Imprimen 2.500 euros y exigen 3.000: la deuda imposible
Un pueblo de 50 habitantes. Una sola máquina de imprimir billetes. Cincuenta euros para cada vecino, 2.500 en circulación y un interés del 2% que convierte la suma en 3.000. El resultado es una aritmética que, según plantea un forero, no cierra por ningún lado: en todo el pueblo no hay dinero suficiente para saldar lo prestado más lo exigido. Ese es el punto de partida de un asunto que lleva siglos sin resolverse.
La paradoja no es un juego mental. Es la descripción, simplificada, de cómo funciona la creación de dinero en la práctica: alguien con capacidad de emitir presta lo que crea, pero no crea el dinero necesario para pagar el interés. La consecuencia, según este planteamiento, es estructural. Cada ciclo exige pedir más para devolver lo anterior, y la bola crece.
¿Por qué el interés nunca se puede pagar con el dinero emitido?
El mecanismo es sencillo de enunciar. Si se prestan 2.500 euros al 2%, el deudor debe devolver 3.000, pero solo existen 2.500. Los 500 restantes no están en circulación: habría que crearlos o quitárselos a otro. Esa brecha es la que obliga a refinanciar de forma perpetua, según este análisis. La única salida aparente es el crecimiento económico: si la actividad aumenta, hay más intercambios, se necesita más dinero en circulación y el sistema puede absorber el interés. Cuando el capital circulante crece y la economía productiva se contrae, los precios suben porque los bienes son más escasos. Eso es inflación. Cuando ocurre lo contrario, el ajuste llega por otra vía.
Hay quien sostiene que el interés se paga siempre que exista crecimiento, y quien responde que eso solo traslada el problema: la mayoría solo puede devolver su deuda quitándole el dinero a una minoría. Alguno se quedará sin nada y con la deuda encima. Otros conseguirán cerrar la suya. El sistema no elimina la deuda, la redistribuye.
El coeficiente de caja y la creación de dinero desde la nada
Aquí entra el concepto que separa a quien entiende el mecanismo de quien repite titulares, según los participantes. Los bancos no prestan lo que tienen depositado: crean dinero nuevo con cada préstamo, y lo destruyen cuando el principal se devuelve. El dinero nace como deuda, un contrato entre dos partes, y muere al saldarse. La distinción entre coeficiente de caja y coeficiente de reserva no es un tecnicismo: marca cuánto pueden expandir esa creación. En el Reino Unido, dos legisladores propusieron acabar con el coeficiente de caja y se rieron en su cara, según un forero. En España, el descojone habría sido triple, añade.
El derecho de señoreaje, la facultad de emitir, fue durante siglos prerrogativa de los reyes. Luego pasó a manos de una burguesía comercial que se lo arrebató a la antigua nobleza por vía marital y otras fórmulas, según este relato. Llevamos tres siglos y pico con ese arreglo. Los Fugger, prestamistas católicos de Carlos I y Felipe II, ya operaban en los siglos XV y XVI. Anton Fugger, prestamista oficial de Felipe II, llegó a ser el hombre más rico del mundo, según se afirma en el hilo. El Papa negociaba con ellos, y por eso chocaban con los Medici. No es un fenómeno nuevo ni de un solo país.
¿Qué pasa cuando se imprime dinero sin respaldo?
La objeción más repetida al planteamiento inicial es que imprimir a lo loco devalúa la moneda. Si el banco del pueblo reparte billetes sin freno, Paco ya no venderá las manzanas a 5 lerus: pedirá 50. Las propiedades, el trabajo y todo subirá en proporción a la capacidad adquisitiva. Si se insiste, el dinero acabará valiendo tan poco que se usará para limpiarse el culo o quemarlo en la chimenea, como ha ocurrido en el pasado. Es el argumento clásico contra el dinero fiat sin respaldo.
La contrarespuesta es que el problema no es imprimir, sino quién imprime y para qué. Un dinero fiat puede funcionar si el banco central no está todo el día dándole a la manivela. Antes de la guerra de independencia americana, las colonias emitieron su propio dinero sin respaldo de oro y funcionó bastante bien. Lincoln hizo algo parecido durante la guerra civil. El gráfico que recoge qué pasó en 1971, cuando se rompió el último vínculo con el oro, muestra una serie de curvas que no tienen desperdicio. El problema no es la falta de respaldo metálico: es la discrecionalidad de quien emite.
La carrera de la rata y el dinero que se crea como deuda
El sistema tiene un nombre coloquial que se ha popularizado: la carrera de la rata. Trabajas para pagar una deuda que nunca se extingue del todo, y cuanto más corres, más rápido gira la rueda. La estructura de poder se centra en la deuda que unos pocos controlan. Quien se opone recibe el ataque de todos los que dependen de esa deuda o se enriquecen con ella, que son muchos, según se sostiene en el hilo. Si intentas competir por tu cuenta, conseguirás financiación en malas condiciones porque nadie puede competir con dinero impreso y expropiado por los bancos centrales. Los negocios que se hacen dominantes ya no son los de las mejores ideas, sino los de las mejores ideas entre quienes pasan por el aro.
El origen del papel moneda se remonta a la China del siglo VII, aunque su uso no fue oficial hasta el año 812. Marco Polo dejó en el siglo XIII las primeras referencias que existieron en Occidente sobre aquella forma de pago, incomprensible para las condiciones europeas de la época. Siglos después, la reserva fraccionaria se sacó de la manga en 1609, y en 1717 hubo poder suficiente para modificar el patrón monetario de la noche a la mañana y sacar la plata de la ecuación, según este relato. En 1789, la Revolución Francesa supuso la estocada final al feudalismo y sustituyó a la nobleza por comerciantes. En 1791 se creó el primer banco de Estados Unidos, blindado por el congreso.
¿Se puede volver atrás sin provocar una deflación brutal?
La pregunta incómoda es qué ocurriría si se intentara limitar la creación de dinero. La respuesta que da el propio análisis es que, con la deuda monstruosa sobre la que se ha financiado el sistema, el proceso deflacionario sería brutal e inasumible. No hay una salida limpia. Volver al patrón oro o a cualquier límite estricto implicaría una contracción del crédito que arrastraría a deudores, empresas y Estados. Por eso nadie lo hace.
Mientras tanto, la discusión deriva hacia quién controla la emisión. Hay quien señala que todos los bancos centrales de la mayoría de países son en realidad propiedad de bancos privados del propio país, y muchos de esos bancos tienen accionistas de otros bancos internacionales. El sistema estaría respaldado por una estructura de defensa global. Los únicos que luchan contra ese arreglo serían Rusia y China, los únicos que el sistema financiero internacional todavía no domina, aunque tengan que seguir las reglas del juego en el comercio. La moneda mundial de facto ya existe y se llama dólar. La pregunta es si una moneda única y oficial para todo el planeta cambiaría algo o solo concentraría más el poder de quien la emite.
La discusión lleva años abierta y no ha encontrado el cierre. Cada generación vuelve a empezar de cero, repite el tema y descubre el mismo agujero. Lo que ha sido siempre será, dicen. La duda que queda sobre la mesa es si alguien con la maquinita tiene algún incentivo real para apagarla.