¿Impuestos para los feos? El dilema de la prima de belleza
Imagínese que su declaración de la renta incluyera una casilla por atractivo físico. Suena a chiste, pero la propuesta existe: que los padres de niños con menor atractivo paguen una tasa por el “perjuicio social” que generan, y que desde los 18 el recargo lo asuma el propio individuo. La base del argumento es que la belleza produce externalidades positivas –mejora el ánimo ajeno, fomenta la cooperación y el respeto– y, por tanto, quien carece de ella debería compensar a la sociedad.
La ocurrencia se ramifica. Hay quien añade a las personas con sobrepeso por “acaparar más recursos” y ser más propensas a enfermedades. Más allá, se sugiere que los guapos deberían tener más hijos para mejorar la especie, o que los feos sin hijos paguen parte de la manutención de los hijos de los guapos. Una corriente antinatalista va más lejos: tener hijos es éticamente problemático, y hacerlo siendo feo, casi un delito. Proponen invertir el sistema –que quienes se reproducen mantengan a quienes no lo hacen–.
En el lado opuesto, se recuerda que los menos agraciados ya pagan un peaje social: menos oportunidades laborales, rechazo social y, con demasiada frecuencia, soledad. Un impuesto adicional sería castigar dos veces al mismo colectivo. Además, el atractivo es subjetivo y cambiante: hoy se premia lo que ayer se estigmatizaba.
Detrás de la polémica hay un dato incómodo: la “prima de belleza” existe y está medida en salarios y oportunidades. La pregunta no es solo si un feo debe pagar más, sino por qué el atractivo físico sigue siendo un factor de desigualdad que el Estado mira de reojo. El debate, pese a su aire disparatado, deja sobre la mesa una cuestión pertinente: ¿hasta qué punto la estética decide quién gana y quién paga?