Las fechas en que se rompió la fe en el relato feminista
El dato que más se repite no es un año, es una edad: «cuando tuve uso de razón». Otros afinan más. La ley de
violencia de género de 2004 aparece como el punto de inflexión más citado, por delante del verano de 2010 y de la pandemia. Entre quienes responden a la pregunta de cuándo se pusieron contra el feminismo, la respuesta dominante no es un argumento teórico: es una escena concreta, fechada, con nombre de profesora o de comisaría. La memoria personal funciona aquí como prueba documental.
La horquilla va de 2001 a 2020. Nadie cita un libro. Todos citan un aula, un juzgado o un titular.
La ley de 2004 como punto de partida
El hito más repetido es la aprobación de la ley integral contra la violencia de género. El argumento que se despliega no es moral, es procesal: se sostiene que la norma convirtió el mismo hecho objetivo en dos delitos distintos según quién lo cometiera, con juzgados específicos, penas distintas y una industria administrativa alrededor. «A sabiendas de que la ley era inconstitucional y claramente discriminatoria para con los hombres», resume una intervención que sitúa ahí su ruptura.
El corolario que más se repite: si el objetivo fuera la igualdad, la norma habría sido rechazada por quien dice buscarla. No lo fue. Ese silencio se lee como confesión de intenciones. Hay quien añade un detalle de agravio comparativo: cuando se estableció protección especial para los huérfanos de violencia de género, no se extendió a los huérfanos de la violencia doméstica sin adjetivo.
El aula como primer campo de batalla
Antes que la ley, muchos sitúan el colegio. Un examen calificado con un 5 «a pesar de no haber respondido ninguna pregunta bien» porque estaba «muy limpio, bien escrito y con muchos colores». Un cero en quinto de EGB por copiar de una compañera que estaba tres filas más adelante, cuando la lógica decía lo contrario. Un colegio de curas que empieza a admitir alumnas y a las recién llegadas se les supone «un punto o dos más regalados en todos los exámenes».
La queja no es académica, es de contabilidad vital. Quien se esforzaba veía premiado el esfuerzo ajeno por razones ajenas al mérito. Ese es el patrón: no se discute que exista discriminación histórica, se discute que la corrección del desequilibrio se haga a costa de quien no participó en él.
«Me viogenizaron»: la denuncia que no se coge
El relato más duro es el de quien dice haber pasado por dependencias policiales por una denuncia que describe como capricho ajeno. «La persona que entró en la celda es diferente a la persona que salió», escribe. No hay sentencia en el material, ni resolución, ni archivo. Solo la descripción de un antes y un después.
En paralelo, otra escena recurrente: vídeos de hombres que acuden a denunciar malos tratos y, según el relato, se encuentran con funcionarios que se ríen y no admiten el trámite. La fecha que se da para esos vídeos es el verano de 2010, el mismo en que el país celebraba un mundial. La coincidencia de calendario se usa como contraste: euforia colectiva fuera, desdén administrativo dentro.
El foro como conversión y el cine como termómetro
Hay un tercer vector, menos citado pero recurrente: el entorno digital. Un subforo de un espacio anarquista, con admiración declarada por Valerie Solanas, funciona como cámara de eco donde el tono contra los hombres se percibe como hostilidad sin matices. «Entrar en esa cloaca fue el paso definitivo», resume quien sitúa ahí su giro.
Y luego está el consumo cultural. «Cuando empezaron a violar las películas y hacerlas horriblemente insoportable de tanta mierda propaganda», dice otro, que fecha su ruptura en ese momento. La ficción como termómetro de un cambio de régimen discursivo: quien aguanta la ley aguanta menos el sermón en la sala de cine.
El desacuerdo de fondo: ¿igualdad o privilegio?
No hay unanimidad. Una corriente defiende que el feminismo busca igualdad y que el problema es de ejecución: se otorgaron derechos sin exigir los deberes correspondientes, y de ahí el desequilibrio. Otra sostiene que la etiqueta es directamente una operación de ventaja: «Feminismo es buscar privilegios y llamarlos igualdad».
El choque se produce en un punto concreto: quién otorga. Si en una democracia el otorgante es la mayoría electoral, y esa mayoría es femenina, entonces el privilegio se estaría otorgando a sí mismo. La réplica es que el marco constitucional prohíbe discriminaciones por sexo y que el gobierno no puede repartir derechos y obligaciones en función del sexo.
¿Cuándo se rompió la fe en el relato? Cada respuesta es una fecha distinta y todas suenan a la misma cosa.