Huir a los montes: cuándo es el momento de salir de la ciudad
En la cuarentena de 2020, millones de personas descubrieron de golpe que no podían moverse. El confinamiento convirtió en pregunta práctica lo que hasta entonces era un ejercicio de ficción: ¿y si hubiera que irse? No trajo el colapso, pero dejó una certeza incómoda: quien no había salido a tiempo de la ciudad se quedó dentro. De ahí arrancó una discusión que ha seguido viva durante casi
cuatro años: cuándo es el momento de huir a los montes, cuánto cuesta esperar y cuánto cuesta equivocarse.
Qué demostró la cuarentena: la ventana se cierra antes de que te enteres
El primer escenario fue doméstico. Miles de personas quedaron atrapadas en pisos de ciudad teniendo una casa en el pueblo a la que ya no podían llegar; a la inversa, otras quedaron retenidas en barcos, aeropuertos o ciudades ajenas por no haber tomado
el último barco. El episodio no fue grave —supermercados abastecidos, permiso para pasear al perro, internet— pero funcionó como simulacro gratuito de algo peor.
A partir de ahí, el análisis escaló. Si la pandemia se agravara, ¿qué pasaría con los millones que viven en barrios informales de grandes capitales? ¿Y en un país con la población armada, si la situación se tornara crítica? Son hipótesis, no predicciones, pero el argumento de fondo es siempre el mismo: la normalidad no avisa antes de romperse.
Einstein, los aristócratas rusos y el coste de decidir tarde
La pregunta clave no es si hay que irse, sino cuándo. La historia ofrece casos con resultados opuestos.
Albert Einstein tuvo la fortuna —o la intuición— de abandonar la Alemania nazi a tiempo. Enfrente están quienes ya para
1917 no pudieron salir de Rusia, o los que en otros puntos del mapa quedaron atrapados por la marea rápida de los acontecimientos. La ventana, cuando existe, se cierra.
Lo mismo sostiene el relato de un superviviente de la guerra de Bosnia que circuló en su día, y que insiste en la velocidad con la que una sociedad se descompone mientras su gente aún cree que no pasará nada. Hay quien apunta a la venta imposible de una casa o un negocio ya avanzado el derrumbe: quedarse o salir deja de ser una decisión libre y pasa a ser lo que se pueda hacer.
La señal: el chip, Mateo 24 y la abominación desoladora
Una parte del análisis se desplaza al terreno religioso. El pasaje de
Mateo 24 —«los que estén en Judea, huyan a los montes», sin volver a por la capa— se lee como instrucción de urgencia: la señal precede a la huida y exige no mirar atrás. La duda es identificar esa señal. Un participante se preguntaba si, tras la explosión de Beirut, un cielo teñido de rojo no empujaría a cualquiera a salir rumbo a los montes.
Aquí entra la lectura escatológica: para unos, el disparador es la implantación de un identificador digital, asociado a la marca de la bestia. Otras corrientes, en el mismo terreno, rechazan esa literalidad y sostienen que el aviso no es un chip ni un día de descanso, sino un cambio de lealtades que dejará a muchos alineados con el orden nuevo. Se mueve en el plano de la interpretación y no tiene respaldo empírico. Otro participante recordaba un precedente: en
noviembre de 2009 un decreto obligaba a identificarse a todos los usuarios de telefonía prepago con el argumento de luchar contra el terrorismo. La coincidencia práctica, en todo caso, es la misma: hay una señal y hay que decidir qué hacer con ella.
Por qué irse al campo no sale gratis
La versión contemporánea de huir a los montes no es un bosque, sino la casa en el pueblo o un refugio preparado con antelación. Y ahí aparece el obstáculo económico. No basta con querer: sembrar, criar o levantar una vivienda implica tasas, regulaciones y permisos. La autosuficiencia, sostiene esta línea, está intervenida en casi cada paso.
Un participante sospechaba que la fase siguiente podría consistir en forzar a los agricultores a sabotear el comercio y cortar la movilidad. Unos leen ahí la prueba de que la cadena de suministro es frágil; otros, la advertencia de que el campo también está sujeto a la política. En medio queda el coste real de mudarse: ni el campo es un paraíso ni la ciudad, una trampa definitiva.
Cuánto cuesta equivocarse de lado
El error tiene dos caras. Irse antes de tiempo puede salir caro; irse tarde, en cambio, ya ha dejado casos de quienes, con el derrumbe avanzado, descubrieron que ya no podían vender su casa o su negocio. Nadie ha encontrado aún el punto medio exacto, y por eso el asunto vuelve cada cierto tiempo.
La pregunta sigue sin respuesta operativa: no existe un umbral objetivo que diga cuándo conviene moverse. Cada cual decide con la información que tiene.