Multa de 1.000 baht a estudiantes italianos por escándalo en el metro de Bangkok
Un grupo de cinco estudiantes italianos de viaje escolar descubrió el límite del “país de la sonrisa”. Iban en el tren elevado BTS Skytrain de Bangkok hablando alto, casi gritando, hasta que una pasajera tailandesa les pidió que bajaran la voz. La respuesta fue una burla. La policía local no se rió: multa de 1.000 baht, unos 30 dólares.
El incidente reabre una pregunta incómoda para el turista occidental: ¿cuánto cuesta faltar al respeto en un país con reglas distintas? En Tailandia, la respuesta es que se paga. Y no solo en sentido figurado.
Un viaje escolar que acabó en comisaría
Según los relatos difundidos, los jóvenes viajaban en el BTS cuando empezaron a armar alboroto. La pasajera conocida como Sugus les pidió silencio de forma educada, recordándoles que en Tailandia no se grita en el transporte público. Lejos de disculparse, el grupo reaccionó con arrogancia y la cosa escaló hasta que intervino la policía.
La embajada italiana tuvo que meterse de por medio para evitar que los menores pasaran más tiempo en comisaría. Al final, pagaron la sanción y el caso se hizo viral. Para muchos, la lección es que el respeto a las normas locales no es opcional. Para otros, la multa es un gesto teatral de un país que mira hacia otro lado en asuntos bastante más serios.
Tailandia, ese destino que factura 624 millones solo en turistas italianos
La discusión de fondo no es solo de modales, sino de dinero. Con 311.852 italianos viajando a Tailandia en 2025 y un gasto medio por persona de entre 1.500 y 2.500 euros, el turismo italiano mueve entre 468 y 780 millones de euros al año. Cifras que chocan con la imagen idílica del viajero que “todo lo puede porque paga”.
Hay quien sostiene que una multa de 30 dólares es una broma al lado de la corrupción endémica y de otras sombras del país, como la facilidad para encontrar policías y jueces complacientes con dinero. En el lado contrario, los defensores de la sanción argumentan que el comportamiento en el transporte público es un termómetro de civismo: en Bangkok no se ve a gente con altavoces ni vendedores incordiando, y eso se protege.
El efecto espejo con España
Parte del debate trasciende Tailandia. En España, la tolerancia al ruido y a la chulería en el metro es notablemente mayor: altavoces con música, conversaciones a gritos, discusiones. La reacción tailandesa funciona como un espejo invertido. Mientras aquí se aguanta casi todo, allí unos pocos decibelios de más acaban en multa.
Eso no convierte a Tailandia en un paraíso cívico, ni mucho menos. Las mismas personas que aplauden la sanción por el ruido señalan que el país presume de orden en los vagones mientras convive con realidades mucho menos presentables. Pero el debate de fondo es válido: cuando el turista paga, ¿tiene derecho a comportarse como si estuviera en su casa? La respuesta tailandesa es un no rotundo. Algunas informaciones cifran la multa en 20 euros; la conversión de los 1.000 baht ronda los 30 dólares. Detalle que ya forma parte del folklore del caso.
El dato que descoloca: con 780 millones de euros encima de la mesa, prefieren quedarse con los 30 dólares de la multa y la reputación de que allí la chulería se paga.