Por qué la “invasión silenciosa” de Ceuta era perfectamente previsible
A fecha de hoy, lo de Ceuta debería sorprender a muy pocos. No porque el pico de llegadas fuera inevitable, sino porque el patrón se venía anunciando desde hace años: una frontera permeable, una ley de extranjería laxa y una clase política que miraba hacia otro lado mientras la opinión pública expresaba su incomodidad solo en voz baja. La cifra de 60.000 personas en una jornada, citada estos días, puede ser exagerada: pero el miedo que representa es real.
La ley que facilita la reagrupación y la doble nacionalidad
La experiencia de años tramitando expedientes de expulsión deja una conclusión incómoda: no se expulsa a nadie. La normativa actual permite la reagrupación familiar con criterios amplios, y para ciertos países latinoamericanos la doble nacionalidad se obtiene con una rapidez que convierte el retorno en papel mojado. Hay quien lo lee como invitación permanente; hay quien lo ve como el coste de una economía que ha necesitado mano de obra.
Del Pirineo a Benidorm: la queja no es solo migratoria
La queja no se limita a Ceuta. En el Pirineo se denuncia la compra masiva de propiedades por residentes extranjeros; en Benidorm, la presión turística dispara los precios. La mezcla es explosiva: con los sueldos españoles estancados y el coste de la vida al alza, la llegada de población extranjera se convierte en la explicación fácil. El problema es que nadie ha querido explicarlo antes por miedo a ser señalado.
El resultado es un país que no discute sus fronteras, solo las padece. Que no sanciona la presión migratoria, solo la registra. A este ritmo, lo de Ceuta será lo de Melilla, luego Canarias, y nadie podrá decir que no lo vio venir. La cuestión es si la conversación pública dejará de susurrarse en la barra del bar antes de que sea demasiado tarde.