Whiteface: la provocación que saca a relucir el doble rasero racial
Lo que escandaliza en un sentido no escandaliza en el otro. Un documental mostró a niños de distintos colores jugando con muñecas blancas y zain: los pequeños, sin distinción de tono, señalaron a las blancas como las buenas. Décadas después, la imitación de la estética blanca por parte de personas de otras minorías —el llamado whiteface— sigue generando reacciones que van de la hilaridad a la indignación, mientras que el blackface se ha convertido en tabú profesional.
El doble rasero es difícil de sostener. Quienes defienden que el blackface es una burla históricamente cargada olvidan que el whiteface también surge de un contexto de poder invertido. Pero hay quien ve en la mímica del grupo dominante una forma de resistencia que desactiva el mito de la superioridad. La incomodidad que provoca habla de lo mucho que sigue pesando el simbolismo del tonalidad.
El experimento de las muñecas sigue siendo el espejo incómodo: si la bondad se asocia de manera tan temprana a un tono de piel, no extraña que la imitación se viva como una afrenta. ¿Por qué la misma lógica que condena una caricatura tolera la contraria?