Reflexión sobre la patidifusez y el autómata moderno
Me llama la atención la escasa calidad intelectual que se ve en este foro. Es un fenómeno digno de estudio: dos décadas de hiperconectividad —desde 2006— y no ha aparecido un solo hilo que escape a la mediocridad. Veinte años de evolución tecnológica que no han servido para elevar el nivel del debate. Supongo que pedir un destello de lucidez a este espacio es pedir peras al olmo.
Si analizamos esta supuesta civilización, el panorama es desolador. Podríamos salvar, en un ejercicio de extrema generosidad, a un puñado de filósofos, a algún genio musical como Chopin, y quizás al «Dulce Nando» como anomalía del sistema. El resto —hablamos de miles de millones de individuos— no son más que autómatas biológicos trabajando a destajo, con la mirada fija en el suelo, absorbidos por la alienación y sirviendo ciegamente a un engranaje macroeconómico y evolutivo que ni comprenden ni cuestionan.
La prueba más clara de que el Homo sapiens es una criatura con grandes limitaciones es el simple hecho de nuestra persistencia. En el momento en que la evolución nos dotó de autoconciencia, recibimos un regalo envenenado. Pero esa chispa debió servir para romper la rueda del laberinto, para emanciparnos del instinto ciego que gobierna al resto de los animales. Sin embargo, el ser humano utilizó la razón para el propósito opuesto: para sofisticar su codicia. Somos la única criatura que, poseyendo las herramientas para alcanzar la verdad, elige deliberadamente vivir en la mentira, la cobardía y el autoengaño existencial.
Me llama la atención la escasa calidad intelectual que se ve en este foro. Es un fenómeno digno de estudio: dos décadas de hiperconectividad —desde 2006— y no ha aparecido un solo hilo que escape a la mediocridad. Veinte años de evolución tecnológica que no han servido para elevar el nivel del debate. Supongo que pedir un destello de lucidez a este espacio es pedir peras al olmo.
Si analizamos esta supuesta civilización, el panorama es desolador. Podríamos salvar, en un ejercicio de extrema generosidad, a un puñado de filósofos, a algún genio musical como Chopin, y quizás al «Dulce Nando» como anomalía del sistema. El resto —hablamos de miles de millones de individuos— no son más que autómatas biológicos trabajando a destajo, con la mirada fija en el suelo, absorbidos por la alienación y sirviendo ciegamente a un engranaje macroeconómico y evolutivo que ni comprenden ni cuestionan.
La prueba más clara de que el Homo sapiens es una criatura con grandes limitaciones es el simple hecho de nuestra persistencia. En el momento en que la evolución nos dotó de autoconciencia, recibimos un regalo envenenado. Pero esa chispa debió servir para romper la rueda del laberinto, para emanciparnos del instinto ciego que gobierna al resto de los animales. Sin embargo, el ser humano utilizó la razón para el propósito opuesto: para sofisticar su codicia. Somos la única criatura que, poseyendo las herramientas para alcanzar la verdad, elige deliberadamente vivir en la mentira, la cobardía y el autoengaño existencial.
