Defensa de fronteras: el test del Estado fallido
La frase del expresidente estadounidense Ronald Reagan resuena con fuerza: «Una nación que no controla sus fronteras no es una nación». La pregunta que recorre el análisis económico de España es directa: si el Estado no defiende a sus ciudadanos de una invasión, ¿estamos ante un Estado fallido? La respuesta parece obvia, pero esconde matices que conviene examinar.
El primer matiz es el destino de los recursos. España no es un Estado pobre que no pueda pagar ejército; tiene medios. Lo que algunos análisis subrayan es que esos medios no se orientan a la defensa del ciudadano, sino a la protección del aparato político. El diagnóstico es duro: no es un problema de recursos, sino de prioridades. Hay Estados fallidos por carencia; el caso español sería fallido por desorientación del gasto.
El segundo matiz separa Estado y Gobierno. La estructura constitucional y las fuerzas armadas pueden estar intactas; lo cuestionable es la deriva de un Ejecutivo concreto y sus alianzas. Esta lectura incluso recuerda que el Estado-nación histórico no siempre defendió a todos los pueblos que decía integrar, lo que complica la idea de una sola patria que proteger. En esta clave, el Gobierno estaría sometido a presiones exteriores por su política internacional, en una partida geopolítica que trasciende las fronteras.
Para el contribuyente, la cuestión deja de ser teórica: se sigue pagando impuestos mientras la seguridad que se recibe a cambio se resiente. Y la seguridad, como alguna vez señaló Milton Friedman, es un bien público que el mercado no puede suministrar. Si el Estado abandona esa función, no hay alternativa privada. El análisis se atasca en la lectura: ¿fracaso del Estado o fracaso del Gobierno? Cada respuesta aboca a soluciones distintas, pero el hecho de que la pregunta esté sobre la mesa ya es un síntoma del malestar español.