La mendicidad cambia de cara: del colgao al IMV
¿Cuándo fue la última vez que alguien te paró en plena calle para pedirte dinero? La respuesta ya no es tan sencilla. El clásico mendigo de esquina, el «colgao» de toda la vida, está desapareciendo del paisaje urbano español, y el debate sobre qué lo ha sustituido se ha encendido en las conversaciones cotidianas. Hay quien ve la mano del Estado del bienestar, quien sospecha una emigración silenciosa y quien simplemente reconoce que ya no frecuenta los barrios donde antes se concentraba la mendicidad.
El IMV como sustituto del pordiosero
Una de las teorías más repetidas es que la desaparición del pedigüeño clásico coincide con la llegada del Ingreso Mínimo Vital. Ya no haría falta alargar la mano en la acera: se acude a los servicios sociales a solicitar la prestación, o una «paguita», como se dice coloquialmente. La tesis es sencilla: cuando el Estado pone un colchón, la mendicidad visible se reduce. Lo que no se sabe es si el colchón llega a todos los que antes pedían.
Del barrio marginal a las niñas pijas
Otros matizan que la mendicidad no ha desaparecido, sino que ha cambiado de perfil y de ubicación. «No me muevo por zonas marginales», apunta un observador, dando a entender que en los barrios acomodados apenas se ve a los mendigos clásicos. Pero hasta en los entornos más insospechados aparece la nueva cara: dos niñas de 12 años, con aspecto de clase media-alta, pidiendo 1,50 euros para el autobús. No es el borracho de toda la vida, pero la mano sigue tendida.
La pregunta de fondo esconde una broma con poso: el «colgao» ha sido sustituido por versiones más burocráticas o más invisibles. Que sea el Gobierno de turno el responsable de la milagrosa desaparición es una conclusión política que no se sostiene con datos, pero la percepción ciudadana, esa que se cuenta en las barras de los bares, ya ha tomado partido.