Mientras el coche siga siendo el estándar, el estigma sobre el motorista persistirá. Pero los partes de accidentes seguirán contando otra historia.