Por qué quien de verdad quiere suicidarse no debería hacerlo
La decisión de no suicidarse tras haberlo considerado abre una paradoja: quien acepta la muerte como opción alcanza una libertad difícil de explicar. Un participante anónimo lo resume: «Creo que no me voy a suicidar» y, tras una pausa, «lo he pensado mejor, al menos por ahora no, pero queda pendiente». La ambigüedad encierra una tesis recurrente en la filosofía estoica y existencialista: la muerte voluntaria como llave para vivir sin miedo.
La libertad del que ya no teme morir
Varios análisis sostienen que una vez que alguien concluye que la vida no merece la pena, abandona el miedo a la muerte y puede continuar como observador, sabiendo que nada puede importunarle hasta el extremo de no soportarlo. «El que de verdad quiera suicidarse no debería hacerlo, pues ha llegado al punto en el que más se puede disfrutar de la vida», argumenta una corriente. Es la paradoja del condenado a vivir: la puerta abierta anula el encierro.
El instinto de supervivencia y sus excepciones
Frente a esta postura, otra corriente defiende que el ser humano no puede autoextinguirse si no está anímicamente anulado: el instinto de supervivencia es más poderoso que cualquier razonamiento. Para rebatirlo, se recurre a un ejemplo tan cotidiano como inquietante: «mucha gente vota a PP o PSOE», un acto que, según esta visión, demuestra que el ser humano sí es capaz de actuar contra su propio interés, incluso de forma autodestructiva. La comparación, llevada al absurdo, subraya que la racionalidad no siempre guía las decisiones vitales.
La reflexión queda abierta: si aceptar la muerte libera, y el instinto de supervivencia se anula con la rutina, ¿dónde queda el valor de la vida?