Abogados: cobrar por adelantado o no cobrar jamás
¿Por qué hay que ir siempre detrás del abogado? La pregunta, lanzada a bocajarro en un foro de consumo, tiene una respuesta que no gusta: porque el abogado lleva tres años con tu caso, gana la sentencia y luego descubre que el cliente no paga. Y para reclamar esos honorarios necesita otros tres años, un monitorio y un embargo que no cabe si el deudor no supera el SMI. El resultado es un profesional que cobra por adelantado, que acumula expedientes como quien llena un carro del Mercadona y que, según admite sin pudor más de un letrado en activo, está «hasta el moño» de la profesión.
El malestar no es exclusivo de los clientes. Varios abogados que participan en la conversación describen jornadas de lunes a lunes, con apenas quince días de vacaciones en agosto, y una media de tres años por procedimiento. «Trabajo en un despacho grande, salimos a tantísimos casos por barba», resume uno que ya estudia opositar para gestor procesal. Otro, con diecisiete años de ejercicio a la espalda, lo dejó: «Acabé machacado. Ahora funci, encantadísimo de la vida».
Por qué el abogado cobra por adelantado
La explicación más repetida no es un capricho: es pura matemática de impagos. El letrado invierte años en un asunto, emite factura al ganar y se encuentra con que el cliente desaparece. Reclamarla exige otro procedimiento, y si el deudor no ingresa más del SMI, no hay embargo posible. «No veas el negocio», ironiza una abogada penalista. De ahí que la regla no escrita sea asegurar los honorarios antes de mover un papel, igual que un restaurante no sirve el menú a crédito.
Hay quien lo compara con otros oficios y sostiene que en servicios personales el cliente paga al final sin dramas. La diferencia, responden desde el otro lado, es la cuantía: entre 50 y 100 euros se asumen; facturas de varios miles, no. El sistema de tarifas, además, es libre: los criterios del colegio son orientativos y se pueden pactar honorarios por encima o por debajo. Que se presente como obligatorio ya es, para algunos, la primera mentira de la relación.
El cliente tóxico: el que discute con ChatGPT y el que manda a su mujer
El catálogo de comportamientos que describen los letrados es extenso. Está el que discute cada consejo porque una IA le dice lo contrario, el que hace lo que le sale de las narices y luego exige que le arreglen la pifiada, y el que, tras una hora de explicaciones, pide que se lo cuentes también a su esposa. «Por alguna razón no ocurre al contrario», observa una profesional: rara vez una clienta manda al abogado a hablar con su marido.
A eso se suma la burocracia digital. Cada administración tiene su sede electrónica, cada poder notarial hay que registrarlo de nuevo según el organismo y los plazos procesales oscilan entre veinte y treinta días hábiles mientras un juzgado tarda meses en tramitar un papel. El laberinto, dice una letrada, «está hecho para que la gente no lo pueda usar».
La IA, el procurador y la jubilación anticipada del gremio
La irrupción de la inteligencia artificial planea sobre el sector. Una abogada concede que quitará muchas consultas, pero sentencia que «de momento no puede defenderte en juicio». Otros van más lejos y sostienen que un modelo entrenado con jurisprudencia diagnosticaría mejor que muchos profesionales. La figura del procurador, obligatoria durante décadas, también recibe críticas: se le acusa de ser un trámite caro que solo calcula aranceles y que sobrevive por lazos familiares con los despachos.
El desgaste tiene consecuencias medibles en la conversación: hay quien ya ha dejado la profesión, quien se plantea opositar y quien advierte de que la vocación está en caída libre. La empatía, dicen, es lo primero que se pierde. Y sin ella, el despacho se convierte en una cadena de montaje de expedientes.
Al final, la pregunta del cliente descontento tiene respuesta incómoda: el abogado no es pasota porque sí, es que ha aprendido a la fuerza que fiarse del cliente sale caro. Y el cliente, a su vez, aprende que el abogado que cobra por adelantado es el único que le cogerá el teléfono.