La foto de Shoigu y Gerasimov que nadie mira igual
¿Qué se supone que hay que ver en la fotografía de dos hombres con uniforme de gala? Todo y nada. La imagen de
Serguéi Shoigu y
Valeri Guerásimov, los dos nombres que la acompañan, ha servido para diagnosticar a distancia, discutir orígenes étnicos y pronosticar el desenlace de la guerra de Ucrania. Una foto de dos tipos uniformados convertida en test de Rorschach de la geopolítica. Y el ejercicio, casi siempre, dice más de quien mira que del retratado.
¿Qué rasgos se discuten al ver la foto?
La discusión más técnica se centra en el fenotipo. Una corriente sostiene que uno de los dos, identificado como
Shoigu, tiene rasgos propios de la
república de Tuva, en Siberia. Otra línea responde que los ojos pequeños y hundidos son un rasgo extendido en latitudes septentrionales, común desde los países bálticos hasta Finlandia y Noruega. El argumento, formulado con vocación académica, es que el ojo llamado boreal aparece en cualquier población con siglos de vecindad con el Ártico y no implica ascendencia centroasiática.
Al margen de quién tenga razón —ninguno de los dos bandos maneja más prueba que una fotografía— hay quien resume el conjunto como
mezcla de rasgos europeos y asiáticos. Y hay quien, sin salir de la fisiología, se lanza al diagnóstico médico. El síndrome alcohólico fetal llegó a colarse en el vocabulario, sin más credencial que el retrato y sin ningún facultativo detrás.
Conviene recordar, aunque arruine el entretenimiento, que deducir el origen de alguien a partir de una mandíbula es un deporte viejo y poco fiable. La antropología física abandonó hace décadas esa manía de medir cráneos para clasificar pueblos. Ahora se hace con genética y con más cuidado. Aquí se hace con el móvil.
¿Quién gana la guerra según quien mira la foto?
El segundo bloque es puro pronóstico bélico. La frase
victoria rusa aplastante resumió una de las lecturas más repetidas, junto a la idea de que estos dos hombres son competentes y de que el conflicto se decide en la
retaguardia, no en la trinchera. La
camaradería y la
gente de honor completaron el retrato idealizado. Otros, más secos, se limitaron a una palabra:
burocracia. Y un tercer grupo eligió la
indiferencia: dos señores con galones no cambian lo que pasa a mil kilómetros.
No hay una sola cifra de bajas, ni un mapa, ni una fecha concreta. El pronóstico se sostiene sobre dos rostros y una intuición. Ese es el problema de juzgar una guerra por el retrato de sus generales: se acaba discutiendo el encuadre y no el frente.
El humor como respuesta por defecto
La mayoría de las respuestas no analiza nada. Bromea. Y aquí la foto rinde. Unos ven a
Los del Río; otros, a los campeones nacionales de tetris; varios, a una primera comunión que se alarga más de lo razonable. El
dúo termodinámico, el
buen sastre y el café de sobremesa completan el muestrario. La mítica barra en el maletero —el clásico objeto de defensa del conductor— también tuvo su hueco, con una duda de manual: si iba bajo el asiento del conductor o no, porque
eran otros coches.
Es la vieja costumbre de los mentideros digitales: ante una imagen cargada de solemnidad, responder con chiste. Cinco frases para desactivar cualquier intento de trascendencia. El pedestal de mármol acaba siempre en la sección de chistes.
El poso antioccidental que no falta nunca
Ninguna conversación sobre
Rusia se libra de su capa geopolítica gruesa. Aquí asomó una línea que sostiene que el peor registro de la historia contemporánea corresponde a las potencias anglosajonas: recompensas por cabelleras en la época colonial, bases militares que siguen en España, un contencioso abierto por Gibraltar. Y su reverso, la reivindicación de que
Rusia es Europa.
Son opiniones, no datos, y conviene leerlas como lo que son. Pero fijan el tono de fondo. Cualquier foto de uniformes rusos activa el mismo reflejo condicionado: elegir bando antes de saber de qué se está hablando.
¿Por qué una simple foto genera tantas respuestas?
Porque la consigna era esa: decir lo primero que a uno se le pasa por la cabeza. No pedía análisis, pedía reacción, y la reacción es lo más difícil de fingir. El resultado es un catálogo de prejuicios, simpatías y humor que ningún sondeo recoge. Ahí está su valor y su trampa: la fotografía no informa sobre Moscú, informa sobre quien la comenta.
Cien respuestas y ni un solo dato duro sobre la mesa. Se ha hablado de Tuva, de ojos boreales, de tetris y de Gibraltar. Nadie ha cambiado de idea. La foto, eso sí, ahora la miran todos con más atención que antes.