De 1,3 millones a 2.800 dólares: el desplome de los NFT
En enero de 2022, Justin Bieber pagó
1,3 millones de dólares por el Bored Ape número 3001, un dibujo digital de un mono aburrido perteneciente a la serie BAYC. Meses después añadió el número 3850 por
440.000 dólares: el mercado ya se desinflaba y los precios lo delataban. Al año siguiente, tras la caída generalizada del mercado cripto, ambos activos habían perdido cerca del
90% de su valor y valían en conjunto unos 120.000 dólares. A finales de 2025, según
The Independent, la oferta más alta por uno de esos monos apenas llegaba a los 2.800 dólares.
El caso de Bieber no es una anomalía. Es el patrón de una burbuja que se vendió como revolución tecnológica y acabó siendo, para muchos, una simple máquina de extraer dinero a los que llegaron tarde.
El primer tuit de Jack Dorsey: de 2,9 millones a 280 dólares
El ejemplo más brutal no es el de los monos. En marzo de 2021, un NFT del primer tuit de Jack Dorsey, fundador de Twitter, se vendió por
2,9 millones de dólares. El comprador fue el criptoempresario malayo de origen iraní Sina Estavi. Cuando en abril de 2022 intentó revenderlo, la puja más alta que recibió fue de
280 dólares.
De siete cifras a tres. En menos de un año. La caída no fue un accidente de mercado: fue la constatación de que el activo nunca tuvo el valor que se le atribuyó. Lo que se pagaba no era el dibujo, ni el token, ni la exclusividad. Se pagaba la expectativa de revenderlo más caro a alguien aún más ilusionado.
Por qué los NFT se usaron para blanquear dinero
La utilidad real de estos activos, según coinciden varios análisis, no era el arte.
El interés no estaba en la obra, sino en la valoración subjetiva: un activo cuyo precio nadie puede discutir con criterios objetivos es el vehículo perfecto para mover beneficios entre ejercicios o generar resultados contables a conveniencia. Eso, en la práctica, equivale a una fábrica de blanqueo digital.
La otra pata del negocio era la publicidad. Cuando un famoso aparece comprando un NFT por un millón, la noticia genera titulares, y los titulares generan compradores. Hay quien sostiene que esas compras fueron en realidad pagos por publicidad encubierta: el famoso cobra por dar visibilidad y declara haber pagado un riñón para que los novatos consideren el activo valioso. No hay confirmación de ese extremo, pero el mecanismo encaja con la secuencia de precios.
¿Cuánto valen hoy los NFT artísticos?
Casi nada. Según algunos estudios citados, es probable que el
95% de los NFT artísticos no tenga en la actualidad ningún valor. No es una estimación catastrofista: es la liquidación de un mercado que se construyó sobre la especulación pura.
La distinción importa. Una cosa es el bitcoin, que tiene defensores con argumentos concretos —liquidez instantánea, capacidad de mover capital sin pasar por controles de aduana, resistencia a la expropiación—, y otra muy distinta es un token que representa la propiedad de un dibujo. Los primeros tienen una función; los segundos, una narrativa. Cuando la narrativa se agota, el precio se va a cero.
El metaverso que nunca llegó
La burbuja de los NFT venía con un compañero de viaje: el metaverso. Se prometió que íbamos a comprar jamones hechos de ceros y unos, que tendríamos vidas paralelas en universos virtuales y que las espadas de no sé qué franquicia serían una inversión comparable a un olivar. Nada de eso ocurrió.
El patrón se repite: primero el entusiasmo mediático, después la llegada masiva de inversores minoristas, y al final el desplome. Cuando todos los medios, económicos y generalistas, hablan a todas horas de la nueva inversión, la señal no es de compra. Es de salida.
La secuencia es siempre la misma. Primero se compra por millones, después se justifica la compra con la tecnología, y al final se descubre que el activo solo valía lo que alguien estuviera dispuesto a pagar por él. El mono de Bieber sigue existiendo. Su precio, no.