Antinatalismo selectivo: la propaganda que señala a unos pocos
«Los bebés blancos son asesinos del clima.» La frase, lanzada como un tuit provocador, no es un exabrupto aislado. Detrás de ella asoma una corriente que algunos llaman antinatalismo selectivo: no se trata de desalentar la reproducción en general, sino de dirigir el mensaje hacia grupos concretos. Quienes siguen el rastro de esta propaganda señalan que la tasa de fecundidad en España ya está en 1,1 hijos por mujer —según datos del INE y del Banco Mundial— mientras que en África subsahariana oscila entre 4,5 y 5. La brecha no es casual, y el discurso ecológico parece concentrarse en desincentivar la maternidad en Occidente.
¿Es esto un error de enfoque o una estrategia deliberada? El ecologismo radical a menudo equipara tener hijos con una huella de carbono insostenible. Pero al aplicar la misma vara a comunidades con impacto ambiental muy desigual, el mensaje se vuelve sospechoso. Se argumenta que detrás de campañas como la del tuit inicial hay intereses que van más allá del clima: una deriva hacia la eugenesia social, financiada por sectores que ven en el descenso demográfico europeo una solución a sus agendas.
Datos que no cuadran con el relato oficial
El contraste es abrumador. Mientras la población de países como España envejece y no se reemplaza, otras regiones mantienen un crecimiento exponencial. Si el objetivo fuera realmente reducir la presión sobre el planeta, la propaganda debería centrarse donde el incremento demográfico es más acusado. Sin embargo, la narrativa dominante apunta al «consumidor occidental» como el gran culpable. ¿Coincidencia o diseño? Los números invitan a la duda.
Algunos analizan la financiación de estas campañas y apuntan hacia grupos verdes que han hecho de la decrecimiento su bandera. La sospecha de una «obsesión» por reducir la natalidad blanca recorre los debates, aunque falta evidencia concluyente. Lo que sí es verificable es la asimetría: el mensaje antinatalista se aplica con goma de borrar según a quién se dirija.
El riesgo de este enfoque es que, bajo el disfraz de salvar el planeta, se legitime una jerarquía demográfica. La pregunta que queda en el aire: ¿quién decide qué vidas son bienvenidas y cuáles son un «asesinato climático»?