De King Crimson a Burial: la lista que divide a los melómanos
¿Cuántas bandas de rock progresivo y electrónica de culto reconoces en una lista que incluye desde King Crimson hasta Burial? La pregunta parece simple, pero encierra una batalla sobre lo que significa tener buen gusto musical. La lista en cuestión menciona desde clásicos del prog como Yes y Genesis hasta contemporáneos como Nils Frahm y Aphex Twin. Hay quien sostiene que citar bandas como Cressida, Beggars Opera o Univers Zero es señal de haber pasado la adolescencia en tiendas de discos de segunda mano, y que ese bagaje es un archivo, no una moda. Otros lo ven como un ejercicio para cuatro selectos, un “guano para eruditos” con teclados que parecen calculadoras y un aire de superioridad injustificado. La crítica se extiende al prog americano de los 70, al que se acusa de puro síndrome de erudito: arreglos imposibles que no aportan emoción.
El contraste con la música comercial es inevitable. La lista se contrapone al “malamente” de Rosalía, como si la cultura de temas de veinte minutos con más cambios de ritmo que el contrato de un administrativo fuera superior a la canción de tres minutos. Ahí aparecen los comentarios políticos: la misma gente que no se cree la lista es la que sostiene que el paro está al 8% o que España es un ejemplo. El desplante final es una ironía seca: con diez temas bien hechos me sobra, el resto es como el discurso de la presidenta, mucho rollo, poca chicha.
La cuestión no es si conoces a Cartoon o a Happy the Man. La cuestión es por qué el conocimiento musical se convierte en una marca de identidad que separa a los que “saben” de los que no. La respuesta probablemente tiene más que ver con la necesidad de pertenencia que con la música misma.