Corea del Sur: 0,7% de natalidad y un plan a contrarreloj
¿Puede un país desaparecer sin guerra, sin hambruna y sin catástrofe natural? Corea del Sur lleva tiempo ensayando la respuesta. Su tasa de
natalidad se ha hundido hasta el
0,7%, y en Seúl, donde se concentra la mitad de la población, el indicador se queda en el
0,5% y sigue cayendo. De mantenerse la tendencia, en cincuenta años quedará un país de adultos y ancianos, con el colapso económico que eso arrastra. El país ha decidido no esperar sentado.
¿Por qué la natalidad de Corea del Sur está en el 0,7%?
El problema tiene geografía. La mitad de los surcoreanos vive en el área de Seúl, una urbe diseñada para competir, no para criar. El coste de la vivienda, la jornada interminable y la presión por acreditar méritos empujan todas en la misma dirección:
primero la carrera, los hijos ya si eso. Cuando la capital absorbe la mitad de la demografía, su tasa del 0,5% arrastra la media nacional por mucho que el resto del país respire mejor. Es un patrón común al mundo desarrollado, solo que aquí con menos margen y peores números.
El experimento de las ratas que se extinguieron en un paraíso
En el análisis se cita el conocido
experimento 25, en el que una colonia de ratas con comida y espacio de sobra alcanzaba un punto de saturación en el que los individuos dejaban de reproducirse y la población terminaba extinguiéndose. La lectura que se hace es incómoda: a partir de cierto tamaño urbano la sociedad se vuelve hedonista, el trabajo se convierte en una competición feroz y la reproducción se cae. En el lado contrario, un empleo tranquilo y poco competitivo —uno que no se pierda por una baja de paternidad o maternidad— favorece que la gente tenga hijos. Trasladar el comportamiento de una jaula a una sociedad entera es discutible, pero la dirección del dato no deja tranquilo a nadie.
150 años de hipoteca y jornadas de doce horas
Quien ha vivido en Seúl lo cuenta sin adornos: un ingeniero con sueldo decente tarda
150 años en pagar un piso, y el día se reparte entre doce horas de trabajo, dos de transporte, dos de comidas y ocho de sueño. Con ese cuadrante, el proyecto familiar no cabe. Hay quien apunta, sin certeza, que la protección de la embarazada y los permisos de maternidad y paternidad no alcanzan el nivel que existe en España, donde al menos se ha intentado recortar algo la jornada. Tener hijos para verlos solo al irse a dormir no compensa, y eso la contabilidad no lo mide.
¿Se arregla la natalidad bajando impuestos y regalando vivienda?
Aquí las propuestas se disparan. Se ha llegado a plantear rebajar la carga fiscal del
52% al 5,2% para los residentes nativos que tengan tres hijos o más, y construir vivienda pública con el coste equivalente al de los años sesenta: pisos de 130 metros, cuatro dormitorios, dos baños y terraza por el equivalente a 1,5 millones de las antiguas pesetas, servicios incluidos. En esa misma línea se sitúan las rebajas generales de impuestos con desgravaciones por hijo que, según un participante, defendió Vox. La réplica llega desde dentro: se sostiene que el grueso de esas bajadas beneficiaba a las rentas altas, con cifras que ese mismo participante reconoce dar «por un decir», sin recordarlas con exactitud —un 10% para quien supera los 70.000 euros frente a un 2% en los tramos bajos—, y que la medida, sola, no mueve la aguja.
El factor que no sale en las cuentas: cultura y pareja
Hay un segundo bloque argumental que sostiene que el dinero explica la mitad del problema. El cambio del modelo productivo vino acompañado de un cambio moral: otra idea del sentido de la vida, de la familia y de la maternidad, y una pérdida de referentes comunitarios que antes hacían de red de apoyo. Se señala además la fragilidad de las parejas: si la relación media dura menos, la ventana biológica se estrecha y quien podría tener tres hijos se queda en uno. Ahí se cruzan explicaciones culturales, religiosas y sociológicas, y ninguna cierra la ecuación.
El pueblo japonés que sube la natalidad atrayendo vecinos
Japón aparece como laboratorio. Un municipio con guardería gratuita, alquiler subvencionado y ofertas de empleo ha visto repuntar los nacimientos. La letra pequeña: buena parte del efecto es
migración interna, jóvenes que llegan de otras zonas y que quizá habrían tenido hijos igual. Sus defensores responden que, si se mudan, será porque ese entorno resulta menos hostil para criar. El experimento mide algo, pero no queda claro el qué.
Una comparación que circula: Corea del Norte y sus 1,81 hijos por mujer
Circula una comparación tan simple como incómoda: Corea del Norte, con vivienda gratuita, registra
1,81 hijos por mujer; Corea del Sur, con burbuja inmobiliaria, se queda en
0,81. La brecha es real; el marco, no tanto. Otro participante señalaba que en el norte el indicador sigue por debajo de la tasa de reposición y que la falta de libertades es difícil de vender como modelo demográfico. Aun así, el dato sirve para lo de siempre: la vivienda no lo explica todo, pero cuando es impagable deja de ser un detalle.
Quedan las medidas surcoreanas: planificación, vivienda asequible, horarios compatibles. Si funcionan, dentro de cincuenta años alguien lo contará. Si no, no quedará nadie para redactar el balance.