Cortejo femenino: cuando la igualdad se topa con el desinterés
La pregunta que planea sobre las relaciones heterosexuales contemporáneas no es si las mujeres pueden tomar la iniciativa, sino qué ocurre cuando lo hacen. Un extenso intercambio de opiniones en un foro de actualidad ha diseccionado el fenómeno desde ángulos que van de la biología evolutiva a la economía doméstica, pasando por la simple observación de que el interés femenino explícito sigue siendo, para muchos hombres, un territorio desconocido.
La discusión arranca con una pregunta directa: ¿deben las mujeres cortejar al hombre? Las respuestas, lejos de ser unánimes, revelan una grieta generacional y de expectativas. Hay quien sostiene que la igualdad proclamada exige coherencia y que, si se reclama paridad en todos los ámbitos, el cortejo no debería ser una excepción. Enfrente, la tesis más repetida apunta a que el desinterés masculino no nace del rechazo ideológico, sino de la falta de costumbre y del cansancio que produce sentirse asediado sin reciprocidad.
¿Por qué se dice que los hombres se cansan cuando la mujer toma la iniciativa?
La respuesta más repetida en el material analizado es que el hombre, cuando es cortejado de forma explícita, tiende a percibirlo como una anomalía. No porque le disguste el interés ajeno, sino porque la facilidad excesiva le resta valor al proceso. La conquista, para una parte de los participantes, funciona como un mecanismo de selección donde el esfuerzo es la medida del mérito. Si la mujer elimina ese esfuerzo, el hombre puede interpretar que el premio no vale tanto.
Esta idea se refuerza con una observación repetida: las mujeres que toman la iniciativa lo hacen de forma sutil, mediante llamadas, encuentros casuales o acercamientos indirectos, y si no obtienen respuesta rápida, abandonan. El patrón se describe como un ciclo corto: interés, señales ambiguas, silencio y retirada. La conclusión que extraen algunos es que el cortejo femenino existe, pero rara vez se sostiene en el tiempo.
El argumento de la igualdad: ¿deben ellas invitar a cenar?
La exigencia de coherencia recorre buena parte de las intervenciones. Si se pide igualdad en el trabajo, en el hogar y en la política, ¿por qué no en el cortejo? Quienes defienden esta postura señalan que la invitación a cenar, el primer mensaje o la propuesta de plan deberían ser bidireccionales. No hacerlo, argumentan, convierte la igualdad en un eslogan selectivo que se aplica solo cuando conviene.
La contraargumentación no se hace esperar. Hay quien responde que la igualdad formal no borra los hábitos arraigados y que forzar un cambio de roles en el terreno sentimental produce más incomodidad que resultados. La discusión deriva entonces hacia un terreno más práctico: ¿quién paga la cena? ¿quién elige el lugar? ¿quién insiste después del primer encuentro? Las respuestas dibujan un panorama donde la teoría igualitaria choca con la práctica cotidiana.
Biología, historia y dote: los argumentos de fondo
Una de las aportaciones más elaboradas del intercambio recurre a la evolución. Se argumenta que, en las sociedades humanas, la hembra seleccionaba al macho en función de su capacidad para aportar recursos, protección y reconocimiento social. El cortejo, por tanto, era iniciado por la mujer mediante señales sutiles: miradas, sonrisas, acercamientos. El hombre, después, elegía entre las candidatas disponibles. La novedad contemporánea, según esta tesis, es que internet y los teléfonos han deslocalizado esa selección, haciéndola constante e interminable, lo que desfigura los parámetros tradicionales.
Otro argumento recurre a la historia económica. Se recuerda que en el pasado las mujeres necesitaban una dote para convencer al pretendiente y a su familia, lo que invertía el sentido del cortejo. Hoy, sostiene esta corriente, la situación se ha invertido de nuevo, pero sin que nadie haya diseñado un protocolo claro. El resultado es un terreno ambiguo donde cada parte espera que la otra dé el primer paso.
El desencuentro de expectativas: ellas esperan, ellos se protegen
Una de las ideas más repetidas es que los hombres han dejado de cortejar por dos motivos: protegerse y costumbre. El progresismo, se argumenta, ha cambiado las reglas sin sustituirlas por otras. El hombre que insiste puede ser tachado de pesado; el que no insiste, de desinteresado. En ese laberinto, muchos optan por la pasividad como estrategia de defensa.
Al mismo tiempo, se describe una contradicción femenina: la mujer quiere ser cortejada, pero también quiere igualdad. La síntesis que ofrecen algunos participantes es que el cortejo femenino solo funciona cuando el hombre ya está interesado de antemano. Si no hay interés previo, la iniciativa de ella se percibe como una molestia. Si lo hay, se convierte en una de las mejores relaciones posibles, precisamente por lo raro del fenómeno.
La discusión no alcanza un consenso. Unos creen que el cortejo femenino es una consecuencia lógica de la igualdad y que solo la falta de costumbre lo hace parecer extraño. Otros sostienen que la naturaleza humana no se pliega a los eslóganes y que el hombre seguirá prefiriendo conquistar. Entre ambas posiciones, una certeza incómoda: mientras el debate continúa, las relaciones siguen empezando como siempre, con señales ambiguas y silencios que nadie sabe interpretar.