El pueblo palestino: ¿invención moderna o identidad milenaria?
En el año 135 d.C., el emperador romano Adriano borró de los mapas la provincia de Judea y la rebautizó como Syria Palaestina, castigo simbólico tras sofocar la revuelta de Bar Kojba. Diecinueve siglos después, ese nombre se ha convertido en el centro de una guerra de narrativas en la que se disputa algo más que la historia: la legitimidad de dos pueblos sobre la misma tierra.
El origen del término Palestina
La palabra tiene raíces más antiguas que la decisión de Adriano. Los filisteos, un pueblo no semítico, ocuparon la costa sur de Canaán y dieron nombre a la región en la antigüedad, tal como recogen fuentes griegas. Quienes subrayan este linaje sostienen que el término no fue un invento romano, sino una adaptación de una denominación ya existente. Otros investigadores, en cambio, inciden en el carácter punitivo del renombramiento: Roma quería desvincular a la región de los judíos, y lo logró durante siglos.
¿Un pueblo construido sobre la arena?
Una corriente de análisis sostiene que la identidad nacional palestina es una construcción moderna, producto del siglo XX. Según esta tesis, la mayoría de los árabes de la zona eran, hasta la descomposición del Imperio Otomano, súbditos sin conciencia nacional propia, y su separación de la comunidad árabe en general fue un fenómeno reciente. En este relato se cita la carta fundacional de la Liga Árabe de 1945, en la que los palestinos aparecerían, según ciertas interpretaciones, como una categoría aparte de la árabe, un detalle que se ha utilizado para cuestionar su carácter de pueblo. La réplica es inmediata: la Liga Árabe reconoció un anexo de intenciones hacia ellos, y la categoría técnica no anula su identidad.
El ADN y el derecho a la tierra
El debate también ha llegado a la genética. Mientras algunas lecturas apuntan a que los judíos askenazíes son mayoritariamente de origen europeo, convertidos al judaísmo, análisis de ADN más matizados indican que comparten un sustrato próximo-oriental común con los palestinos. Estos datos no resuelven la cuestión política, pero desmontan las versiones más simplistas sobre quién es más "indígena". Lo que queda claro es que el concepto de raza o etnia es una pista falsa en un conflicto que es, ante todo, una disputa por el territorio.
La historia como arma política
Negar la existencia histórica del pueblo palestino no es un ejercicio académico inocuo: sirve para deslegitimar sus reclamaciones de soberanía y para presentar el conflicto como un enfrentamiento entre un estado y terroristas sin base social. Al otro lado, la sacralización de un pasado ancestral tampoco ofrece una solución práctica. La historia puede iluminar, pero no dicta sentencia sobre quién tiene derecho a vivir en un lugar.
Mientras tanto, la ONU aprobó en 1947 la partición de un territorio que ni siquiera estaba claro cómo se llamaba, y más de siete décadas después, el nombre sigue convertido en un campo de minas. Quizás el dato que más descoloca es que ambas narrativas se apoyan en los mismos hechos históricos para llegar a conclusiones opuestas: la evidencia no resuelve nada, y cada bando escoge los fragmentos que mejor le convienen.